jueves, 27 de octubre de 2022

Mi abuelo, el mexicano (2a. Parte).


Jlriveirof, OP

      Como diría el bachiller Sansón Carrasco al hidalgo caballero de La Mancha, don Quijote: “nunca segundas partes fueron buenas”, sin embargo, he cedido a la tentación a un año después del primer escrito, concretamente en el marco de la celebración del día en que festejamos a los abuelos, para hacer este segundo artículo sobre las andanzas del mexicano, muy especialmente para satisfacer los deseos juveniles de mis primos que no corrieron la suerte de conocerlo, gozarse en su presencia y amarlo como quienes gozamos de sus divertimentos.

     A tenor de lo expresado, alzo la mirada a los tiempos pretéritos y ubicándome en la compañía de una de mis tías, a quien para efectos de este post llamaré simplemente Colón, con quien crecimos casi juntos por llevarme uno o dos años de diferencia, en virtud que, en aquellos dorados tiempos el invierno era eterno, la única calefacción era un viejo pollo de leña que pasaba encendido casi todo el día, el mexicano ya estaba libre de tareas laborables y, no había televisión en la casa. En ese contexto vino al mundo la Colón...

     Como dije al principio, por el poco tiempo que me llevaba, nos divertíamos juntos y traveseábamos juntos al extremo que, no dejábamos estudiar a Gloria su hermana y, tía mía, apodada con especial afecto “la nana”, que, en compañía de sus compañeros de estudio, todas las noches se juntaban en la casa para estudiar y hacer tareas en su último año de carrera. Obviaré los nombres de sus compañeros, solo recordaré al famoso Nick de quien nos burlábamos por su cabeza calva –¡eo, eo, viejo pelón cabeza de bola de billar, ja, ja, ja! y, salíamos corriendo, mientras la nana con sus largas y afiladas uñas nos corría hasta alcanzarnos y al darnos alcance las ensartaba en nuestros costados.

Al hacer caso omiso el mexicano de sus quejas, ella tomaba la justicia por su mano.

     Casi todas las noches nos disfrazábamos de mi abuelo, nos poníamos sus enormes sacos, sus sombreros y sus botas, y con esa indumentaria nos burlábamos de nuestros vecinos: la Puc, doña Cuca, la Mich, etc. Al grado que, ante los ataques de risa que eso nos ocasionaba, mi padre nos gritaba: par de idiotas...

     Cuando nos llegó la adolescencia, la Colón cambió mi compañía por la de un “peoresnada” a quien apodábamos piocha, quizás por la nariz aguileña que lo caracterizaba. En cierta ocasión lo vimos salir con Fredy mi primo, de la única clínica dental que había en Cobán y, corrimos con el chisme diciendo: —Colón, acabamos de ver salir al piocha de donde el dentista, averiguamos y tiene todas las muelas picadas ¿cómo podes besarlo así?

El chisme en cuestión surtió sus efectos, él piocha fue mandado a volar y nunca más lo vimos por el lugar...

     Llegado el tiempo de “asentar los reales”, posterior al enamoramiento con un teniente del ejército, a la Colón la llevaron al altar “en un buque de guerra o en tren militar”, mismo al que no pudo asistir el mexicano, pues ya estaba viviendo sus últimas horas, por el cáncer al que estaba expuesto- Ella vestida de novia y él con su traje de gala de oficial del ejército de Guatemala, inmediatamente después de salir de la Iglesia Catedral de Cobán,  se hicieron presentes a la alcoba de mi abuelo para recibir su bendición y tomarse las consabidas fotografías para la posteridad.

Al salir de ahí me dice el mexicano, dado el carácter contestatario de mi tía, según él en voz baja —mijo, Dios quiera que, con el rifle del teniente se componga tu tía ja, ja, ja ..., obviamente estoy escribiendo en lenguaje figurado para no escribir lo que dijo aquella tarde/noche mi abuelo, de su hija, la más chiquita.

     Mi abuelo ya no vio el florecimiento de ese casamiento y, el teniente en cuestión no vivió y convivió con él, sin embargo, lo conoció en virtud de sus hazañas y sus anécdotas transmitidas de forma oral, especialmente lo que dijo de ellos aquella vez, comentario que le sacó muchas lágrimas acompañadas de sonoras carcajadas. -Era un cabrón tu abuelo decía...

     El tiempo pasó y en fechas recientes el teniente coronel que se ganó todo nuestro aprecio y respeto fue llamado a la presencia de nuestro buen Dios y, en virtud de nuestra fe, estoy plenamente convencido que, el mexicano salió a su encuentro para acompañarlo hasta el máximo tribunal a donde todos iremos alguna vez, y en ese tránsito sin duda le pregunto: —Rudy ¿se compuso la Telmita?, ¡ja, ja, ja, ja!

Pero mientras ese momento llega, que brille para ellos la luz perpetua y para la Colón mi compañera de muchas travesuras, Dios le conceda la ecuanimidad como síntesis de todos los valores para soportar la partida de su amado.




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