domingo, 2 de diciembre de 2018

Un código de urbanidad de permanente actualidad



Jlriveirof
     Era un sábado cualquiera y Jesús se encontraba cenando en la casa de uno de los jefes de los fariseos, quien lo había invitado con las debidas preparaciones y suficiente antelación. Sin lugar a dudas, había sido invitado no tanto porque el Maestro de Galilea le cayera bien, sino porque su sola presencia daría prestancia  al recinto y, él fariseo se sentiría honrado  de contar con esa personalidad; además, sería la comidilla de la gente en los días que estaban por venir.  Y eso era más que suficiente como para presumir ante aquella sociedad; acerca de quienes, habían asistido a la cena. 
La tesis que antecede se sostiene sola, en virtud de lo que explicita San Mateo en el capítulo veintitrés de su evangelio, en donde escribe sobre la profunda inadecuación que existe entre lo que decían y hacían los fariseos hipócritas en su tiempo; y de tal incongruencia, nace una animadversión en contra de todos ellos. No obstante, es invitado por uno de ellos y él se torna complaciente.

     Mientras degustaba la velada y contemplaba lo que pasaba a su alrededor; ellos, vigilaban  cada uno de sus actos. Inclusive, en aras de contender con ellos como fue su inveterada costumbre,  se da a la tarea de parafrasear un aforismo: “No presumas ante el rey, ni te coloques entre los grandes; porque es mejor que te inviten a subir, que ser humillado ante los nobles”. -Proverbios 25, 6-7-
En su exhortativa invita a practicar  la virtud de la modestia que debe tener lugar  en las reuniones sociales, y a la vez le sirve como  inspiración originaria de la crítica que hace en la casa de ese jefe de fariseos. En ese contexto, Jesús le da sentido a una virtud inexistente ante los comensales de uno de los fariseos más importantes de su tiempo; en cuyo contenido se encuentra latente una exhortación de permanente actualidad: <<cuando alguien te invite a una boda, no te pongas en el primer puesto…>> –Lucas 14, 1.7-14-

     Indudablemente las palabras del Maestro de Galilea resultaron paradójicas y dejaron perplejo a más de uno de los comensales, porque su lógica no concuerda con los ricos y poderosos de aquel tiempo,  como tampoco lo es en el presente.
 Imagínense los alta verapacences de la segunda mitad del siglo XX, ver  sentados en los primeros lugares de una fiesta de bodas o cualquier otro evento social, a los locos más locos de una loquería,  entre lisiados, cojos, ciegos, idiotas etc.  Y aparte de ello, pobres y extremadamente pobres e ignorantes…
¿Qué dirían sus amistades, cónyuges, hijos,  parientes cercanos  y vecinos?

      Figúrese usted, tener sentados al frente de su mesa a las personalidades del Cobán de los tiempos idos…, tales como: Julio Rodas, el greñudo de Dámaso, Chema tamales,  Emilio puc, el mudo, Beto loco,  chivete, Manuel silip, Juan cacho, la Rosa loca, la Santos champá, el cochero,  y a los de este tiempo: el cinco len, el piloyes, Sandro, Baclac, la Alicia,  el loco del machete, entre tantos otros marginados por ésta sociedad y por  los gobiernos de turno.  Impensable suponer  algo así, en virtud que las imprecaciones serían inconmensurables…

     Como antítesis a lo que explicita el evangelio,  a muchas personas, a sus  fiestas les gusta invitar solo a los miembros de las mejores familias, entendiéndose como mejores familias  a los ricos y poderosos de turno. Sin importar si son los nuevos ricos que hicieron  fortuna saqueando a través de la politiquería,  o provenientes de las mafias organizadas…, como la imperfección es audaz, a muchos les fascina relacionarse con todos ellos, quizás por oportunistas, para ver qué raja sacan de esa ilícita asociación.
Tampoco es difícil constatar a los miembros poderosos de las mafias organizadas,  funcionarios y ex funcionarios públicos, gobernadores impuestos a dedo, dipugánsteres, alcaldes y a los “honorables”  de sus corporaciones, muchos señalados de enriquecimiento ilícito,  ocupando los primeros lugares  en las sectas de corte neo pentecostal preferentemente, y en las iglesias católicas particulares, en donde se sienten muy a gusto y creen que con dar el diezmo de todo lo robado,  repararán sus culpas y santificarán el resto del dinero.  Así como muchos clérigos hicieron creer y  engañaron a los incautos en la ignorante edad media, llegando al extremo incluso, que las  indulgencias fueron comercializadas en expiación de los pecados…

     Siguiendo con las costumbres de la época, también es muy notorio que en muchas de las celebraciones religiosas, tales como: bautismo,  primera comunión, confirmación o  un casamiento, la gente casi siempre busca como padrinos al pariente o al amigo más acaudalado, aunque no sea la persona más idónea para cederle un honor tan grande, pero como diría Quevedo: “poderoso caballero es don dinero” y el que lo tiene,  aunque sea un patán, será quien ocupe siempre  los primeros lugares.

     En contraposición; Jesús  invita a actuar igual que él, porque para él lo anterior expuesto, constituye una de las estructuras fundamentales de todo el mal que existe en el mundo. Tanta discriminación, segmentación y racismo se ha practicado en el mundo entero por marginar a la gente que carece de estatus…, una invitación concomitante en el progreso del Reino de su Padre, un reino en donde tales diferencias carezcan de sentido. Recomienda a no invitar a la fiesta sólo a aquéllas personas que después puedan devolver la deferencia, convidando a otra fiesta y poder competir para ver cuál es la mejor. Entendiéndose como la mejor,  aquélla en donde abunde la comida, el licor, el sexo y la droga,  y se hagan presentes sólo las personas importantes de la  “alta suciedad”…, una sociedad desagradable, soberbia y execrable.

      Aunque resulten paradójicas las pretensiones cristianas respecto de a que personalidades hay que invitar a las festividades, se debe considerar que por  actitudes como las mencionadas anteriormente, se dista mucho de entrar al reino de Dios,  considerando que a esa sociedad, tal y como lo explica el fraile dominico Albert Nolan,  en su obra: Jesús, antes del cristianismo.  No hay ni  prestigio, ni estatus, ni división de las personas en inferiores y superiores. Todo el mundo será respetado y amado no por su educación, su riqueza, su linaje, su autoridad, su rango, su virtud u otras cualidades parecidas, sino porque al igual que cualquier otro, es una persona.
   



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