sábado, 12 de octubre de 2019

Día de la hispanidad, ¡Vaya engaño! ...



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     A partir de un día como hoy, pero del año 1,492, nuestros pueblos empezaron a sufrir un sinfín de experiencias de aniquilación, aunado a robos y atracos, expolio a sus recursos naturales, trabajo, explotación y desaparición forzada, mutilaciones, secuestro de sus habitantes para ser vendidos posteriormente en España y flagrantes violaciones a las mujeres, de parte de los expedicionarios que acompañaron a Cristóbal Colón en su primer viaje y los subsiguientes. Al grado que, en pocos años, estos malhechores que vinieron del otro lado del mar, diezmaron a los pobladores, sembrando el caos y la desolación por donde pasaron.

     Intentando no caer en la tentación y en la burda pretensión de repetir lo que historiadores han escrito hasta la saciedad sobre el descubrimiento, la conquista, la colonia y la encomienda, seré breve en articular el más grande genocidio y latrocinio que se haya jamás perpetrado en contra de los pueblos originarios de América. Ellos, los conquistadores y colonizadores fueron, en virtud del pecado estructural que cometieron los mayores abortifacientes y las máquinas de guerra más letales dirigidas a la humanidad de los nativos y todas sus pertenencias.
Y para ese efecto, veamos  el prólogo que Gustavo Adolfo Zuluaga Hoyos, hace a la edición de José Miguel Martínez Torrejón, intitulada Bartolomé de las Casas Brevísima relación de la destrucción de las Indias, en donde relata un momento específico en la vida de Bartolomé Casaus, -testigo presencial y ocular de todos los desmanes cometidos por los españoles en el “nuevo mundo-  cuándo éste siendo aún niño, se da a la tarea de  contemplar el desfile triunfal que el “almirante de la mar oceána”, después visorrey, don Cristóbal Colón hizo por las calles de Sevilla, a su regreso de su primer viaje por el nuevo mundo como él mismo le llamó. Expresa que venía “cargado de papagayos, artesanías, ricos plumajes, oro y esclavos indígenas”.

     Una contemplación que, sin lugar a dudas, le despertó la conciencia y lo motivó para que años después abandonara su oficio de encomendero, se convirtiera en sacerdote y posteriormente, se adhiriera espiritual y jurídicamente a la Orden de Predicadores de Santo Domingo. Unos frailes que, bajo el priorato de Fray Pedro de Córdova, impertérritos, con arrojo y valentía,  anunciaban el evangelio y denunciaban todas las tropelías que estaban cometiendo en la Isla La Española, hoy República Dominicana y Haití, los españoles.   Una misión de los frailes dominicos no fragmentada y para nada obediente a los intereses espurios de los malhechores españoles, como la que promovieron con actitud servil, los padres jerónimos que rápido se aliaron con los corruptos, en detrimento de los indígenas, de quienes pensaban que “estaban impedidos para aprender cualquier cosa, siquiera a contar hasta diez, y que eran irracionales y próximos al estado animal”. Vaya sacerdotes enviados por el cardenal Cisneros en calidad de gobernadores provisionales al “nuevo mundo”.

     Ya en su segundo viaje y de vuelta por las mal llamadas “Indias”, el muy favorecido por los reyes católicos de España, al no encontrar las famosas minas de Cipango, pensó hacer dinero de todas formas, y a falta del preciado metal, llevó consigo lo que la ciencia administrativa hoy día llama capital humano. Es decir, seres humanos, y ordenó a la soldadesca cargarán una carabela con quinientos “indios”, que, a su arribo a tierras europeas, vendería inmediatamente después en los mercados de Sevilla.
A costa del sufrimiento, de las lágrimas, el sudor, la humillación, el trato inhumano y tenaz, y la sangre derramada a cántaros por los oriundos del lugar, morientes y sufrientes, el expolio a los recursos naturales y el secuestro de los nativos de sus tierras, los colonizadores obtuvieron lo que tanto anhelaban e hicieron su industria inclusive a costa de los aborígenes, de quienes decían no tenían alma y los ponían a un nivel ontológico, inferior al de los animales.
Con ese modo de hacer las cosas, los españoles hicieron gala del nombre de su nación, España. Que presuntamente se deriva del verbo asturiano españar, que significa explotar, reventar y desintegrar. Eso fue lo que hicieron en nuestras tierras, explotaron los recursos naturales y a su gente, reventaron toda oposición, costumbres y culturas propias del lugar y desintegraron los vínculos sociales, políticos, religiosos y familiares de esos “indios que estaban en sus tierras mansas y pacíficos”, como lo expresó ante Diego Colón, Fray Antonio Montesinos, de la comunidad de Fray Pedro de Córdova, en diciembre del año de 1,511.

     Mientras tanto, en la vieja España, en una fecha como la de hoy, los españoles sí tienen algo que celebrar, y hoy conmemoran el día de la hispanidad, también conocida como la Fiesta Nacional de España, una fiesta grande con bombos y platillos. Hacen alarde que ese día conmemoran una historia transcurrida a lo largo de un milenio, poniendo de relieve el papel que juega su país en el concierto de las naciones. Como ha sido su vocación militar desde antiguo, destacan un desfile militar en Madrid, como el evento cumbre de esa festividad, y el mismo está presidido por su rey, a quien rinden una pleitesía casi devocional con honores militares, para recordar éste y los próximos tres años, lo que conciben como “una de las grandes gestas de la humanidad: la primera circunnavegación de la tierra”.
¡Gestas! ..., ¿Que tendrá de heroico para la humanidad, evocar el mayor acto de genocidio y barbarie, perpetrado por sus ancestros en la Amerindia?
¡Nada, absolutamente nada!, Por eso, en Guatemala y toda América no debiera haber nada porque celebrar durante este día, un día que anteriormente se le llamó día de la raza, y que por considerarse un nombre no muy noble se le denominó de la hispanidad, sin embargo, muchos de los pueblos originarios lo conciben como el día de la resistencia indígena, que a 527 años de ese encuentro brutal entre dos mundos, aún siguen resistiéndose de forma generacional, a la persecución, explotación, servidumbre y a toda clase de nueva esclavitud por los mal llamados ladinos y el sistema corrupto que impera en Guatemala, las  nuevas tiranías en contra  de nuestros pueblos, como la que emprendieron los tiranos españoles que a punta de lanza y arcabuz en una mano y la Biblia en la otra,  terminaron con la vida de más de 90 millones de personas…

     Para recordar toda esa barbarie, en la Ciudad de Santo Domingo, hay un museo de arte en pleno centro histórico de la ciudad,  en su interior pende un cuadro que en apretada síntesis desvela esos acontecimientos. Lo precede un epígrafe lapidario que en estas o parecidas palabras dice así: ellos tenían la Biblia y nosotros la tierra, en poco tiempo y sin darnos cuenta ellos se quedaron con la tierra y nosotros con la Biblia.
La Biblia y más, porque haciendo honor al puerto de donde salió el mayor genocida de todos los tiempos, el almirante don Cristóbal Colón, lo que la gente en el “nuevo mundo” recibió de parte de los tiranos conquistadores y colonizadores españoles fueron "puros palos". Aunque con petulancia y extravagancia los españoles digan que todo el desmadre ocasionado en Amerindia fue una “misión civilizadora” de un Occidente intervenido por un pensamiento retrógrado, codicioso y mezquino, pero según ellos, progresista.

     En consecuencia, en Amerindia no hay nada que conmemorar y celebrar este día, por esa serie de experiencias técnicas de aniquilamiento, implementadas en contra de los pueblos originarios, y que se hizo costumbre a lo largo y ancho de las Indias, como ellos, equivocadamente le llamaron a nuestras tierras...

Fuentes bibliográficas:
José Miguel Martínez Torrejón, Bartolomé de las Casas. Brevísima relación de la destrucción de las Indias, editorial Universidad de Antioquia, 2006
Fotografía captada por el autor en Santo Domingo

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