Jlriveirof
A guisa de conclusión declaraba en la
segunda parte de este artículo, ¡Yo soy rey! Y ese presidir sobre nosotros mismos, demanda
muchas exigencias a las cuales tenemos que atenernos y cumplirlas al pie de la
letra. Significa que debemos renunciar a
muchas cosas, y entre las tantas cosas a las que debemos renunciar en adición a
todos las situaciones que vimos anteriormente, está la renuncia total y
absoluta de un liderazgo endeble, un liderazgo raquítico, porque a causa de un
liderazgo de esta naturaleza hay tantos hombres y mujeres que parecen
marionetas en las manos de otros, son manejados al sabor y antojo del otro. Son
los tontos útiles que deambulan en las organizaciones como barcos sin velero ni
timón y que andan casi siempre a la deriva. Son una casta de personas que nunca
se comprometen, y en consecuencia, nunca
actúan. O si lo hacen, lo hacen de forma tardía. Sus promesas nacen de los
labios hacia afuera, no desde las propias entrañas y por eso el decir con el
hacer no son coherentes, no hacen binomio, no son buen partido.
Nietzsche, el filósofo que planteo la
muerte de Dios, dijo en una oportunidad
que los seres humanos somos animales que hacemos promesas; aunque él considere que la creencia en Dios es
una consecuencia de vida decadente y de que la idea de Dios es un refugio para
los débiles y los ignorantes, es Dios quien nos ha dado ese don de la
comunicación y, a través de ella hacer promesas. Cuanta razón tuvo Publio Sirio al externar: "La conversación es la imagen del espíritu. Según es él hombre, así será su charla."
Pero,
antes de continuar elucubrando, preguntémonos: ¿Qué es una promesa?
Dejemos que el Dr. Rafael Echeverría nos responda categóricamente: “Las
promesas, son por excelencia, aquellos actos lingüísticos que nos permiten
coordinar acciones con otros. Cuando alguien hace una promesa, él o ella se
compromete ante otro a ejecutar alguna acción en el futuro.”
Veámoslo así: Al comienzo de cada año
calendario, a título personal planeamos nuestro porvenir, y ese porvenir lo planeamos en el ámbito
profesional, económico, familiar, espiritual, vacacional entre otras cosas; a
partir de nuestras particulares necesidades,
porque de algo estoy seguro, no nos interesa únicamente el desarrollo
económico que podamos lograr en el ejercicio de una profesión u oficio concreto; sino toda una
amplia gama de mejoramiento continuo, incluyendo nuestra área espiritual. En el área profesional, muchos somos
autodidactas y estamos a la vanguardia de los conocimientos que se requieren
para estar siempre vigentes. En mi caso particular, continuamente procuro aprender, desaprender y reaprender.
Particularmente en mi estilo de gerenciamiento a la vieja usanza.
Ya lo dijo Confucio: “Por tres
métodos se puede aprender: Primero, por la reflexión, que es la más sabia;
Segundo, por la imitación, que es la más fácil; Y tercero, por la experiencia,
que es la más amarga”…
Con este desarrollo personal podríamos
decir que nos convertiremos en una especie de alquimista, capaces de convertir
el “plomo en oro” desde el punto de vista metafórico, capaces
de hacer descubrir y relucir
ese acre de diamantes que se encuentra
en el interior de cada persona, desde el interior de su propio pozo, extrayendo
lo mejor de sí mismo. Con el
poder que nos da una palabra bien encaminada, bien dirigida en el momento y en
el tiempo oportuno. Pudiendo hacer una
mutación maravillosa e increíble en aquellos que necesitan un cambio radical tanto en su manera de pensar, como en se manera
de ser, de hacer, de decir y de actuar. Porque el ser humano, ese poderoso ser
perfectible pero inacabado, que todos los días puede estar haciendo cambios en
su vida con el poder de la palabra; es
el único que tiene el don de mutar en su manera de pensar, es el único que
puede evolucionar, que tiene la
capacidad de convertirse, el único que puede nacer de nuevo espiritualmente tal
y como lo dice San Pablo a los Efesios: “Despójense de la conducta pasada, del
hombre viejo que se corrompe con sus malos deseos; renuévense en su espíritu y
en su mente; y revístans dice
claramente el Dr. Echeverría. ¿Y en que nos hemos comprometido nosotros los
integrantes de esta agencia de seguros, bajo mi dirección y procuración? ¿De
este grupo eclesial? ¿De esta fraternidad? ¿De nuestra sociedad? ¡A cumplir! ¿Con quién? primero con Dios,
porque el trabajo humano es una invención divina para colaborar con El en la
construcción de un mundo más viable. En segunda instancia con nuestra familia,
porque al cumplir con la palabra empeñada en esa promesa que hacemos cada año,
estamos procurando estabilidad financiera y mental a nuestras familias,
dándoles todo lo que necesitan para satisfacer sus más elementales necesidades,
que son: comida, techo, abrigo, educación, instrucción, salud física, mental y
espiritual, recreación entre tantas
cosas; recordemos que “si uno no cuida de los suyos, especialmente de los que
viven en su casa, ha renegado de la fe y es peor que un incrédulo.” Según lo
explicita San Pablo en la 1ª Timoteo, 5,8. Y en tercera instancia, debemos
cumplir con la empresa que nos da la oportunidad de ser alguien en la vida; si
cumplimos con Dios y con nuestra familia como se debe, cumpliremos por
añadidura con la empresa que nos patrocina, cumpliendo así con la promesa
empeñada, porque de la promesa que cada uno hizo, otra persona se
comprometió a otro nivel y esta otra
persona hizo lo mismo a un nivel más alto; por lo tanto si no cumplimos a
cabalidad con la promesa efectuada, afectamos a terceras personas, empezando
por los de nuestra casa y haremos quedar mal a las que confiaron en nosotros;
entonces, cumplamos con nuestras
promesas porque “El hacha ya está apoyada en la raíz del árbol: Árbol que no
produzca frutos buenos será cortado y arrojado al fuego.” –Mt 3,10-
Tal aseveración es aplicable a toda
aquella persona que no produzca buenos frutos, en el hogar, en el trabajo, en
la iglesia y en la sociedad; por supuesto después de haber agotado todas las
instancias a efecto de que la promesa empeñada se cumpla y en este sentido; en
este nuevo estilo de gerenciamiento, siempre hemos llevado a la practica la
parábola de la higuera; que dice así: “Un hombre tenía una higuera plantada en
su viña. Fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo al viñador: Hace
tres años que vengo a buscar fruta en esta higuera y nunca encuentro nada.
Córtala que encima está malgastando la tierra. Él le contesto: Señor, déjala
todavía este año; cavaré alrededor y la abonaré, a ver si da fruto. Si no, el
año que viene la cortarás.” -Lucas 13, 5- 9-
¿Acaso no hemos actuado así? Con el árbol que
no quiere dar fruto; ¿Acaso no lo hemos abonado? Con programas de
reentrenamiento, coaching, feedback, asistencia técnica personalizada. ¿Acaso
no existen en cada uno de nosotros motivaciones endógenas y exógenas para ponernos en movimiento?
¿Acaso no hemos visto el cambio en algunas
personas? Que se dejan guiar, que son dóciles, que son humildes y no
autosuficientes. Aquellos que se auto ayudan y a la vez buscan también
ayuda. Acaso no hemos visto el cambio en
todas aquellas personas que primero confiaron en El Señor y después en ellos
mismos; cumpliendo con sus promesas en todo su entorno; dando fruto a todo tiempo, según nos narra
Jeremías en el capítulo 17, versículos 7-8: “¡Bendito quien confía en el Señor
y busca en El su apoyo! Será un árbol plantado junto al agua, arraigado junto a
la corriente; cuando llegue el calor, no temerá, su follaje seguirá verde, en
año de sequía no se asusta, no deja de dar fruto.”
Así
serán todas aquellas personas que cumplan con la promesa empeñada
haciendo según lo que les corresponde, al estilo de Jesús, que hizo lo que dijo
y que hoy mismo nos promete: “Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.”
(Mt 28,20).
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