Jlriveirof
Era un sábado cualquiera y Jesús se
encontraba cenando en la casa de uno de los jefes de los fariseos, quien lo había
invitado con las debidas preparaciones y suficiente antelación. Sin lugar a
dudas, había sido invitado no tanto porque el Maestro de Galilea le cayera
bien, sino porque su sola presencia daría prestancia al recinto y, él fariseo se sentiría
honrado de contar con esa personalidad;
además, sería la comidilla de la gente en los días que estaban por venir. Y eso era más que suficiente como para
presumir ante aquella sociedad; acerca de quienes, habían asistido a la cena.
La tesis que antecede se sostiene
sola, en virtud de lo que explicita San Mateo en el capítulo veintitrés de su
evangelio, en donde escribe sobre la profunda inadecuación que existe entre lo
que decían y hacían los fariseos hipócritas en su tiempo; y de tal incongruencia,
nace una animadversión en contra de todos ellos. No obstante, es invitado por
uno de ellos y él se torna complaciente.
Mientras degustaba la velada y contemplaba
lo que pasaba a su alrededor; ellos, vigilaban
cada uno de sus actos. Inclusive, en aras de contender con ellos como
fue su inveterada costumbre, se da a la
tarea de parafrasear un aforismo: “No presumas ante el rey, ni te coloques
entre los grandes; porque es mejor que te inviten a subir, que ser humillado
ante los nobles”. -Proverbios 25, 6-7-
En su exhortativa invita a
practicar la virtud de la modestia que
debe tener lugar en las reuniones sociales,
y a la vez le sirve como inspiración
originaria de la crítica que hace en la casa de ese jefe de fariseos. En ese
contexto, Jesús le da sentido a una virtud inexistente ante los comensales de
uno de los fariseos más importantes de su tiempo; en cuyo contenido se
encuentra latente una exhortación de permanente actualidad: <<cuando
alguien te invite a una boda, no te pongas en el primer puesto…>> –Lucas
14, 1.7-14-
Indudablemente las palabras del Maestro de
Galilea resultaron paradójicas y dejaron perplejo a más de uno de los
comensales, porque su lógica no concuerda con los ricos y poderosos de aquel
tiempo, como tampoco lo es en el
presente.
Imagínense los alta verapacences de la segunda
mitad del siglo XX, ver sentados en los
primeros lugares de una fiesta de bodas o cualquier otro evento social, a los
locos más locos de una loquería, entre
lisiados, cojos, ciegos, idiotas etc. Y
aparte de ello, pobres y extremadamente pobres e ignorantes…
¿Qué dirían sus amistades,
cónyuges, hijos, parientes cercanos y vecinos?
Figúrese
usted, tener sentados al frente de su mesa a las personalidades del Cobán de
los tiempos idos…, tales como: Julio Rodas, el greñudo de Dámaso, Chema
tamales, Emilio puc, el mudo, Beto loco,
chivete, Manuel silip, Juan cacho, la
Rosa loca, la Santos champá, el cochero, y a los de este tiempo: el cinco len, el
piloyes, Sandro, Baclac, la Alicia, el
loco del machete, entre tantos otros marginados por ésta sociedad y por los gobiernos de turno. Impensable suponer algo así, en virtud que las imprecaciones
serían inconmensurables…
Como antítesis a lo que explicita el
evangelio, a muchas personas, a sus fiestas les gusta invitar solo a los miembros
de las mejores familias, entendiéndose como mejores familias a los ricos y poderosos de turno. Sin
importar si son los nuevos ricos que hicieron
fortuna saqueando a través de la politiquería, o provenientes de las mafias organizadas…,
como la imperfección es audaz, a muchos les fascina relacionarse con todos
ellos, quizás por oportunistas, para ver qué raja sacan de esa ilícita
asociación.
Tampoco es difícil constatar a
los miembros poderosos de las mafias organizadas, funcionarios y ex funcionarios públicos, gobernadores
impuestos a dedo, dipugánsteres, alcaldes y a los “honorables” de sus corporaciones, muchos señalados de
enriquecimiento ilícito, ocupando los
primeros lugares en las sectas de corte
neo pentecostal preferentemente, y en las iglesias católicas particulares, en
donde se sienten muy a gusto y creen que con dar el diezmo de todo lo robado, repararán sus culpas y santificarán el resto
del dinero. Así como muchos clérigos
hicieron creer y engañaron a los
incautos en la ignorante edad media, llegando al extremo incluso, que las indulgencias fueron comercializadas en
expiación de los pecados…
Siguiendo con las costumbres de la época,
también es muy notorio que en muchas de las celebraciones religiosas, tales
como: bautismo, primera comunión, confirmación
o un casamiento, la gente casi siempre
busca como padrinos al pariente o al amigo más acaudalado, aunque no sea la
persona más idónea para cederle un honor tan grande, pero como diría Quevedo: “poderoso
caballero es don dinero” y el que lo tiene,
aunque sea un patán, será quien ocupe siempre los primeros lugares.
En contraposición; Jesús invita a actuar igual que él, porque para él
lo anterior expuesto, constituye una de las estructuras fundamentales de todo
el mal que existe en el mundo. Tanta discriminación, segmentación y racismo se
ha practicado en el mundo entero por marginar a la gente que carece de
estatus…, una invitación concomitante en el progreso del Reino de su Padre, un
reino en donde tales diferencias carezcan de sentido. Recomienda a no invitar a
la fiesta sólo a aquéllas personas que después puedan devolver la deferencia,
convidando a otra fiesta y poder competir para ver cuál es la mejor.
Entendiéndose como la mejor, aquélla en
donde abunde la comida, el licor, el sexo y la droga, y se hagan presentes sólo las personas
importantes de la “alta suciedad”…, una
sociedad desagradable, soberbia y execrable.
Aunque resulten paradójicas las pretensiones cristianas
respecto de a que personalidades hay que invitar a las festividades, se debe
considerar que por actitudes como las
mencionadas anteriormente, se dista mucho de entrar al reino de Dios, considerando que a esa sociedad, tal y como lo
explica el fraile dominico Albert Nolan, en su obra: Jesús, antes del cristianismo. No hay ni prestigio, ni estatus, ni división de las
personas en inferiores y superiores. Todo el mundo será respetado y amado no
por su educación, su riqueza, su linaje, su autoridad, su rango, su virtud u
otras cualidades parecidas, sino porque al igual que cualquier otro, es una persona.
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