jueves, 15 de diciembre de 2022

Los fisiquines

 

   

     Las personas que aparecen en la vieja y descolorida fotografía que precede a este pequeño escrito, son: Godofredo Franco, Mario Maldonado, Haroldo Fernández Ligorría y quien suscribe. Es un recuerdo de hace más de cincuentipocos años. El área verde donde estábamos es hoy día, Residenciales Imperial, en la Ciudad de Cobán, Alta Verapaz, Guatemala, Centroamérica. 

Al fondo se ve la casa del extinto Juan Coy, toda una personalidad en su época de quien guardo muy buenos recuerdos en virtud que, a pesar que era un hombre rudimentario, todos los jueves entrada la tarde pasaba a la casa de mis padres a traerme, para después pasar a la casa de mis abuelos maternos por mi primo Fredy Fernández y nos llevaba al Cine de la Cruz Roja a ver películas del Santo, Juan sin miedo, Drácula o la llorona, jueves tras jueves, vez tras vez. Su casa está aun sobre la calle que conduce al cementerio general de la localidad antes mencionada.

     Mi infancia, casi toda transcurrió en la casa de mis abuelos maternos, y al ser uno de los primeros nietos varones, mi relación con mis tíos y sus amigos fue cariñosa, comprometida y respetuosa. La armonía que jalonaba la simpatía y empatía iba mucho más allá de la familiaridad por simple accidentalidad biológica, es una relación que dura incólume hasta el día de hoy.

     La fotografía en cuestión, me enlaza con dos acontecimientos de triste recordación y de manifiesto agradecimiento. El primero tiene que ver con mi tío Lolo, el famoso gallegas como cariñosamente le decimos. Resulta que, durante sus años mozos él era físico constructivista, igual que Godo y Mario, tenía un juego de pesas y poleas hechizas de engranajes y tambores de llanta de carro, rellenas con cemento y, su gimnasio casero lo tenía en uno de los corredores de la casa. Una tarde invernal que en aquellos  tiempos era fría y lluviosa, yo me le uní al entrenamiento, con un tubo sin discos hacía lo que él hacía y en mi atrevimiento quise levantar una mancuerna dentada de engranaje, la logré levantar arriba de la cabeza pero no la aguanté y la solté estrellándose sobre mi dura cabeza, llevándome a la emergencia del hospital nacional que quedaba apenas a cuadra y media de distancia para detener la sangre,  el recuerdo lo tengo tatuado en la cabeza al haberme tenido que poner media docena de puntos.

     La segunda experiencia fue más fuerte. En la parte de atrás de la casona había una pila hechiza al estilo de la vieja usanza. Grande y profunda, en ella tenía mi abuelo una tortuga que engordaba para alguna ocasión, al ser descuidado por mi madre que se encontraba en medio de singular tertulia, yo me escapé de sus enaguas y me fui a la pila, me incliné para ver de cerca la tortuga, me resbalé y le fui hacer compañía al fondo de la pila.

La afanadora de la casa que por casualidad llegó al lugar, se dio cuenta y corriendo fue avisar. Godo, como le llamamos al primero de la fotografía enseñando la musculatura, según supe años después, me sacó inconsciente de la pila, me puso en el suelo boca arriba, sacó el agua de mi interior y me dio respiración artificial, hasta que, volví a la vida...

     Hace algunos años, Godo, de oficio mecánico, reparó en mi casa de habitación, el motor de una camioneta Chevrolet que tenía y, en uno de sus descansos platicamos de esa fatalidad, cuando me contó del asunto se sobresaltó y su expresión y narración era dolorida, como si él hubiese sido la víctima, me miraba a los ojos y los mismos se le empañaron de lágrimas. —Perdón Guichito —me dijo— creo que me entró basura en el ojo...

     De Mario, aún conservo unas orquídeas que me vendió hace mucho tiempo y unos helechos conocidos como cuernos de alce que me regaló, se multiplicaron y hoy adornan el tronco de varias palmeras que, calladas reposan en mi jardín.

     Del gallegas, hablar de él sería redundar y no soy amigo de la tautología, hace un poco más de un año escribí un ensayo sobre él, describiéndolo tal cual es. A los tres, hago patente mi cariño, solidaridad y respeto...

Jlriveirof, OP

Una catarsis caribeña

       

     Mi alma aventurera sorteaba el sargazo verde negruzco y las olas bravías del mar Caribe en la Ciudad de Cancún. Era el filo del atardecer de un día veraniego cualquiera del mes de mayo del año en curso, cuando de repente contemple a una mujer de mediana edad oteando el mar en dirección a donde yo me encontraba. Estaba parada frente a donde había dejado mis cosas: sombrero, gafas de sol, celular, toalla y sandalias. Vestía calzoneta y una salida de baño, cubría su cara un sombrero de ala ancha de paja. Sentí como si me llamase con la mirada, pues no la quitaba de encima de mí. Atendiendo ese llamado que sentí hacía con su mirada, asentí, salí y me dirigí en dirección a donde estaban ella y mis pertenencias. La salude amablemente y me respondió con mucha cordialidad, nos presentamos y resultó ser una compañera de viaje, que trabaja como asesora de seguros en GyT, en una población de la región central de Guatemala.

Rápido entablamos una conexión entre esa relación personal y la conversación, una conversación que inició ella y a la que ella le puso punto final.

     Su voz entrecortada, lastimada y queda, sus ojos nublados no por la brisa del mar, sino por lágrimas que habían brotado antes de ese encuentro, sus emociones eran notables a flor de piel. —Sabe una cosa —me dijo— cuando vi como las olas lo hamaqueaban de aquí para allá y acullá, me recordé de mi hijo. —El mar es su tumba. Cuando chico en compañía de mi esposo y demás hijos fuimos a pasear a Santa María del Mar, en el Pacífico guatemalteco y en cuestión de segundos en un descuido de ambos, el mar se llevó a dos niños y al mío nunca me lo devolvió.  Por eso estoy aquí, rezando y llorando, porque sé que está es su tumba.

En la medida que hablaba sin ninguna interrupción de mi parte, percibí como la serenidad, la fortaleza y la resiliencia se hacían una con ella.

Un aire gélido recorrió mi cuerpo de cabo a rabo al escuchar tal catarsis de la compañera que vomitaba sobre mi sus más tristes sentimientos, pensamientos y congojas.

     Cuánta razón tuvo Publio Siro al decir que, "La conversación es la imagen del espíritu. Según es el hombre, así será su charla".

Ella estaba ahí, discurriendo esas tristes emociones y yo, taciturno, escuchándola.

Desde un comienzo comprendí que, ella lo único que quería era ser escuchada y que mejor que por aquel que provocó ese triste recuerdo que sangraba sus heridas, ya viejas pero cubiertas por una cicatriz que, cada vez que se las toca, sangran, sangran, sangran y no dejan de sangrar...

Jlriveirof, OP

domingo, 11 de diciembre de 2022

"Gaudete in Domino semper"

 

     La fotografía que precede a este artículo, presuntamente fue captada el primer día del mes de diciembre del año que corre, la encontré en la súper carretera de la web, sin rúbrica, por lo que, le cedo el crédito a quien corresponda.

Quien la captó ha de haber quedado impresionado, embelesado y signado ante la maravilla que la naturaleza le puso por delante.  Alegre, feliz, como una perdiz que ha escapado de la mira del cazador depredador, al observar y captar con su cámara el resplandor de un nuevo día que, esplendoroso posa sobre el Valle de la Virgen.

Así nació el primer día del mes más bello del año que, lentamente fenece, asfixiado entre luces artificiales multicolores, fuegos pirotécnicos,  el mercantilismo voraz y rapaz que, en virtud de la mercadotecnia y publicidad hace que, todo mundo gaste inclusive lo que no tiene, para quedar bien con los demás: comilonas, borracheras, discotecas, convivios, accidentes de tránsito por exceso de bebidas embriagantes, narcóticos y cuanta cosa hay en el mundo para escapar de una realidad actual que, se torna agobiante ante los problemas sociales, políticos y económicos que embargan a los guatemaltecos desde siempre.

     Sin embargo, éste tercer domingo de Adviento que la Iglesia celebra desde fechas pretéritas tan antiguas, se le conoce como domingo "Gaudete," por ser la primera palabra de la frase de la antífona de entrada   con que, intitulé este post: "Gaudete in Domino semper;" que en latín quiere decir: Estén siempre alegres en el Señor.

     Estar siempre alegres en el Señor, es la invitación concreta de esta celebración que nos anima a no doblegarnos ante los pesares de la vida, a ser estoicos, cuya filosofía nos permite aceptar las cosas que no está en nuestros designios cambiarlas, de buena gana, en aras de, alcanzar la ataraxia, es decir la tranquilidad de espíritu. En subir todas nuestras acciones a la esfera ética para obtener con ello, la paz interior, a recordar el pasado con agradecimiento como dice el extinto Papa Juan Pablo II, en su encíclica Al comienzo del nuevo milenio, a vivir el presente con pasión y abrirnos paso al futuro con esperanza. Asimismo; a ser imperturbables como sugiere Epícteto ante los logros y las pérdidas, pues según el filósofo, ambos acontecimientos son parte del escenario de nuestras propias vidas, a ser razonables y a discriminar la irracionalidad, controlar nuestras pasiones y, en palabras de la filósofa Victoria Camps, a gobernar nuestras emociones.

     La alegría entonces es, condición sine qua non para esta época de adviento que la Iglesia no se cansa en recordar, celebrar y conjurar, haciéndola extensiva a todos los meses del año, con sus semanas, días, horas, minutos y segundos, in saecula saeculorum.

Infaustamente, esa alegría que debiera renacer cada día, tiene muchos enemigos y, a veces, o casi siempre, somos nosotros mismos quienes le damos el tiro de gracia y, en vez de cubrir de flores el desierto de nuestras propias vidas, parafraseando al profeta Isaías, lo cubrimos de cardos y espinas, haciendo arduo y fatigoso el caminar, rumbo al altar de aquel que viene en persona para nuestro sumo bien.

Jlriveirof, OP