cuando las bajas
pasiones nos convierten en cerdos
Jlriveirof
El sábado recién pasado, asistí al primer
aniversario de un grupo de alcohólicos anónimos, ubicado en la cercana población de Santa Cruz,
Verapaz, Guatemala, como ponente invitado
para facilitar el tema: “El problema del
alcoholismo en la familia”.
Los destinatarios de tal exposición,
eran en su mayoría, asiduos bebedores empedernidos, esperpentos o fantoches de
antaño, que sufrieron en carne propia los embates de tan infausta enfermedad, sus
familiares más cercanos, y algunos amigos y conocidos, –de ellos– que aún
sufren las secuelas del alcoholismo. Una enfermedad, llamada y reconocida así,
por la Organización Mundial de la Salud. No solo como “Insidiosa y progresiva; sino también de fatales consecuencias, porque ataca el cuerpo, la mente y el
espíritu, y lleva a quien la sufre, a un hospital, a una cárcel
o un cementerio”.
Una enfermedad concebida como el “síntoma de un mal más profundo” y que
genera emociones negativas, tanto de índole interno como externo, de grandes
envergaduras: vacíos existenciales, temores infundados, ira, miedo, rabia,
cólera consigo mismo y con los demás, egoísmo, hedonismo, delirium tremens,
auditivo, visual y de persecución; codicia, envidia, lujuria, gula, entre un largo e inacabado etcétera.
Una enfermedad incurable, que
cuando no es detenida a tiempo, muerde y remuerde en las entrañas, la mente y el corazón de quien
la sufre y los que viven y conviven con él, llevándolos a los más grandes sufrimientos,
nunca antes vistos, como al suicidio, en lo que muchos han pensado con detenimiento,
cuando la vida se ha vuelto ingobernable, basado quizás en la premisa de Vargas Vila, a quien le
atribuyen la frase: “cuando la vida es
un martirio, el suicidio es un deber”.
Muchas personas que no han logrado
desembarazarse de ese terrible mal, han
puesto fin a su efímera e inútil existencia, tomando al pie de la letra ese
aforismo.
No obstante, nunca como ahora, esta terrible enfermedad, ha sido objeto de
estudio de parte de algunas ciencias, como la medicina, la psiquiatría, la
psicología, la teología y la filosofía. Para muchos es concebido como un vicio,
un pecado, o simplemente las consecuencias de algún hechizo. Todo menos
enfermedad, al plantearse la pregunta: ¿Quién con su propia mano se mata a
pausas?...
Para otros es un misterio, en la descripción que Gabriel
Marcel, daba a tal término:
“ algo en lo cual me encuentro comprometido y cuya esencia es, por
consiguiente, algo que no está enteramente ante mí”.
Sino dentro de todos aquellos que sufren la
fatalidad de tal abyección en su conducta, que para las personas que no son
ávidas al licor, resulta incomprensible. Y precisamente por ello, requiere
dilucidar el problema en cuestión, comprenderlo, analizarlo y contemplarlo, para
ayudar a quien lo padece, para que acabe con los sufrimientos presentes y
futuros que de ello se derivan, y que como ave rapaz, persigue al que
recula; para buscar el equilibrio y encontrar la paz…
Al analizar y estudiar el problema en cuestión, de cierta manera
estudiamos a las personas que lo sufren, a quienes se puede ayudar ya sea mediante
la reflexión filosófica, partiendo de la más antigua de las recomendaciones, el
famoso aforismo de Sócrates: “Conócete a ti mismo”, la
introspección, la catarsis, o la penitencia.
Nunca antes se pudo detener este
mal que aqueja a millones de desgraciados en todo el mundo, a través de la
psiquiatría, la medicina o la religión. Sin embargo, se necesita de ellas, como
paliativas para el tratamiento del enfermo alcohólico, como una herramienta
similar a la doble y la retranca de un
móvil, para salir de ese pantano
putrefacto de aguas pestilentes, que amenazan con hundir al ser humano, que porfía en llevar siempre la
contraria. De tal suerte que es frecuente escuchar que si un borrachín fallece
ahogado en algún caudal, hay que buscar el cuerpo corriente arriba, ya que
hasta en eso, pondrá al descubierto su rebeldía…
En las consabidas reuniones de alcohólicos anónimos, que se llevan a
cabo, aquí y en la Patagonia; hemos escuchado innumerables testimonios de seres
humanos, que comparten sus “mutuas experiencias, fortalezas y esperanzas” y que
nos hablan de un modo diferente de hacer las cosas, que les ha devuelto el sano
juicio, restableciendo aquel cementerio de neuronas a causa de la ingesta
alcohólica, recuperando con el tiempo la
salud física, mental y espiritual, mediante un despertar espiritual, que los
puso en paz con Dios, con ellos mismos y
con los demás, en los brazos de Alcohólicos Anónimos, parafraseando a Hegel. De
tal suerte que una vez rehabilitados, vuelven a ser útiles a aquella sociedad
que una vez los discriminó y los desechó, insertándolos de nuevo a ella.
Postulo que una persona alcohólica restablecida, en virtud en su militancia en AA es un ente
racional. La recuperación del sano juicio es lo que los hace humanos, demasiado
humanos, diferentes a los seres irracionales que no piensan, es lo que les permite reconocer humildemente su problema
alcohólico, encomendarlo ante las manos providentes de un Ser Supremo y practicar un programa fácil para mentes
difíciles de 12 pasos solamente. Eso les
da la oportunidad de conocer su mente, el lugar en donde nace el pensamiento y en donde reside el alma.
Como Ulises, “sin prisa pero sin
pausa” se convierten en brillantes y astutos y como Aquiles, en valientes. Una trilogía de
características que permiten a cualquiera, transitar del alienante y
esclavizante círculo vicioso, hacia la libertad, que se alcanza con el gobierno de las emociones.
Una vez recuperado el sano juicio, un abstemio en su proceso de recuperación,
nunca se olvida de su pasado, porque quien lo hace se expone a repetirlo.
Para ilustrar el tema en cuestión,
me adentre al mundo de lo mítico y aborde la historia aquella cuando con su dulce
canto de mujer, bella, Cirse embelesó a
los navegantes sin rumbo, del cuñado de Ulises, Euriloco, quienes al dejarse
llevar por su exuberancia, entraron a su palacio y allí los deleitó con ricas
comidas y bebidas espirituosas. No se dieron cuenta, que a la comida y la
bebida, les había mezclado drogas, y que
al consumirlas, les causó pérdida de la memoria.
Al encontrarse en ese trance, los
convirtió en cerdos y los encerró en una pocilga.
fatídica consecuencia que nos
permite elucubrar sobre el tema en cuestión.
Recuerdo que en mis años mozos,
había en la tímida y antañona Ciudad de Cobán, un bar llamado “Las sirenas”,
haciendo alusión sin duda, a las chicas
que atendían el lugar y que se dedicaban
al oficio más antiguo de la humanidad, el tráfico galante. Aunque en sus
tarjetas de sanidad, que ponían a la vista del cliente, como tarjeta de
presentación, dijera que eran meseras de primera clase y que no padecían de los
pulmones. Una noticia más que suficiente en aquel tiempo, para bailar e intimar
con ellas. Su ambiente era lúgubre y mortecino, aunque a sus visitantes, nos
pareciera el palacio de la bella Cirse.
No lo era, al menos en la
apariencia física del entorno, pero sí en los resultados. En virtud que, al
cabo de las horas frías de la noche y después que las boquitas, las bebidas
embriagantes y el perfume barato de
mujer, entremezclados, habían surtido su
efecto, hasta perder la memoria, los visitantes se metamorfoseaban en cerdos y
el palacio a ojos vistas, en una
pocilga.
He ahí, la metamorfosis de una
persona alcohólica, viviendo entre el claroscuro que se produce entre la
realidad y la ficción…
A guisa de despedida hago mias las palabras del comico latino
Publio Terencio Africano: “Homo sum,
humani nihil a me alienum puto” –Soy un hombre, nada humano me es ajeno- por aquello que esta lectura llegue a la vista
de alguna persona puritana, pietista o pura y les cause estupor y escozor…
Que bien jose luis adelente con esas conferencias
ResponderEliminarGracias, muy amable...
EliminarQue buen artículo compa, sin duda para alguien que ha nadado en las miasmas del infierno alcohólico, no tuve necesidad de esforzarme por comprender sus letras. Que siga la divulgación de este maravilloso mensaje.
ResponderEliminarGracias Compa, no se puede olvidar el pasado, de lo contrario podemos repetirlo. Un abrazo
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