Al fondo se ve la casa del extinto
Juan Coy, toda una personalidad en su época de quien guardo muy buenos recuerdos en virtud que, a pesar que era un hombre rudimentario, todos los jueves entrada la tarde pasaba a la casa de mis padres a traerme, para después pasar a la casa de mis abuelos maternos por mi primo Fredy Fernández y nos llevaba al Cine de la Cruz Roja a ver películas del Santo, Juan sin miedo, Drácula o la llorona, jueves tras jueves, vez tras vez. Su casa está aun sobre la calle que conduce al cementerio general de la localidad antes mencionada.
Mi infancia, casi toda transcurrió en la
casa de mis abuelos maternos, y al ser uno de los primeros nietos varones, mi
relación con mis tíos y sus amigos fue cariñosa, comprometida y respetuosa. La
armonía que jalonaba la simpatía y empatía iba mucho más allá de la
familiaridad por simple accidentalidad biológica, es una relación que dura
incólume hasta el día de hoy.
La fotografía en cuestión, me enlaza con
dos acontecimientos de triste recordación y de manifiesto agradecimiento. El
primero tiene que ver con mi tío Lolo, el famoso gallegas como cariñosamente le
decimos. Resulta que, durante sus años mozos él era físico constructivista, igual
que Godo y Mario, tenía un juego de pesas y poleas hechizas de engranajes y
tambores de llanta de carro, rellenas con cemento y, su gimnasio casero lo
tenía en uno de los corredores de la casa. Una tarde invernal que en aquellos tiempos era fría y lluviosa, yo me le uní al
entrenamiento, con un tubo sin discos hacía lo que él hacía y en mi
atrevimiento quise levantar una mancuerna dentada de engranaje, la logré
levantar arriba de la cabeza pero no la aguanté y la solté estrellándose sobre
mi dura cabeza, llevándome a la emergencia del hospital nacional que quedaba
apenas a cuadra y media de distancia para detener la sangre, el recuerdo lo tengo tatuado en la cabeza al
haberme tenido que poner media docena de puntos.
La segunda experiencia fue más fuerte. En
la parte de atrás de la casona había una pila hechiza al estilo de la vieja
usanza. Grande y profunda, en ella tenía mi abuelo una tortuga que engordaba
para alguna ocasión, al ser descuidado por mi madre que se encontraba en medio
de singular tertulia, yo me escapé de sus enaguas y me fui a la pila, me
incliné para ver de cerca la tortuga, me resbalé y le fui hacer compañía al
fondo de la pila.
La afanadora de la casa que
por casualidad llegó al lugar, se dio cuenta y corriendo fue avisar. Godo, como
le llamamos al primero de la fotografía enseñando la musculatura, según supe
años después, me sacó inconsciente de la pila, me puso en el suelo boca arriba,
sacó el agua de mi interior y me dio respiración artificial, hasta que, volví a
la vida...
Hace
algunos años, Godo, de oficio mecánico, reparó en mi casa de habitación, el
motor de una camioneta Chevrolet que tenía y, en uno de sus descansos
platicamos de esa fatalidad, cuando me contó del asunto se sobresaltó y su
expresión y narración era dolorida, como si él hubiese sido la víctima, me
miraba a los ojos y los mismos se le empañaron de lágrimas. —Perdón Guichito
—me dijo— creo que me entró basura en el ojo...
De Mario, aún conservo unas orquídeas que
me vendió hace mucho tiempo y unos helechos conocidos como cuernos de alce que
me regaló, se multiplicaron y hoy adornan el tronco de varias palmeras que, calladas
reposan en mi jardín.
Del gallegas, hablar de él sería redundar y
no soy amigo de la tautología, hace un poco más de un año escribí un ensayo
sobre él, describiéndolo tal cual es. A los tres, hago patente mi cariño,
solidaridad y respeto...
Jlriveirof, OP


