Jlriveirof, OP
Como diría el bachiller Sansón Carrasco
al hidalgo caballero de La Mancha, don Quijote: “nunca segundas partes fueron
buenas”, sin embargo, he cedido a la tentación a un año después del primer
escrito, concretamente en el marco de la celebración del día en que festejamos
a los abuelos, para hacer este segundo artículo sobre las andanzas del
mexicano, muy especialmente para satisfacer los deseos juveniles de mis primos
que no corrieron la suerte de conocerlo, gozarse en su presencia y amarlo como
quienes gozamos de sus divertimentos.
A tenor de lo expresado, alzo la mirada a
los tiempos pretéritos y ubicándome en la compañía de una de mis tías, a quien
para efectos de este post llamaré simplemente Colón, con quien crecimos casi
juntos por llevarme uno o dos años de diferencia, en virtud que, en aquellos
dorados tiempos el invierno era eterno, la única calefacción era un viejo pollo
de leña que pasaba encendido casi todo el día, el mexicano ya estaba libre de
tareas laborables y, no había televisión en la casa. En ese contexto vino al
mundo la Colón...
Como dije al principio, por el poco tiempo
que me llevaba, nos divertíamos juntos y traveseábamos juntos al extremo que,
no dejábamos estudiar a Gloria su hermana y, tía mía, apodada con especial
afecto “la nana”, que, en compañía de sus compañeros de estudio, todas las
noches se juntaban en la casa para estudiar y hacer tareas en su último año de
carrera. Obviaré los nombres de sus compañeros, solo recordaré al famoso Nick
de quien nos burlábamos por su cabeza calva –¡eo, eo, viejo pelón cabeza de
bola de billar, ja, ja, ja! y, salíamos corriendo, mientras la nana con sus
largas y afiladas uñas nos corría hasta alcanzarnos y al darnos alcance las
ensartaba en nuestros costados.
Al hacer caso omiso el
mexicano de sus quejas, ella tomaba la justicia por su mano.
Casi todas las noches nos disfrazábamos de
mi abuelo, nos poníamos sus enormes sacos, sus sombreros y sus botas, y con esa
indumentaria nos burlábamos de nuestros vecinos: la Puc, doña Cuca, la Mich,
etc. Al grado que, ante los ataques de risa que eso nos ocasionaba, mi padre
nos gritaba: par de idiotas...
Cuando nos llegó la adolescencia, la Colón
cambió mi compañía por la de un “peoresnada” a quien apodábamos piocha, quizás
por la nariz aguileña que lo caracterizaba. En cierta ocasión lo vimos salir
con Fredy mi primo, de la única clínica dental que había en Cobán y, corrimos
con el chisme diciendo: —Colón, acabamos de ver salir al piocha de donde el
dentista, averiguamos y tiene todas las muelas picadas ¿cómo podes besarlo así?
El chisme en cuestión surtió
sus efectos, él piocha fue mandado a volar y nunca más lo vimos por el lugar...
Llegado el tiempo de “asentar los reales”,
posterior al enamoramiento con un teniente del ejército, a la Colón la llevaron
al altar “en un buque de guerra o en tren militar”, mismo al que no pudo
asistir el mexicano, pues ya estaba viviendo sus últimas horas, por el cáncer
al que estaba expuesto- Ella vestida de novia y él con su traje de gala de
oficial del ejército de Guatemala, inmediatamente después de salir de la
Iglesia Catedral de Cobán, se hicieron
presentes a la alcoba de mi abuelo para recibir su bendición y tomarse las
consabidas fotografías para la posteridad.
Al salir de ahí me dice el
mexicano, dado el carácter contestatario de mi tía, según él en voz baja —mijo,
Dios quiera que, con el rifle del teniente se componga tu tía ja, ja, ja ...,
obviamente estoy escribiendo en lenguaje figurado para no escribir lo que dijo
aquella tarde/noche mi abuelo, de su hija, la más chiquita.
Mi abuelo ya no vio el florecimiento de
ese casamiento y, el teniente en cuestión no vivió y convivió con él, sin embargo,
lo conoció en virtud de sus hazañas y sus anécdotas transmitidas de forma oral,
especialmente lo que dijo de ellos aquella vez, comentario que le sacó muchas
lágrimas acompañadas de sonoras carcajadas. -Era un cabrón tu abuelo decía...
El tiempo pasó y en fechas recientes el
teniente coronel que se ganó todo nuestro aprecio y respeto fue llamado a la
presencia de nuestro buen Dios y, en virtud de nuestra fe, estoy plenamente
convencido que, el mexicano salió a su encuentro para acompañarlo hasta el
máximo tribunal a donde todos iremos alguna vez, y en ese tránsito sin duda le
pregunto: —Rudy ¿se compuso la Telmita?, ¡ja, ja, ja, ja!
Pero mientras ese momento llega,
que brille para ellos la luz perpetua y para la Colón mi compañera de muchas
travesuras, Dios le conceda la ecuanimidad como síntesis de todos los valores
para soportar la partida de su amado.


