martes, 6 de diciembre de 2022

El Guish


    

     Mientras el mesero de atrás cargado de un fuerte simbolismo anuncia la muerte de un polizonte, (en Guatemala hay una antigua tradición que dice que cada vez que una persona tiene prurito anal y se rasca, un polizonte morirá) el comensal con una sonrisa filosófica observa algo solo para sus ojos...

–no te cases con él, cuenta mi madre que vociferaba mi abuelo, —a todo sapo le gusta brincar y a este sin duda le ha de gustar mucho leer la Biblia y practicar aquella parte que dice “sed fecundos y multiplicaos”, y vaya sino tuvo razón mi abuelo al decir que, a todo sapo le gusta brincar.

Sin embargo, jocosa resultaba la sentencia de mi abuelo, porque al no ser sapo ni brincón, ni lector de las Escrituras, si puso en práctica el texto bíblico en cuestión y, se dio a la tarea de “llenar la tierra”, era como un predicador que exhortaba, pero no se convertía.

     En esa diatriba cabe ejemplificar la perseverancia de quien sería después mi padre, porque desde que conoció a quien se convertiría en mi madre, caminando alegre y coqueta por las viejas y polvorientas callejuelas de Tucurú, en las postrimerías de los años 50, cuando mi abuelo Moge fungía como alcalde municipal de esa población, ya no la dejó en paz.

Era obvio que no gozaba de la simpatía de mi abuelo, por eso lo echaba fuera cada vez que lo veía en su casa de Cobán.

Sin embargo, si lo sacaban por la puerta principal, él se metía por la de atrás, si le cerraban ambas, se metía por las ventanas, pero nunca lo desesperó al grado que, lo hiciera renunciar a la tentativa de su faena. Sin duda practicó el más famoso y corto discurso de Sir Winston Churchill en el contexto de la gran guerra: “nunca, nunca, nunca abandonen”; y así lo hizo el, nunca abandonó el deseo de desposar a su amada.

     Claro está que mi abuelo tendió su urdimbre alrededor de mi padre para desesperarlo; y escrito está,  que en una tarde veraniega de un día y mes cualquiera, en algún antro de los que pululaban en la población en mención, se encontraba el Guish en compañía de un tal Maco, estaban libando de los néctares de la caña, la cebada, el anís y la penca  del maguey, cuando unos “chapomaques” (caporales) armados con garrotes y chicotes, fueron enviados por el Señor Alcalde a aprehender a “estos granujas” por perturbar la paz, la moral y las buenas costumbres en el noble pueblo dé Tucurú ¡vaya timo!

Sin embargo, al no tener ningún motivo por retener al plebeyo que osaba quitarle a su hija, menos a su acompañante, los dejó en libertad al día siguiente, no sin antes hacerlos llevar a su despacho en donde recibieron una “fuerte reprimenda” –parecen aquellos kalebales (montañeros) que bajan al pueblo en día de mercado, relajeros, bojeros (bebedores del extracto de caña). -Cuando tengan ganas de chupar tómense un vaso de heces fecales caliente y colada, así se les quita el deseo. ¡Caca colada y caliente! ¿Porque colada y caliente? Ve tu a saber...

     Contra todo pronóstico, el Guish le ganó la partida  a mi abuelo y, un buen 24 de diciembre de 1959, se casó con la Rosy en la Iglesia Catedral de Santo Domingo de Guzmán con la bendición sacerdotal de un padre apellidado Pinto quien presidió la Sagrada Eucaristía, con la única presencia de sus padrinos de bodas; el profesor Don Juan José Guerrero y doña Margarita Pérez de Guerrero (QEPD), como testigo estaba el finado Enrique Ramírez Fernández, primo hermano de mi madre y compañero de estudios de mi padre y su muy querido e incondicional hermano Moge (QEPD), con quien creció y estuvieron  juntos en las buenas y en las malas.

En el ínterin mi abuelo se revolcaba en su recámara mientras escupía sapos, diablos y culebras y ve tu a saber que más cosas.

     Como a golpe dado no hay quite, a mi abuelo no le quedó más remedio que aceptar en la familia a aquel que el adjetivó como sapo y brincón, hicieron muy buena familiaridad, al extremo que, aquellas recomendaciones dadas años atrás en el ayuntamiento de Tucurú quedaron en desuso, ni colada ni caliente pero tomaban del fermento de la caña, del anís, la cebada y el maguey, aunque al día siguiente la fetidez del aliento les saliera a “caca colada” según el léxico de mi abuelo.

Al paso del tiempo cuando ya las bebidas espirituosas se le había subido a la cabeza, mi abuelo le decía –mire Guish, cuando quiera derribar a un contrincante, agárrelo del cuello y le da un gancho al hígado. Obviamente entre trago y trago, mi padre recibía varios ganchos al hígado. Era la forma creo, que mi abuelo reclamaba a su hija.

Llegado el tiempo de su partida de esta vida, mi abuelo espero hasta el regreso de mi padre que se encontraba en la Ciudad de Guatemala y, hasta que éste estaba presente, expiró su último hálito de vida.

Estoy seguro que cuando le llegue su momento a mi viejo, mi abuelo vendrá a su encuentro y entre risa y sonrisa, gancho al hígado tras gancho al hígado lo acompañará a la eternidad; pero todavía no abue, al Guish todavía le quedan energías para seguir sojuzgando la tierra...

Jlriveirof. OP