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Ellos, están ahí para demostrar
que es posible caminar por las sendas del bien, y llevar una vida santa,
irreprensible y ejemplar. Ellos con su estilo de vida, pudieron demostrar, de forma
concluyente, que si se puede ser santo
en este mundo posmoderno, a pesar de todas sus dificultades, tentaciones y sus nuevos ídolos: el poder, el tener, el
placer y el parecer, entre otros tantos ídolos modernos, ante los cuales,
muchos inclinan las rodillas y rinden reverencia…
Hay tantos santos y santas; unos han sido
elevados a los altares y otros se encuentran en el anonimato, pero no por eso
dejan de ser santos ante los ojos del Señor, los hay de todas las edades y
nacionalidades, provenientes de todas las razas, pueblos, culturas y estratos
sociales; algunos fueron miembros de la realeza, como es el caso de Santo
Domingo de Guzmán, discriminados como San Martín de Porres, por ser hijo
ilegitimo y mulato, inclusive dentro de su propia orden religiosa, militares
como San Ignacio de Loyola, grandes pecadores como San Agustín; y otros fueron
seglares, como Santa Catalina de Siena y
Santa Rosa de Lima, ambas de la orden de los dominicos…
Con estos referentes es dable postular que
la santidad no es para unos cuantos elegidos, como piensan algunos, sino para todas aquellas personas
que hacen la voluntad de Dios. Tal y
como lo expresa Pablo a los tesalonicenses: “Porque esta es la voluntad de
Dios: su santificación, pues no nos llamó Dios a la impureza, sino a la
santidad. -1ª Tes 4,3.7-
Queda sabido y entendido entonces
que, la santificación es necesaria para la salvación. El texto bíblico es
bastante claro y contundente. Tan importante es la santidad que, de muchas
maneras, con diferentes personajes, diversos estilos redaccionales y géneros
literarios, las Sagradas Escrituras
hacen ese llamado a la Santidad. El autor de la epístola a los
Hebreos, ratifica lo conducente al
decir: “Procuren la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie vera al
Señor”. -12, 14- Asimismo, lo vuelve a recalcar el Apóstol Pedro en su primera epístola: “Serán santos,
porque santo soy yo”.
“Ser o no ser, esa es la cuestión”.
Evocando la famosa frase de William Shakespeare, en su obra egregia
Hamlet, en esta reflexión sobre la
santidad, como síntesis de los procesos mentales, ante la duda que podría embargar
y enajenar al ser humano, sobre esa decisión de ser o no ser santos. En virtud
que, la santidad, no es una invención de
la Iglesia Católica, sino más bien, una obligación que le incumbe al género
humano, para vivir en gracia, y poder así,
alcanzar la santidad para poder ver de frente al Señor, en el día
postrero…
En lo que concierne a la festividad del
día de los fieles difuntos o día de los muertos, como comúnmente se le conoce,
el autor anónimo judío, del libro segundo de los Macabeos, (12, 44-46) dice pensando en
la resurrección: “Pues de no esperar que los soldados caídos resucitarían,
habría sido superfluo y necio rogar por los muertos; más si consideraba que una
magnifica recompensa está reservada a los que duermen piadosamente, era un
pensamiento santo y piadoso. Por eso mandó hacer este sacrificio expiatorio en
favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado”.
Como se puede constatar, este texto afirma claramente
que los vivos si pueden interceder por los muertos, mediante la oración y los sacrificios de
expiación; tales como, misas, ayunos y oraciones, para borrar sus pecados. Por
lo tanto, esta antigua tradición de orar por los fieles difuntos, tiene un
fundamento bíblico bien sustentado.
Lamentablemente muchas personas han
tratado de desvirtuar las verdades fundamentales del cristianismo, y quizás por
desconocimiento, una catequesis mal impartida, la costumbre impía o la
ignorancia extrema, vinculan con estas
festividades, la infausta fiesta de
Halloween, pero el Halloween que tiene que ver con la noche de brujas,
fantasmas, diablos y terror, y que hoy
mezcla las drogas, al sexo, al alcohol, a los robos, asesinatos y
desapariciones forzosas y muchas más tendencias pecaminosas, sobre todo en los
Estados Unidos de Norte América, el máximo consumidor de drogas en el mundo,
contrasta con la verdadera festividad de rezar por las personas que nos han
antecedido en su peregrinaje hacia la casa del Padre y, el testimonio de los santos; contrastan con el
verdadero fervor religioso, porque con estas prácticas putrefactas se está
regresando de nuevo a las practicas paganas que tanto daño han causado a la sociedad a lo largo de todos
los siglos.
Para sustentar la tesis que antecede, se puede
constatar desde un punto de vista multidisciplinario, estas conjeturas.
Aprovechándose de algunas ciencias para
dar respuesta a tal problemática, que a ojos vistas es “anti evangélica, anti
ética y perversa”…
Desde el punto de vista histórico es
importante verificar que, la noche
aparentemente casta de disfraces, se originó en el siglo VI antes de Cristo,
con los celtas del norte de Europa que celebraban el fin de año con la fiesta
del sol, que daba comienzo el 31 de
octubre. Ellos creían que esa noche, su dios de la muerte les permitía a todos
los muertos volver a la tierra, para encontrarse con los vivos y poder tener al
menos, por unas cuantas horas, algún tipo de comunicación. Creían a la vez que,
esa misma noche, los espíritus malignos
y fantasmas podían salir a asustar a los vivos, por eso los sacerdotes celtas, llamados druidas, hacían fogatas y ofrecían holocausto de
animales para tranquilizar a los muertos.
Pero en el año 800 de la era
cristiana, en esas tierras, el entonces Papa Bonifacio IV, permutó esa fiesta lesiva del sammein, como se
le conocía entonces, por la fiesta de
todos los santos. Es decir, que
santifico la fiesta. Lamentablemente, no todos los habitantes dejaron sus
antiguas creencias fanáticas. Algunos historiadores sostienen que, fueron los
primeros irlandeses, que llegaron al nuevo mundo, aproximadamente en el año de 1,846, quienes
llevaron estas abominables prácticas a los EEUU. Y hoy, el cine y el comercio voraz, se han encargado
de fomentar esa cultura de la muerte.
Desde el punto de vista
sociológico, esa celebración, responde a
una influencia extranjera, perniciosa, relativa a una sociedad que no es el
mejor ejemplo de moralidad y ética cristiana, por lo tanto es importante
desecharla de los pueblos, que aún creen en Dios, por ser contraria a todas las prácticas cristianas.
Desde el punto de vista filosófico, todas las
acciones que se promueven en esta noche de brujas aparentemente sanas, son
mentiras con apariencia de verdad; en donde lo que se trata de favorecer es el
comercio voraz, en donde hoteleros, dueños de discotecas y expendios de licor, son los más beneficiados.
Desde el punto de vista antropológico, con
ese comportamiento anti religioso, hay
mucha gente que está encontrando un punto de cohesión social en dicha
festividad, muy a pesar de la pérdida de la racionalidad, en los excesos en el comer, bebidas embriagantes, sexo,
drogas y toda clase de bailes exóticos, que rompen con la moral y la urbanidad
entre tantas otras cosas. Penoso y
lamentable observar, como mucha gente se encuentra a sí misma en estas celebraciones,
aplicándose bien el dicho popular de que “Dios los cría y el diablo los junta”…
Desde el punto de vista teológico; la
palabra de Dios es muy clara para
iluminar ese contexto. En el libro del
Deuteronomio se lee lo siguiente: “Cuando hayas entrado en la tierra que Yahvé
tu Dios te da, no aprenderás a cometer abominaciones como las de esas naciones.
No ha de haber dentro de ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el
fuego, que practique la adivinación, la astrología, la hechicería o la magia,
ningún encantador, ni quien consulte espectros o adivinos, ni evocador de
muertos. Porque todo el que hace estas cosas es una abominación para Yahvé tu
Dios y por causa de estas abominaciones desaloja Yahvé tu Dios a esas naciones
a tu llegada.” (18, 9-12)
Por
lo tanto, quien tenga ojos para leer,
lea…, y “oídos para oír, oiga”.