El mercader de seguros
Capítulo II
A propósito del seguro de
responsabilidad civil obligatorio
Jlriveirof
A finales de los años 80, principios de
los 90, el escribiente aseguró la vida de cada uno de los miembros de una
familia cobanera.
Al expedir la compañía
aseguradora las pólizas de seguro de vida, visité nuevamente al padre de
familia y sostén de la misma para explicar y entregar cada uno de esos
documentos.
Al final, previo a despedirme,
le ofrecí asegurar su vehículo contra todo riesgo. Era un hermoso pick up Ford
F150 XLT Lariat de modelo reciente en ese tiempo, que se encontraba en su garaje.
Le expliqué a detalle todo lo
que la póliza le cubría, y al final me preguntó cuánto tenía que invertir para
ese seguro. —no me joda, respondió. Con ese dinero compró un par de chivos para
engorde y en año y medio los vendo y le gano el 60% a mi dinero. Insistí con
asegurarlo ofreciéndole el mismo seguro excluyendo la cobertura que cubría
contra robo, atraco, vuelcos y colisiones y dejarle solo el beneficio de
responsabilidad civil o daños a terceras personas y sus bienes materiales, lo
que reducía ostensiblemente el pago, sin embargo, también lo refutó, aduciendo
que, con ese dinero podría comprar un becerro de media ceba.
Pues bien, el tiempo pasó y un día llegó a
buscarme afligido, para contarme su historia. —Fíjese, me dice, —iba yo para el
puerto (no me dijo que puerto), y la recta de Tactic la agarré muy rápido, iba
entretenido cambiando estaciones en la radio, cuando de la calle que lleva al mercado de la villa, cerca de
Chamché, una mujer salió corriendo queriendo atravesar la cinta asfáltica y la
atropellé, no murió en el momento, sino una semana después en un hospital
privado que me está sacando un ojo de la cara. —Estoy libre bajo fianza, con
arresto domiciliario y los abogados que me están auxiliando, me están saliendo
más caros que el hospital. Como si lo anterior fuera poco, los hijos de la
señora pretenden un resarcimiento por su muerte, so pena de entablar demanda si
no les pago. —¿Qué hago?, ¡malaya aquel día! mejor le hubiera tomado el seguro,
aunque sea el más barato, ese para terceros…
Lo anterior expuesto, es sin temor a
equivocarme, una clara expresión del desconocimiento y la desconfianza que
muchas personas tienen en materia previsional. En Guatemala es grande la falta
de cultura en esa materia. Fue eso lo que permitió que muchas personas
pudientes económicamente hablando, se opusieran a un seguro obligatorio de
responsabilidad civil.
Si el protagonista de la historia hubiera
tomado ese seguro en aquel tiempo; la aseguradora que yo representaba, hubiera
cubierto todos los daños físicos ocasionados a la atropellada, los gastos
médicos en el nosocomio, incluso su muerte. Se hubiera evitado todos los pagos
realizados a sus abogados, porque el seguro tiene una cobertura de asesoría
legal, otorgándole un abogado para brindarle toda la asistencia requerida para
defenderlo ante el juzgado correspondiente…, según me dijo, gastó más de
Q.50,000.00, un dineral en aquel tiempo considerando que el poder adquisitivo
de la moneda era grande.
Con ese dinero, según sus
propias palabras, hubiera fincado un terreno con becerros, tomando en cuenta
que, ese era el giro de su negocio…
Pero además de los beneficios citados en
párrafos anteriores, cabe resaltar que el seguro de responsabilidad civil,
también impide que las víctimas queden desprotegidas, independientemente si el
hechor, tiene o no recursos económicos para hacerle frente a la situación.
Hoy día, es preferible pagar
la prima de un seguro que hipotecar el futuro si no se cuenta con esa
herramienta clave para resarcir pérdidas, tanto humanas como materiales. Una
herramienta que nos da seguridad y paz mental al saber que a la hora de una
contingencia tenemos un respaldo, que también reduce los gastos a los hospitales
públicos, que, al día de hoy, han erogado millones de quetzales para atender a
las víctimas de accidentes viales, llevándose el primer lugar, quienes se
conducen y se accidentan en una motocicleta.
Ocioso me parecería de mi parte si
quisiera aquí extenderme para comentar los hechos que tuvieron lugar, ante la
reacción de muchas personas que se opusieron al establecimiento de ese
beneficio.
Aunque no comparta las
divergencias, respeto cada punto de vista. A mi juicio asiste la razón primero,
por eso mi reflexión es técnica, no política.
Permítaseme, empero, a guisa de colofón,
dejarlos con la siguiente máxima de Aristóteles: “Solo una mente educada puede
entender un pensamiento diferente al suyo sin necesidad de aceptarlo.”
No hay comentarios:
Publicar un comentario