Describe San Pablo a los romanos, como por medio de un hombre entró el
pecado en el mundo y por el pecado la
muerte; siendo así herederos de ella, que
hiere a todas las personas sin distingo de ninguna naturaleza. Ya su
aguijón está listo para posarse sobre cualquiera, -Rm 5, 12-21- y en
esa categorización entra también el Rey David, que se convirtió en una
marioneta de su propio desliz, como sin duda alguna, muchos suelen serlo ante
circunstancias similares.
Muchas veces se dice que Dios es quien prueba a la gente
para ver cómo está su relación con El, sin embargo, Dios no prueba a nadie -Santiago 1, 13- “Sino
que cada uno es probado, arrastrado y seducido por su propia concupiscencia”.
–Santiago 1, 14- Y así como en el caso particular del rey David, no fue Dios quien le puso la
prueba, sino que fueron sus propias circunstancias.
Pues bien,
para poder entrar en detalle hay que analizar un poco su propia vida,
y para ello hay que adentrarse a las profundidades del primer libro de
Samuel, específicamente al capítulo ocho, en donde se narra como el pueblo de
Israel le pidió a Samuel un rey para que los gobernara, rechazando a Dios,
considerando que en ese tiempo, el gobierno era teocrático, es decir era Dios a través de los jueces quien
gobernaba al pueblo.
Ellos; querían ser igual a los otros pueblos de la
tierra, y por eso querían un rey, y de esa suerte les pusieron rey. Siendo el primero Saúl y el segundo David,
quien a pesar de ser muy joven, tuvo la bendición de Dios, y fue ungido por Samuel para dicho cargo.
Ya al frente
del gobierno del pueblo de Israel, David conquistó muchas ciudades y ganó
infinidad de guerras, pero cuando el
poder se le subió a la cabeza y lo empezó a marear, dejo de cumplir con sus
obligaciones; según se aprecia en el capítulo 11 del 2º libro de Samuel, que dice
que “A la vuelta del año, en la época en que los reyes salen a campaña, envió
David a Joab con sus veteranos y todo Israel, mientras que David se quedó en
Jerusalén”. Y se paseaba por la terraza de su casa, mientras que todo el pueblo
estaba en guerra. “En la época en que los reyes salen de campaña” David no
salió, se quedó en casa, paseándose por su terraza, sin nada que hacer,
incumpliendo con su deber, descuidando sus obligaciones. En cuerpo ocioso hay
mente ociosa y egoísta como la de David.
Según el DRAE egoísmo significa inmoderado y
excesivo amor a sí mismo. Lo que hace atender desmedidamente al propio interés,
sin cuidarse del de los demás. Eso fue lo que hizo que David se quedará en su
casa y no ir al frente de la batalla como era la costumbre en ese tiempo de
todos los reyes de la tierra. Además, no atendió el interés de su pueblo sino
el suyo propio, al dar rienda suelta a sus instintos venéreos cuando ve a una mujer muy hermosa, y al no tener nada
que hacer le dieron ganas de acostarse con ella; un hecho lamentable que se complicó cuando
atrae también otros males; como la
lujuria, la infidelidad, la traición, el engaño, la mentira entre un largo y
excesivo etcétera…
La lujuria: Al haber deseado tener
relaciones pecaminosas con Betsabé, David cometió también uno de los siete
pecados capitales, llamado lujuria, que consiste en el apetito desordenado de
los deleites carnales. Un deleite que se originó en su mente como consecuencia
de la sensualidad de Betsabé, que saber cuántas veces lo había visto en su
terraza, y también es seguro que ya se había dado cuenta que en ese atardecer
él se encontraba en la terraza de su casa, y le puso la tentación al bañarse
sin duda a la intemperie, si lo hubiera hecho en el baño de su casa ¿Cómo la
iba ver el rey?
Independientemente de cuáles sean las
razones que desencadenaron una serie de circunstancias adversas, es lógico
suponer que ambos tuvieron la oportunidad de decirle no al deseo apetitoso de
la carne, ella porque era una mujer recatada y además casada con Urías, y él
por consiguiente, sabía que estaba
casada y con uno de sus mejores soldados, pero eso le importó un plato de lentejas. Y después de
desearla, materializo el ilícito y se
acostó con ella.
No sería especulativo decir que
él se aprovechó de ella por su condición de rey, en virtud que en todos los
tiempos, personajes que ocupan altas posiciones lo hacen muy seguido. Aunque en
el pasaje bíblico no se encuentra oposición de parte de ella, sino por el contrario, se percibe una clara y abierta
disposición. El simple hecho de que ella se bañara al aire libre, demuestra
claramente que lo que hacía lo hacía premeditadamente. Según se sabe tenía
mucho tiempo de estar sin su marido, porque éste estaba en el campo de la batalla y, los deseos febriles de la carne pudieron
más, que guardarse únicamente para el
marido. Obviamente esto no justifica en nada su actitud, por el contrario, podría
decirse que ella quería que todo eso pasara.
Pero, después de las mieles le precedieron
las hieles; he aquí las cuestiones que atraen la atención:
1. Un embarazo no deseado.
2. El qué dirán: Que
le dirá a su marido, que le dirá David al pueblo cuando todos se enteren, que
le dirá a sus concubinas y a sus hijos, que le dirá a Dios…
3. La pérdida de los sentidos:
Cuando se pierde el sano juicio es un infierno el que se vive, se pierde la paz
y la tranquilidad mental, el cuerpo se enferma, todos los sentidos no funcionan
bien, de lo contrario David no hubiera gestado la muerte de Urías, como en ese
tiempo no existía la práctica abominable del aborto, decide mandar a matar al
esposo y soldado abnegado. Bien dice el dicho popular “mal paga el diablo a
quien bien le sirve”.
4. Trae consecuencias cósmicas. Otros también sufren y son arrastrados en el pecado:
En el caso particular de
Urías: Perdió su matrimonio, Perdió su dignidad, Perdió su vida.
En el caso particular de Joab: fue Implicado
en el engaño, Involucrado en un homicidio y transgredió la ley, en virtud de
que hechor y consentidor siempre tendrán el mismo delito.
En el caso particular de Betsabé:
Al haber cometido adulterio en aquel tiempo merecía la pena de muerte. Perdió la dignidad (vivió siempre con
el que dirán, señalada siempre por la sociedad, como sin duda alguna muchas
mujeres viven hoy día, todos sabían que había engañado a su marido). El hijo que había tenido con el rey, murió, una muerte anunciada por Natán, aunque
fruto del pecado el hijo era inocente, (cuantos niños inocentes sufren las
consecuencias de la imperfección hoy día); y se aprovechó de su hermosura para
tentar al rey.
En el caso particular de David:
A. Incumplimiento de deberes,
B. pereza,
C. lujuria,
D. engaño,
E. traición,
F. asociación ilícita,
G. abuso de poder,
H. premeditación,
I. homicidio (muerte ocasionada a una persona por otra),
J. adulterio.-
Tantas transgresiones cometidos por un hombre y una mujer ante las
leyes de Dios y de los hombres, ante una
relación sentimental ilícita, y tantas personas involucradas al mismo tiempo
por asociación: quienes hacen los
mandados, quienes saben lo que sucede y se hacen de la vista gorda, aquellos
que ven lo indeseable y piensan que en cualquier sociedad lo que en el hombre
es aceptable, en la mujer es imputable.
Sin embargo, aquí y en la
Patagonia “antiquísimo pecado es seducir a la mujer ajena, -diría Juvenal- y
despreciar el vínculo sagrado”. Es algo que pesa y pasa muy a menudo, y los
rigores de tales ilícitos no son disuasivos como para decir “machete estate en
tu vaina”…
“Pero donde abundo el pecado sobreabundó
la gracia” (Rm 5, 20) y después de que Natán le hace entrar en razón, el rey se
arrepiente grandemente, pide perdón y confiesa su delito, según se aprecia en
el salmo 50 compuesto presuntamente por el mismo rey David, después de estos
acontecimientos que pusieron en peligro su propia vida y la seguridad de todo
un pueblo. Dios le perdona según le manifestó Natán, pero tiene que pagar las
consecuencias de sus múltiples transgresiones. Dios siempre perdona las
iniquidades, pero lamentablemente las consecuencias que se originan de las
mismas quedan, y quedan para pagarla con creces, porque las mismas siempre serán
de muerte. -Rm 6, 23-
A guisa de colofón y para dar sustento a la
tesis anterior, véase el caso concreto de David en 2ª Sam 11, 26-27,
12, 1-23. El mal se levantó contra él en su propia casa (2ª Sam 12, 11); uno de
sus hijos lo deshonró (2º Sm 13, 14); otro lo desterró (2º Sm 15, 19); otro se
rebeló contra él (1ª Reyes 2); un sirviente lo desafió, los amigos lo
traicionaron, un pueblo lo abandonó y se vio privado de sus hijos.
Todas estas cosas
tuvo que pagar uno de los reyes más poderosos en toda la historia, y todo por nada, haber
cometido uno de los pecados favoritos de la humanidad: “echarse una canita al
aire”…
Jlriveirof
Bibliografía referente:
Biblia de Jerusalén