La Julia
Jlriveirof, OP
Con el nombre de Julia, bautizó mi abuelo
materno Hermógenes Fernández de la Cruz, el revólver Smith & Wesson,
calibre 38 que en esa vieja fotografía portaba en la cintura. Especialmente en
los tiempos aquellos de la década de los años 50 y 60 del siglo pasado, cuanto
fungió como administrador de la finca Pancus, después de haber sido expropiada
a los alemanes por el gobierno de turno por conflictos políticos y sociales,
así como de alcalde municipal de San
Miguel Tucurú, a finales de los años 50, principios de los 60, y como propietario
de una parcela camino de Salacuim, cuando la única vereda que llevaba a la
misma era un camino de herradura, dentro de la densa montaña, poblada de fauna y flora abundante, antes
que, los depredadores hicieran de las suyas.
Mi querido y recordado abuelo Moge, “el
mexicano”, en esos tres escenarios de su vida particular, practicó más que las
tareas inherentes a sus cargos, también la hacía de “ombudsman”, defendiendo
los derechos civiles de los mozos de la finca, aunque a veces el mismo los violentará:
a veces, contaba, tenía que mandar a dormir a más de un bolo relajero y bojero
(bebedor de una bebida espirituosa fabricada de maíz fermentado), dándole un
“tomxicaso”, así le llamaba él, al golpe que les daba con la palma de la mano
abierta en la “xic”, (oreja en idioma autóctono), mandándolos a descansar hasta
el día siguiente…, también contaba que muchas veces la tuvo que hacer de
loquero, cuando alguna vecina enardecida lo iba a llamar para que controlara a
su marido. Varias veces fue a “adormecerlo”, hasta que se hastió diciendo:
—esta vieja ya me agarró de su loquero.
No tuvo educación formal, pues su padre,
un rico mercader y coronel de infantería, Ventura Fernández, oriundo de la
hermana Ciudad de Salamá, se dedicó a hacer hijos, registrando a más de 75 en
los diferentes cabildos de los pueblos en donde pernoctaba acompañado y, a la
hora de otorgar estudio él no estaba dentro de los elegidos.
Sin embargo, mi abuelo se
formó en la escuela de la vida, y su pensamiento se abrió paso interpretando el
mundo y todo cuanto en él acontecía, cuando esa interpretación del mundo ya no
era monopolio de unos cuantos intelectuales, especialmente los que vestían de
sotana. —Cuando entrés a la iglesia, quítate el sombrero, no la cabeza. Crecí
creyendo que era un pensamiento de él, con el tiempo descubrí que era de
Chesterton.
Careció de la avidez y la mezquindad
de sus homólogos que se enriquecieron en sus cargos, como entró así salió, solo
con la Julia y su montura que iban a donde él iba.
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