sábado, 13 de junio de 2015

“Viento en popa”




Por: José Luis Riveiro Fernández

Un viejo refrán holandés dice que “para navíos sin puerto de destino, no existen buenos vientos”; aplicable a nuestra agencia de seguros que siempre la hemos identificado con una embarcación  que navega en aguas turbulentas algunas veces y otras en aguas mansas; sacudida por vientos tempestuosos, rayos y centellas que la amenazan de vez en cuando y otras remando en absoluta tranquilidad. 
Esas condiciones no son ajenas a la tripulación, son gajes del oficio; estamos preparados para no sucumbir en el trayecto; hemos sido hechos en condiciones extremas, no surcamos pantanos de aguas anegadas; sino mares bravíos amenazados por filibusteros de seguros, algunos a veces ondeando la misma bandera  pretendiendo piratear el fruto del  esfuerzo realizado.
“Sin prisa pero sin pausa” hemos llegado a la mitad de la travesía y decidimos hacer un alto en el camino para analizar el tránsito recorrido y lo que falta por recorrer; clarificando nuestra situación actual y visualizando la deseada. Se le ha dado un segundo ver a la visión, misión y valores obteniendo así  un surplus de calidad que permita un plusvalor que garantice una vida cómoda y digna en el ejercicio de nuestra profesión.
 Ajustamos las velas (visión, misión y valores) para que el viento en popa actúe a nuestro favor y para que los agentes boguen a un mismo ritmo, creemos que los valores son a la tripulación lo que los instrumentos a la barca: Imprescindibles para corregir el rumbo cuando este se desvía a babor o a estribor. 
Del  análisis crítico y objetivo realizado se determinó de manera concluyente que  aquellos que no bogan al compás del propio tamborilero; lo hacen porque su actividad no es  de mucha valía; encontrándonos de frente y con el pecho descubierto a la desidia como oposición positiva del valor y permite una inercia ética como lo es la paralización laboral, estancamiento en la productividad e indiferencia hacía la visión, la misión,  los valores y los fines establecidos que son para muchos de nosotros como las cartas de navegación que contribuyen a llegar con éxito a puerto seguro. 
En ese orden de ideas,  resulta paradójico que algunas personas no le den el justo valor a su actividad, cuando de ella se satisfacen desde las necesidades más básicas hasta sus deseos más elevados. Es el único medio moralmente lícito para vivir bien en el amplio y estricto sentido de la palabra.  (Véase jerarquía de necesidades propuesta por Abraham Maslow en su obra Una teoría sobre la motivación humana). 
También vimos con suma preocupación algo que resulta incomprensible y es  que muchas veces los mayores peligros a los que nos hemos enfrentado no  son externos sino internos, derivados de un apoyo muchas veces  abstracto, estancando profundamente a la embarcación y que no permite que “todo  fluya” como diría Heráclito de Éfeso. 
Si ese faro erigido en tierra firme  no nos enciende la luz o la mantiene  intermitente, sobre todo cuando la oscuridad extiende su manto sobre la cubierta, se convierte en una amenaza  que podría encallarnos temporalmente  y se constituye en viento en contra no a favor. Cuánta razón tenía Peter Senge cuando dijo  que “La colaboración es vital para mantener los cambios realmente profundos, ya que sin ella, las organizaciones son abrumadas por las fuerzas del statu quo”. Más mortífera fue la sentencia de Laurence J. Peter al decir que “la burocracia defiende el statu quo mucho tiempo después de que el quo haya perdido su statu”.
 Ahora bien, valdría la pena dar un segundo ver también al farolero; los apagones a veces se programan hacía determinadas embarcaciones, ve tú a saber porque; podría ser  por omisión o malevolencia o en el peor de los casos fue ascendido hasta alcanzar su nivel de incompetencia (Principio de incompetencia de Peter); si este fuera el caso doy pie al aforismo de José Ortega y Gasset, pero cambiando parte de su contenido: “El farolero debería descender a su grado inmediato inferior, porque ha sido ascendido hasta volverse incompetente”
Aun así; por adversas que sean las amenazas internas y externas, por turbias que se nos presenten las aguas vamos viento en popa, hemos creado las circunstancias favorables para navegar hacía el futuro, bregamos para cambiar el estado del momento actual, hemos asegurado nuestros dones y talentos con Aquel que todo lo puede y El qué es también Señor de los elementos al igual que hace dos mil años increpa  al viento y le dice al mar: ¡Calla, enmudece! El viento se calma y  sobreviene una gran calma. San Marcos (4,39).-