Por jlriveirof
En la medida que
transcurre el nuevo milenio, no es
difícil percatarnos de la grave crisis
por la que atraviesa nuestra civilización. Hay crisis en todos los órdenes:
social, político, económico, religioso, ético y moral.
En palabras de Guilles
Lipovestski vivimos en la era del vacío y en las de Zigmunt Bauman en una
“sociedad liquida” que privilegia la exclusión del otro despojándolo de su otredad
y favorece su invisibilización, inclusive de sus propios esquemas mentales.
Circunstancias como
esas, ponen en peligro al ser humano en relación con
su Creador y con todo lo creado y someten al mundo a grandes cambios, a
procesos de grandes transformaciones y nuevas posibilidades. En pocos años,
hemos sido testigos de una nueva sociedad biotecnológica, la era de la información ha avanzado a pasos
agigantados y ha convertido al homo sapiens en homo videns, formándolo, transformándolo
y deformándolo con el poder que tiene.
La video política, la video religión, la video universidad y la video democracia debilita
el demos y nos define como sociedad.
Muchas tendencias sugieren que el cristianismo es algo pasado de
moda, en donde ya nada es absoluto y todo es relativo. Cuánta razón existe en
el pensamiento de Leo Strauss cuando se pregunta: ¿Cómo navegar en el estrecho definido por la Escila del absolutismo y
la Caribdis del relativismo?
Como un ejemplo notable de los conceptos
vertidos anteriormente, no podemos
obviar la llegada de un barco perteneciente a una ONG holandesa que atracó en
aguas internacionales a inmediaciones del Puerto San José, Escuintla. Cuyos
tripulantes, autodenominados activistas -por no decir asesinos- venían con la misión de practicar abortos a
todas aquellas féminas inconformes que deseasen desembarazarse “de forma segura
y sin ningún costo económico”, en virtud que solo con dos pastillas
administradas a la víctima -¿o victimaria?, juzgue usted- se provoca un “aborto medico” considerado
seguro y efectivo por la Organización Mundial de la Salud, según explicaron
desde Ámsterdam los voceros de esa ONG de la muerte, cuyo barco debería cambiar
de forma permanente la bandera que ondea en su mástil y poner una
que tenga como emblema una calavera, en virtud que eso es lo que mejor los
identifica.
Todos los medios escritos y hablados y las redes sociales por supuesto, manifestaron
su postura sobre la misión de ese barco de la muerte, proveniente supuestamente
de un país civilizado. Inclusive, el ejército guatemalteco se rasgó
las vestiduras y emitió un boletín de prensa para decir que por órdenes de su
comandante general, “El Cabo Morales”, no permitirán que estos “activistas” lleven a
cabo su misión, porque ellos –los militares- son garantes de la vida. En el
pensamiento de María Zambrano y muchos más esta afirmación sería
incomprensible, dado el grado de incivilidad con que el alto mando del ejército
ha actuado desde antiguo, en contra de la propia vida.
Los diferentes discursos polémicos que suscitaron los “activistas” del referido
barco de la muerte, unos verdaderos y otros falsos, unos a favor y otros en
contra del aborto, unos pusilánimes y
otros incendiarios y reaccionarios; nos lleva a elucubrar que muchos de
ellos, despertaron en el guatemalteco sentimientos de odio, de compasión, de
vergüenza y por eso muchos reaccionaron virulentamente, cuando fue
“ofendido nuestro sentido de la justicia” según las palabras
escritas por Hannah Arendt.
El deleznable
barco fantasmagórico vino a Guatemala después de suscitar protestas en personas
individuales y jurídicas que están a favor de la vida, desde Irlanda, Polonia,
Portugal y España; sin duda, navegando siempre en ese estrecho definido “por la Escila del absolutismo y la
Caribdis del relativismo” y seguirán su curso hasta que alguien que tenga
el poder, la conciencia y el discernimiento, detenga
de forma definitiva a estos emisarios del mal. Alguien que por supuesto opte por la vida y trabaje por los derechos
humanos, como diría el extinto Papa Juan
Pablo II al referirse a los derechos humanos
con ocasión del 50 aniversario de la Declaración Universal de los
mismos: “Trabajar por los derechos
humanos significa optar por la vida”. ¿Acaso esos emisarios del mal
trabajan por los derechos humanos tal y como ellos mismos los conciben?...
Para dar respuesta
a tal interrogante, me propongo en los párrafos que siguen, vincular
estrechamente entre conciencia y discernimiento para postular que por la falta de conexión entre sus significados,
vivimos entre ese estrecho definido por la Escila del absolutismo y la Caribdis
del relativismo. Lo haré de la mano del doctor angélico, Santo Tomás de Aquino
y San Ambrosio.
Reflexionando
moral y cristianamente entonces, el hombre hecho a imagen y semejanza de Dios,
cuya libre creatividad imita, se reinventa asimismo y se construye activamente mediante el poder que se le ha otorgado de
autodecisión, se realiza asimismo en la verdad. La palabra conciencia aparece
muy rara vez en los textos veterotestamentarios y ni una sola vez en los
evangelios, pero si en los textos apostólicos, de tal suerte que se atribuye a
Pablo el termino, quien elaboró la tesis de conciencia como regla de vida. Por
supuesto, se sirvió de la filosofía
helenística de su tiempo para sazonar el concepto y lo enriqueció con
aportaciones que libó de su formación judía y de su teología cristiana.
Es la conciencia entonces, la que nos hace distinguir entre
el bien y el mal.
San Ambrosio es
sin duda, el autor que con mayor
entereza ha reflexionado en torno a la conciencia. Escribió que la responsabilidad de la conciencia es
discernir el mérito del justo y del pecador. Es un acto interno de cada ser
humano, hasta el punto de decir que ella –la conciencia- es su juicio, su
testimonio captado por los sentidos internos , por quien el hombre y la mujer,
son conscientes de los actos realizados; de forma que ambos, independientemente del pensamiento de
terceras personas, son culpables o inocentes ante sí mismos.
Tener tranquila la conciencia es un alimento que sacia de
verdad y una tranquilidad interior que supera cualquier sufrimiento.
Para el pecador en cambio, la herida de la conciencia se
torna putrefacta, apesta, es un infierno de donde salen fétidos y
nauseabundos olores. Una buena conciencia
es pues “la más bella de las mujeres, la
reina preparada para recibir al rey, segura e irreprensible, es la inseparable
esposa que te acoge en su abrazo lleno de paz, es la cámara y el tálamo
nupcial”…
Respecto al
discernimiento, según los jesuitas es elegir de lo bueno lo mejor. Esa es su
más simple concepción, sin embargo en la llanura de su simpleza nos perdemos
muchas veces en los derroteros de la vida y caemos en el sinsentido de la
misma.
Resulta evidente entonces que
de la falta de una conciencia bien formada, recta y veraz y de la
incapacidad por elegir entre lo bueno lo mejor, como sociedad transitamos por
caminos bastante sospechosos. El problema estriba en que no examinamos nuestros
actos en el diario acontecer. Ya Sócrates decía en su tiempo que “una vida no examinada no merece la pena
ser vivida”. Ese es el gran problema del ser humano post moderno, aquel en
que reina la indiferencia de masa, que hace de los valores sus anti valores y
que propugna un individualismo hedonista y egoísta, que vive solo para sí y se
olvida de los demás.
Además de la ley natural –que para Santo Tomás de Aquino es
“nada más que la participación de la criatura racional en la ley eterna”- tendríamos que remarcar también en nuestras
mentes y corazones “Soy un ser humano.
No doblar, romper o torcer”. Solo así podríamos salir del estrecho ese,
definido por la Escila del absolutismo y la Caribdis del relativismo…
¡Medítelo y
actué!...
Referencias:
Fray Antonio Royo Marín, OP. Teología Moral para Seglares.
