Mientras el mesero de atrás cargado de un fuerte simbolismo anuncia la muerte de un polizonte, (en Guatemala hay una antigua tradición que dice que cada vez que una persona tiene prurito anal y se rasca, un polizonte morirá) el comensal con una sonrisa filosófica observa algo solo para sus ojos...
–no te cases con él, cuenta mi
madre que vociferaba mi abuelo, —a todo sapo le gusta brincar y a este sin duda
le ha de gustar mucho leer la Biblia y practicar aquella parte que dice “sed
fecundos y multiplicaos”, y vaya sino tuvo razón mi abuelo al decir que, a
todo sapo le gusta brincar.
Sin embargo, jocosa resultaba
la sentencia de mi abuelo, porque al no ser sapo ni brincón, ni lector de las
Escrituras, si puso en práctica el texto bíblico en cuestión y, se dio a la
tarea de “llenar la tierra”, era como un predicador que exhortaba, pero no se
convertía.
En esa diatriba cabe ejemplificar la perseverancia
de quien sería después mi padre, porque desde que conoció a quien se
convertiría en mi madre, caminando alegre y coqueta por las viejas y
polvorientas callejuelas de Tucurú, en las postrimerías de los años 50, cuando
mi abuelo Moge fungía como alcalde municipal de esa población, ya no la dejó en
paz.
Era obvio que no gozaba de la
simpatía de mi abuelo, por eso lo echaba fuera cada vez que lo veía en su casa
de Cobán.
Sin embargo, si lo sacaban por
la puerta principal, él se metía por la de atrás, si le cerraban ambas, se
metía por las ventanas, pero nunca lo desesperó al grado que, lo hiciera
renunciar a la tentativa de su faena. Sin duda practicó el más famoso y corto
discurso de Sir Winston Churchill en el contexto de la gran guerra: “nunca,
nunca, nunca abandonen”; y así lo hizo el, nunca abandonó el deseo de
desposar a su amada.
Claro está que mi abuelo tendió su
urdimbre alrededor de mi padre para desesperarlo; y escrito está, que en una tarde veraniega de un día y mes
cualquiera, en algún antro de los que pululaban en la población en mención, se
encontraba el Guish en compañía de un tal Maco, estaban libando de los néctares
de la caña, la cebada, el anís y la penca
del maguey, cuando unos “chapomaques” (caporales) armados con garrotes y
chicotes, fueron enviados por el Señor Alcalde a aprehender a “estos granujas”
por perturbar la paz, la moral y las buenas costumbres en el noble pueblo dé
Tucurú ¡vaya timo!
Sin embargo, al no tener
ningún motivo por retener al plebeyo que osaba quitarle a su hija, menos a su
acompañante, los dejó en libertad al día siguiente, no sin antes hacerlos
llevar a su despacho en donde recibieron una “fuerte reprimenda” –parecen
aquellos kalebales (montañeros) que bajan al pueblo en día de mercado,
relajeros, bojeros (bebedores del extracto de caña). -Cuando tengan ganas de
chupar tómense un vaso de heces fecales caliente y colada, así se les quita el
deseo. ¡Caca colada y caliente! ¿Porque colada y caliente? Ve tu a saber...
Contra todo pronóstico, el Guish le ganó
la partida a mi abuelo y, un buen 24 de
diciembre de 1959, se casó con la Rosy en la Iglesia Catedral de Santo Domingo
de Guzmán con la bendición sacerdotal de un padre apellidado Pinto quien presidió
la Sagrada Eucaristía, con la única presencia de sus padrinos de bodas; el
profesor Don Juan José Guerrero y doña Margarita Pérez de Guerrero (QEPD), como
testigo estaba el finado Enrique Ramírez Fernández, primo hermano de mi madre y
compañero de estudios de mi padre y su muy querido e incondicional hermano Moge
(QEPD), con quien creció y estuvieron
juntos en las buenas y en las malas.
En el ínterin mi abuelo se
revolcaba en su recámara mientras escupía sapos, diablos y culebras y ve tu a
saber que más cosas.
Como a golpe dado no hay quite, a mi
abuelo no le quedó más remedio que aceptar en la familia a aquel que el
adjetivó como sapo y brincón, hicieron muy buena familiaridad, al extremo que,
aquellas recomendaciones dadas años atrás en el ayuntamiento de Tucurú quedaron
en desuso, ni colada ni caliente pero tomaban del fermento de la caña, del
anís, la cebada y el maguey, aunque al día siguiente la fetidez del aliento les
saliera a “caca colada” según el léxico de mi abuelo.
Al paso del tiempo cuando ya
las bebidas espirituosas se le había subido a la cabeza, mi abuelo le decía
–mire Guish, cuando quiera derribar a un contrincante, agárrelo del cuello y le
da un gancho al hígado. Obviamente entre trago y trago, mi padre recibía varios
ganchos al hígado. Era la forma creo, que mi abuelo reclamaba a su hija.
Llegado el tiempo de su
partida de esta vida, mi abuelo espero hasta el regreso de mi padre que se
encontraba en la Ciudad de Guatemala y, hasta que éste estaba presente, expiró
su último hálito de vida.
Estoy seguro que cuando le
llegue su momento a mi viejo, mi abuelo vendrá a su encuentro y entre risa y
sonrisa, gancho al hígado tras gancho al hígado lo acompañará a la eternidad;
pero todavía no abue, al Guish todavía le quedan energías para seguir
sojuzgando la tierra...
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