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Un pensamiento
bien atinado y pertinente para esta época de campaña proselitista que se está
llevando a cabo en Guatemala, en donde la política como ciencia y como arte ha
perdido su rigor, ha perdido su altura, ha perdido legitimidad. Y precisamente
por ello; una inmensa mayoría de ciudadanos de a pie, hemos perdido la fe y la
esperanza en aquellas personas que pretenden liderar la cosa pública los
próximos cuatro años, a excepción de los más avorazados que intentan hacerlo
por más tiempo. Nos encontramos inmersos en una campaña política, en donde
reina el pesimismo, la animadversión y la descalificación del otro como
mecanismo de defensa y, como arte de una guerra sin cuartel, en donde todos son
atacados por todos y en donde no existe otra alternativa.
Precisamente por
ello; doy pie a este análisis,
segmentando al político y al politicastro.
El primero es aquel que estudió política
en alguna universidad y que en consecuencia intentará gobernar la problemática que
nos tiene en vilo en este país de la eterna tiranía; al parecer no
abundan, y si los hay, permanecen de
incógnito, con cierto grado de timidez, al seducir la política tal vez , por primera vez…
El segundo es aquel sujeto que transcribe el diccionario como
alguien inhábil, rastrero, mal intencionado, que actúa con fines y medios
turbios. Como la mayoría de aquellas personas que desvergonzadamente pretenden
volverse a elegir, cuando en su actuar han demostrado ser más largos que la
cuaresma, que recién acaba de terminar.
Son aquellas personas que no han
actuado en el fiel de la balanza y que cuando analizamos retrospectivamente su
ser y hacer, tanto en su vida pública como privada, no cuesta mucho trabajo constatar
que muchos fracasaron rotundamente en lo que son y hacen hoy, y quizás por
ello, quieren probar suerte en los arriesgados caminos de la politiquería, a
sabiendas que, inmiscuirse en ella, es como nadar estilo mariposa en una
alberca colmada de excremento.
En menos de lo que cacaraquea una gallina clueca y dura, mientras es perseguida para ser asesinada y comida en crema con loroco en la casa de
algún candidato…, quedará embarrado hasta el tuétano de los
huesos.
Y precisamente por eso; llama poderosamente la atención, contemplar las formas para nada ortodoxas que
más de alguno de ellos, está empleando
para captar la voluntad de los incautos; ante todo cuando más de uno, no
se dignaba en dirigir por lo menos el saludo de la paz, a la hora de la misa en
las iglesias particulares católicas, mucho menos en la calle o en algún sitio
en donde casualmente se les encontrara frente a frente.
De tal suerte que hoy, cuando necesitan mendigar el favor del
votante han sacado su mejor disfraz y ofrecen su mejor sonrisa; igual que
aquellas señoritingas que se dedican al tráfico galante, enseñando el escote más
de la cuenta y ofreciendo su mejor
sonrisa en la búsqueda asidua del mejor postor…
Respecto de ese
mendigar consignado en el apartado anterior, el doctor José Guillermo Delgado
Acosta, fraile dominico y catedrático de la Universidad Rafael Landívar dice en
estas o parecidas palabras que muchos de esos politicastros; son peor que los
mendigos, piden y piden pero no dan nada a cambio, sus ofrecimientos son más
falsos que los abrazos que ellos le están dando a ancianos, niños y mujeres
desvalidas; porque una vez obtenido su cometido, rápido se olvidan de todos
ellos. Tan solo fueron utilizados como medios para sus aviesos fines…
Son malagradecidos en extremo; y por eso es fácil
diferenciarlos de los pordioseros porque al menos ellos si agradecen evocando a Dios; mientras
que el politicastro promete lo que no es suyo; “hecha la ley, hecha la trampa”, lo que es connatural en ellos.
Peor aún cuando de leguleyos se trata.
“Vergüenza del egoísta que no piensa más que en sí mismo”.
Parafraseando al filósofo alemán Bruno Bauer, el politicastro acaba de ser
descubierto…
Como corolario; viene
al recuerdo la vida de los miserables, los pobres vergonzantes y los
vagabundos; aquellas parias sociales que desde los tiempos pretéritos han
formado parte de la vida de los pueblos; y que para los fines de este artículo,
elucubraremos sobre ellos a partir de la
edad medieval, tomando en consideración que antes de esa era, eran otros los criterios que se empleaban para
describir puntualmente su marginalidad.
Trazado el camino entonces; podremos seguir avanzando, y para
comprender mejor la comparación que se pretende realizar entre ellos y los
politicastros de turno; veamos los
conceptos que se han elegido para no tropezar en la andadura de este artículo, y
para darnos cuenta que en ese triduo marginal, hay muchas características en
común.
Los miserables; durante la edad media eran considerados así, aquellas personas que habían caído en
situación de desgracia y que en tal virtud, pertenecían al lumpenproletariado;
aunque el término no se conocía como tal en esa época, pertenece a Marx
y Engels, cuando fue establecido en su
obra La Ideología Alemana -1,845- pero
útil para describir sin lugar a conjeturas la realidad temporal de aquellas
personas que vivieron durante la ignorante edad media y se quedaron sin recursos socioeconómicos como medios de
producción, trabajo digno para poder
progresar, techo mínimo y pan sobre su
mesa.
Fueron personas que
viviendo un día a la vez, en determinados contextos requerían de la caridad de
otros, y eran presa fácil para romper el orden legal establecido, las normas
éticas, morales y de costumbres entre otras, con tal de satisfacer sus más
elementales necesidades. Muchos de ellos, eran gentes que poseían algún título
académico, otros fueron militares e ilustres; pero, al estilo de muchos de los anawin
guatemaltecos, no tenían ni siquiera un
perro longano para escabechar.
Los pobres
vergonzantes o “paupers verecundos”, eran aquellos que necesitaban ayuda
alimentaria, medicinal y pocas veces dineraria. Era aquella sociedad que se
había empobrecido por diferentes circunstancias y que se avergonzaban de haber
perdido su estatus, riqueza y estilo de vida anterior. Fue el grupo más
aceptado y comprendido de la sociedad medieval. Muchos tenían profesión u
oficio, pero el mismo era mal retribuido y por eso habían caído en esa
condición desfavorable.
Los pobres de
solemnidad, eran los huérfanos, las viudas, los desposeídos, los marginados,
ancianos, enfermos, pícaros y vagabundos de toda clase, entre otros. Eran los
pobres de estratos muy bajos, que alguna vez habían gozado de un empleo pero lo
perdieron a causa de alguna enfermedad, algún vicio o por tener que mantener a
una familia bastante numerosa y; en consecuencia, terminaban en situación de
miseria.
Los mendigos eran gentes sin oficio ni beneficio, sin
trabajo ni recursos para poder hacer frente a las circunstancias que la vida
les depara.
Los vagabundos;
eran aquellos que pudiendo trabajar, preferían no hacerlo. Algo parecido a los
politicastros de este tiempo que prefieren perder su valioso tiempo, parándose en
las plazas públicas, redondeles y caminos peatonales para ofrecer “el oro y el
moro”, reír, inclusive a carcajadas
cuando la situación lo requiera, muchos de ellos tienen profesión pero
posiblemente carecen de vocación para desempeñarse en el ejercicio de la misma con
dignidad, comodidad y decoro. O simple y llanamente esa profesión ya no les da
lo suficiente para obtener el tan anhelado éxito en la tentativa de su empresa;
y por eso, prefieren perder las horas, los días, las semanas
y los meses para limosnear el favor de los votantes; para convertirse después,
una vez alcanzado el puesto que pretenden, en indigentes y mendigos públicos, dependiendo plenamente de las instituciones.
Ya en su tiempo;
Marx y Engels adjetivarían a estas clases sociales marginales como “hez,
desecho y escoria de todas las clases”, y “escoria integrada por los elementos
desclasados de todas las capas sociales”, respectivamente.
¿Habrase visto tal
cosa?, politicastros comparados con toda clase de miserables, pobres vergonzantes
y vagabundos…, ellos no lo podrán creer, salvo los ciudadanos que
inteligentemente se preparan para zarandearlos en las próximas elecciones;
mientras ellos campantes siguen haciendo
más de lo mismo y dando de qué hablar. Ellos; que no han sido capaces siquiera de inventar
nuevos clichés y siguen plasmando su estulticia en la mayoría de sus refranes. Combinando siempre lo viejo
con lo nuevo, y la verdad con la mentira, como ha sido su inveterada
costumbre.
Mientras continúen
confundiendo los fines con los medios en
su campaña proselitista atípica; creyendo y haciendo creer que se encuentran situados
en los linderos de una actividad política, moral y éticamente aceptable;
nosotros como población pensante; y consientes del devenir de la historia,
debemos salir del sopor de la complacencia y votar solo por aquellas personas que desde antes de
irrumpir en política, evidencien con su ser y hacer que son idóneos, capaces y honrados..., un
triduo de méritos contemplados en el artículo 113 de la Constitución Política
de la República de Guatemala, como condición sine qua non para ser elegibles…
Fuente bibliográfica:
Nilda Guglielmi, Marginalidad en la Edad Media, Segunda
Edición
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