Jlriveirof, OP
Muchos de ellos eran unos cardenales regordetes y en
apariencia abizcochados que, a imitación de los habitantes de los tiempos
previos al diluvio, bebían y comían en exceso. Ellos; vieron cómo el mundo se
les venía encima, al verse amenazado su statu quo, al escuchar de labios del
sumo pontífice sobre esos cambios significativos y profundos, atinentes a renovar
una Iglesia todavía en ciernes, que peleó con la ciencia y la cultura de todos
los tiempos, que creyó que solo en su seno se daba la salvación y que acusó a
los judíos de deicidio durante siglos. ¡Vaya engaño!
A
viva voz anunció que esa actualización era imprescindible para corregir el
rumbo de la barca de Pedro y mantenerla incólume. Titánica tarea impulsada contra todo pronóstico y con
la no aceptación de algunos “sepulcros blanqueados" que habitaban el
Vaticano en ese entonces, los teólogos y maestros de la fe de la primera y segunda mitad
del siglo XX que quisieron “crucificar” al Pontífice como lo hicieron sus
homólogos con el Maestro de Galilea en el siglo I de la era cristiana.
Ese Aggiornamento, trajo a la Iglesia en
general múltiples beneficios, y significó procesos de renovación, organización,
progreso, ejecución, unidad, vigilancia, especialmente de los abusos que se
deben evitar, reconciliación, apertura, relación recíproca, orientación,
comunidad y diálogo con el mundo moderno teniendo como punto de partida “de lo
que nos une y no entre lo que nos separa”.
También trajo consigo confusión y angustia
como cabe esperar, circunstancias desfavorables de las que ya había escrito en
1,870 el Cardenal John Henry Newman al observar que “Debemos recordar que rara
vez ha habido un concilio al cual no haya seguido una gran confusión”. Casi
todos los concilios son precedidos por batallas verbales eclipsados de
confusión en torno a la temática abordada, la falta de planificación y
dedicación a la puesta en ejecución de los mismos.
Lo mismo podría decirse de la empresa en
pleno siglo XXI, una empresa que transita por similares circunstancias en donde muchos siguen peleando
con los signos de los tiempos y que, en consecuencia, urge actualizarla,
ponerla al día, abrir las puertas y las ventanas para que entren fuertes y
renovados aires. –En América Latina,
Medellín y Puebla entendieron que los pobres son un “signo de los tiempos”- y
en el contexto del Concilio Vaticano II, la Constitución Pastoral Gaudium et
Spes abordó ese concepto como “aquellos acontecimientos de la sociedad moderna
que nos plantean no solo un mundo en proceso de cambios acelerados en todos los
ámbitos del desarrollo humano como la ciencia y la tecnología, la familia, la
cultura, la sociedad, la economía, la política, la paz”, etcétera.
¿Cuántas empresas se
aprovechan hoy día de la necesidad y de la ignorancia del pobre, practicando la
aporofobia?
Sobre todo, aquellas que en Guatemala apuestan por la
implementación de salarios mínimos
diferenciados y otras tantas que carecen, desconocen o soslayan la
responsabilidad social empresarial, una visión de futuro, una misión previamente
establecida, los valores de la ilustración o los pocos valores humanos con que muchas entidades
cuentan en sus códigos axiológicos, ricamente enmarcados por los sabihondos de
recursos humanos o mercadeo, para inmediatamente
después, ser colocados en pasillos o lugares de importancia a lo interno de las
organizaciones; pero que su observancia, es casi nula.
Para ilustrar los conceptos anteriores
válgame comentar una experiencia que me tocó vivir una fría madrugada en el
interior de un predio de buses extraurbanos en Ciudad de Guatemala. Como es
costumbre en este país, me encontraba haciendo cola para comprar pasaje hacia
la Ciudad de Cobán, cuando observe que del interior del automotor que nos
llevaría hacia nuestro destino se encendió una luz, un hombre se levantó, se
vistió y salió al exterior para efectuar necesidades fisiológicas menores
frente al autobús y después lavarse la cara y las manos en una pila resguardada
por una vieja galera, y que, dicho sea de paso, era abastecida con aguas pluviales.
No fue difícil conjeturar que
dentro de ese bus pernoctó el piloto y su ayudante. ¿Cómo podría conducir ese
hombre el autobús con seguridad y confort después de pasar una mala noche en su
interior? Coincidentemente unos 45 minutos después tuvimos que bajar de la
camioneta por problemas mecánicos y esperar otra para transbordar, sin duda
alguna por su notoria vejez y falta de mantenimiento.
Hoy, casi todas las
empresas de carga y pasajeros sufren los mismos problemas, ante la falta de un
espíritu empresarial más humano y más fraterno de parte de sus propietarios.
Esa falta de responsabilidad social
empresarial la podemos evidenciar
también con el ecocidio causado en el río La Pasión en El Petén por empresas agrícolas extractoras
de aceite de palma africana, el dragado
ilegal de ríos que han dejado muerte y destrucción de la fauna y la flora a lo
largo y ancho de su recorrido, empresas
multinacionales extractoras de minerales que ha puesto en peligro la vida de
seres vivos a leguas de distancia de donde operan, telefonías que inventan
leyes en su propio beneficio y la
confianza en progresar relacionada con el crecimiento de capitales de algunas
casas emisoras de tarjetas de crédito que han caído a las más bajas e
ilegítimas costumbres del agiotismo al
hostigar al tarjeta habiente con
cobros excesivos por concepto de
intereses, el nazismo practicado por los “publicanos” –recaudadores de
impuestos- de este tiempo, quienes
administran el cobro de los impuestos al estilo de la GESTAPO con carta
blanca para abusar tanto de los contribuyentes como de sus tributos –la línea-
que “cuelan el mosquito y se tragan el
camello”, hidroeléctricas que se ensañan con la naturaleza y los habitantes
originarios de la región para su explotación y enriquecimiento, tan solo para
mencionar algunos casos concretos.
Con tales actitudes y comportamientos no
es difícil entrever muchas empresas que riñen con la cultura de los pueblos, relativizando valores humanos; y absolutizando el mercado con sus políticas económicas
neoliberales en detrimento del ser humano. –En él caben todos los conceptos
utilizados por la ciencia administrativa como recurso, capital o talento
humano-
No está demás subrayar que las ciencias que
estudian las tareas administrativas y los comportamientos organizacionales son
cambiantes y el acomodamiento que causa permanecer estático a viejos
conocimientos muchos de ellos irresolubles e imprácticos hoy, repercuten
también involucionando el gremio.
Ante esas vicisitudes urge llevar a cabo
un congreso que permita poner al día a muchas empresas agrícolas, comerciales,
industriales y financieras entre otras, con las nuevas tendencias
organizacionales, con una moral y una ética que permita hacer un “Aggiornamento”
empresarial a fin de que la misma sea tendencia y no moda pasajera para
mantener su hegemonía y lograr una pertinencia social, tanto endógena como exógena
en el devenir de los tiempos.
La tesis del “Aggiornamento”
organizacional planteada debe de empezar con el propio empresario, quien debe
de actualizarse y ponerse al día, no puede haber cambios sustantivos y
colectivos serios, significativos y profundos a lo interno y externo de la
organización, sino cambia la persona que la crea o a que la dirige y quien
sigue en la escala jerárquica organizacional.
Analizando desde una perspectiva
antropológica la figura polémica y auténtica de Jesús de Nazaret; como el líder
innato que fue y situándonos en el contexto convulso ese, de los años 30 de la era cristiana, en el preciso momento
en que comienza su ministerio lo hace, haciendo un llamado rotundo a la
conversión, diciendo: <<Conviértanse y crean en el evangelio>> En
ese enunciado Jesús, un líder por excelencia como le llama Ken Blanchard y Phil
Hodges en su libro “Un líder como Jesús”, hace dos sugerencias: la de
convertirse y la de creer en el evangelio. No es a un cambio religioso al que
llama, sino genérico y que sugiere cambiar en clave holística. Hoy día; podría
decirse que ese llamado a la conversión, constituye un imperativo categórico y
moral.
Concerniente a ese “conviértanse” el teólogo dominico Yves Congar dice que la conversión es un cambio del o de los
principios que rigen la síntesis o la dirección de nuestra vida, alcanzada en
un segundo nacimiento al mundo ético al que libremente se abren y entregan,
pero para que acontezca es necesaria una experiencia personal y llevarla a
cambiar algo en nuestras vidas. Tomado en ese concepto tan genérico la
conversión también trastoca lo moral y lo religioso.
Continúa expresando Y. Congar
que la conversión moral que se produce en el interior de una fe que en
principio nunca se había dejado de profesar es un cambio de nuestros principios
éticos o un paso de no practicarlos a practicarlos, esto puede reducirse en
conversión religiosa. Según las Sagradas Escrituras la conversión expresa la
idea de volver, volver de nuevo, tornar a Dios, apenarse, arrepentirse de malas
prácticas: éticas, morales, comerciales, laborales, organizacionales, etc. Salir
de las tinieblas a la luz, cambiar de intención y de actitud, cambiar la
trayectoria del propio pensamiento. En el pensamiento platónico podría pensarse
en salir de las cavernas.
El Doctor E. Würthwein expresa que un
individuo, un pueblo –una empresa- se convierte cuando para él Dios es Dios, le
obedece, se fía plenamente de Él y se aparta del mal que tanto odia. Para el
doctor Angélico, teólogo y filósofo dominico Tomás de Aquino alguien se ha
convertido cuando es firme y notoria su fe, el temor y la esperanza se
conjugan, hay amor inicial y el arrepentimiento y el propósito se mantiene
firme.
¿Menuda tarea verdad?
Ante todo, cuanto las leyes
que rigen el mercado las hemos convertido en mandamientos de imperiosa
ejecución, y el Banco Mundial es ahora nuestro altar en donde adoramos al dios
de las finanzas especulativas: Mammón. Y del poder temporal, el tener lícita o
ilícitamente en abundancia, el placer y el parecer rápido los convertimos en
nuestros objetivos inteligentes, con fecha exacta en el calendario para que se
cumplan. Ello es lo que aliena y esclaviza el nuevo orden de muchos empresarios posmodernos, en perjuicio de aquellos que dependen de él, organizacionalmente hablando,
claro está.
Referente a la segunda sugerencia de creer
en el evangelio, Jesús mismo se presenta como la buena noticia. Eso es lo que
significa la palabra “evangelio”, una buena noticia.
En ese orden de ideas, todos
los que creemos en algo, lo hacemos por fe y por ella nos sometemos. En las
organizaciones seguimos a un líder y destacamos en el trabajo, cuando ambos son
“una buena noticia”.
Sobre la fe el teólogo y filósofo danés
Soren Kierkegaard dice que: «Creer no es una empresa como otra cualquiera, un
calificativo más que se aplica al mismo individuo; no, cuando se arriesga a
creer, el mismo hombre se convierte en otro.» ¡Esa es la pretensión de este
ensayo! Arriesgarnos a creer y convertirnos en otro y consecuentemente con ello
convertir nuestro entorno laboral, espiritual, comercial, social, empresarial,
académico, epistemológico, marital, ético y estético, etcétera, también en
otro. Sin duda alguna, la mayor empresa
a la que nos enfrentaremos para obtener una mejora continua mediante una
administración preferentemente orientada a los procesos y que requiere un
cambio en el comportamiento.
Postuló que solo mediante la fe en Dios,
uno mismo y los demás, tener la capacidad y voluntad para convertirnos en un
“evangelio viviente” como recomendaba la Santa Madre Teresa de Calcuta, y creer
en esa “buena noticia” se “pueden producir ventajas competitivas de importancia
para la compañía” como bien apunta Masaaki Imai en su obra “Kaizen, la clave de
la ventaja competitiva japonesa”. Solo mirándonos a nosotros mismos podemos
mejorar a los demás y por ende los resultados, incluyendo la empresa que es en
donde pasamos la mayor parte de nuestro tiempo y es en donde nos desarrollamos.
Solo
sugerir puede causar escozor o “paniquear” a cualquiera como decía una
asociada mía, particularmente a aquellos que han ascendido en la escala
jerárquica de forma circunstancial, por tener el apellido correcto o por
razones menos nobles que no vienen al caso mencionar; a estos, el puesto se le
sube rápido a la cabeza y se deshumanizan cuando de “dirigir a otros” se trata,
soslayando valores que no les convienen…
Un
relato anecdótico recordado en fechas recientes por uno de mis pares, puso en
el tapete una evaluación de resultados que se llevó a cabo hace muchos años, el
dirigente expositor señaló a tres personas que pasaron la prueba y les dijo:
“hoy sí los considero mis amigos, excelente, los números son buenos.” Aquella
reunión de trabajo, a los que no fueron aludidos y aplaudidos les dejó un
amargo sabor de boca por el mensaje enviado. Una lectura rápida y somera podría
interpretar que solo los que van bien pueden ser llamados amigos del ejecutivo,
los demás está claro que no. Casualmente este mismo personaje cada vez que
empezaba una conversación con aquellos que no iban bien, según su leal saber y
entender, rápido la interrumpió y los dejaba hablando solos para conectarse al
teléfono celular o para hablar con alguien más “importante” según él. Cuanta
razón tuvo Einstein al sostener que la tecnología iba crear una generación de
idiotas…
Por “esas metidas de pata” de parte de
cualquier persona que ostente el título de ejecutivo, entendido éste como la
persona que ejerce un cargo de alta dirección dentro de una organización.
(Infaustamente hoy día se emplea mal el término y; cualquiera lo antepone a su
nombre, inclusive muchas mujeres que se
dedican a la más antigua de las profesiones lo hacen, haciéndose llamar ejecutivas de negocios
-peliagudos y venéreos, pero negocios al fin-) debe observar especialmente los abusos que se deben evitar para no minar
la moral del asociado con lo que dice y hace; precisamente por ello es
importante actualizar su ser y hacer –moral y ética- mediante el estudio
asiduo especialmente de las ciencias
administrativas, economía, política,
Filosofía por cuanto que nos sirve para razonar el quehacer
administrativo ante las personas o cosas que intervienen en él, Antropología Filosófica para comprender el
fenómeno humano y sus manifestaciones como el fenómeno del conocimiento
científico, de los juicios de valor, de la libertad, de la comunicación
interpersonal y de la religión entre otras, sin descartar la historia y las
Sagradas Escrituras como fuente inconmensurable de sabiduría de permanente
actualidad.
Ya desde antiguo en el más “extraño,
erizado e impenetrable” libro del Levítico –tercero del Pentateuco-
encontramos un conjunto de normas que
tienen que ver con las sanas relaciones interpersonales dadas a Moisés y que
siguen siendo actuales: Sean santos porque Yo soy Santo, respeten a sus padres,
no acudan a los ídolos (los de este tiempo son el mercado, el poder, el tener
sin ética, el placer y el parecer), no robar,
engañar ni defraudar a ninguno de su pueblo –empresa, mercado, etcétera-
no explotarás a tu prójimo –el más próximo nuestros asociados, familia y
clientela- ni lo despojarás –de sus
prestaciones- ni retendrás hasta el día siguiente su salario –comisiones,
aguinaldos, bonos entre otros- no cometerás ninguna injusticia a la hora de
emitir juicio, juzgar con justicia, no declarar en falso contra la vida de tu
prójimo, no odiarás a tu hermano –empleado, patrono, cliente- reprenderás abiertamente, no serás vengativo
ni guardarás rencor a tu propia gente, no cometer injusticias en pesos y medidas, tengan balanzas, pesas y medidas exactas.
Amaras a tu prójimo como a ti mismo y cumplan todas mis leyes y mandatos
poniéndolos por obra (Lev, 19ss).
Viejas normas de conducta que
permanecen vigentes hasta el día de hoy.
Siendo “Cristo una figura
históricamente sensata y convincente” dice el Papa emérito Benedicto XVI, en su
obra Jesús de Nazaret, actualiza y sintetiza esas normas de conducta al
recomendar “ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con
toda tu mente y con todas tus fuerzas.” Siendo este el primero de los
mandamientos, pero hay un segundo “ama al prójimo como a ti mismo” (Mc
12). Ese es el mandamiento más
importante, nadie puede decir que ama a Dios a quien no ve si odia a su prójimo
a quien si ve. Empecemos con aquellas seis personas que vemos todos los días de
nuestra vida: Yo, tu, él, nosotros, vosotros, ellos y ellas…
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