jlriveirof
Hará unos cuantos años ya, cuando
retornaba hacia mi hogar en un bus de transporte urbano de pasajeros, después
de asistir a una de las Eucaristías de fin de año, era el año 2011. En el
interior del automotor resonaba fuerte la voz, de una señora ya entrada en
años, que “a todo pulmón” disertaba un sermón de manera
ininterrumpida durante casi 20 minutos. Hablaba de todo y de nada. Su verborrea
no tuvo en ningún momento ni mensaje previamente elaborado, mucho menos hilo
conductor, era notoria la fuga teológica de su discurso, aunque evidente su misión, que según mi
percepción era, disentir con la Natividad del Señor y la idolatría que
presuntamente se vive a lo interno de la Iglesia Católica. Me miró fijamente
como si yo fuese el destinatario de su “discurso religioso” y dijo:
Yo soy evangélica y por eso no celebro la
navidad, asisto a la iglesia fulana de
tal, ubicada en las cercanías del parque
central de la Ciudad de Cobán. Y
Jesucristo, dice la sermonera, escribió los 62 libros que contiene la Biblia,
y cuando anduvo en la tierra no menciona en ninguno de ellos que haya nacido un
24 de diciembre, hace dos mil años ya. Por lo tanto,
los católicos deben dejar de celebrar esas fiestas y dejar de adorar a dioses mudos y sordos, fabricados con
madera apolillada, como los que se
encuentran en sus templos. Refiriéndose
sin duda alguna, a las imágenes que se encuentran en la mayoría de templos
católicos. Obras de arte sacro, expuestas en las iglesias particulares
católicas, “dignas de admiración por ser una particular fuente de inspiración
personal”, –Verónica Mena, Redactora para The Catholic Company- más no objetos
de adoración.
Pues bien, ese discurso puesto en escena
de parte de la sermonera en cuestión, podría servir como objeto de estudio para
cualquier aprendiz de predicador, respecto a todo lo que se debe y no hacer en una predica. Inclusive,
cualquier persona no versada en la materia
podría apreciar el desconocimiento de la señora en mención, sobre las Sagradas Escrituras y el arte y don de la predicación.
Particularmente me quiero referir
a dos errores garrafales cometidos por la “predicadora evangélica” sin entrar
en detalle de los muchos que escuché:
El primero es que Jesucristo no
escribió ninguno de esos 62 libros que mencionó, incluidos en alguna Biblia
fragmentada. Tampoco contaba con un amanuense particular que fuera escribiendo
todo lo que dijo e hizo, cuando tránsito
por los caminos de la Palestina del siglo I de la era cristiana. Y todos los libros de la Biblia, no fueron
escritos en un tiempo ni lugar concreto, ni en orden cronológico, sino en
diferentes lugares, y a lo largo de
muchos años, por distintas razones y escritores
sagrados.
El segundo error garrafal de parte de esta
merolica del evangelio, es que los católicos no adoramos las imágenes que se
encuentran en la mayoría de nuestros
templos, solo adoramos a un sólo Dios
creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Yahvé es
su nombre.
En lo que si estoy totalmente de acuerdo
con ella, es que Jesús no nació un 24 de diciembre hace más de dos mil años.
Pero, para comprender el porqué, basta
saber un poco de historia y entender y saber que las fiestas paganas del
solsticio del invierno, fueron santificadas. En virtud que, algunas culturas de
la antigüedad, celebraban el nacimiento del dios o los dioses del sol como Apolo
y Helios en Grecia y Roma, y para cristianizar a los paganos, se cambió esa celebración y en su lugar se
empezó a celebrar el nacimiento de “una
luz que viene de lo alto para iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras
de muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz” Lucas (1, 78-79).
Esa explicación no merita ningún grado
de erudición, como tampoco su gozoso nacimiento, descrito en el capítulo 2 del evangelio de San Lucas, en donde podemos leerlo a detalle y con bastante simplicidad. No es un estudio científico que con el
recurso de la cronología, el evangelista precise el orden y la fecha de ese
acontecimiento histórico. Al escritor sagrado parece no importarle la fecha
porque solo menciona el lugar; como a
nosotros tampoco debe importarnos. Lo
que sí es importante indagar es si el suceso de Él en nuestra vida, ha cambiado nuestra manera de pensar y de
sentir, de tal suerte que podamos dividir el transcurso de la misma en un antes
y en un después de Cristo, como se hizo con el tiempo.
Lastimosamente los problemas que se dan
con el don de la predicación, se remontan a tiempos inmemorables. Ya en 1917,
el entonces Papa Benedicto XV, cuestionaba la actividad predicadora y a quienes
la ejecutaban, que pululaban sin la debida preparación. “Mucha predicación y
escasos frutos”, escribe en su Carta
Encíclica “Humani Generis Redemptionem”. Apuntando alto al cuestionar que una
de las causas del paganismo, se deriva precisamente, por una mala
predicación. Quizás por ello, a todos
los católicos, especialmente para el laicado, estableció como ley: “Que nadie pueda por sí mismo asumir este
cargo de predicar, sino que sea necesaria para desempeñarlo una legitima
misión, la cual no puede darse por ningún otro que por el Obispo”.
No obstante, es fácil constatar que en
aquel tiempo como en este, abundan los “predicadores de la gracia” que viven en
desgracia, sin buenas costumbres y sin ciencia, “faltos y defectuosos” en
palabras de Benedicto XV, incluyendo a miembros de la clerecía, que sin el apoyo
de la exegesis y la hermenéutica, interpretan las Sagradas Escrituras según
“San Yo”, de forma subjetiva y, que no
piensan como el apóstol Pablo, de sentirse embajadores de Cristo, -2ª Cor
(5,20)- y por eso en muchos, no existe la coherencia entre el decir y el hacer.
“Para que esto no suceda en adelante, -continua
diciendo este Papa- , hay que esforzarse con todo trabajo y empeño, para
conseguir predicadores que sean conformes a los deseos de Dios” y no
halagadores de los oídos, como escribió San Pablo en su segunda carta a Timoteo
(4, 3-4), volviéndose a las fabulas. Como ese cuento que describí al comienzo
de esta intervención…
Santo Domingo de
Cobán, 24 de Julio de 2018
Fuentes:
Biblia de Jerusalén
Carta Encíclica “Humani Generis Redemtionem”, Roma
15-06-1917
Sobre la predicación de la divina palabra.-