“Me estoy humanizando; es una de las consecuencias del sufrimiento.”
Ernesto Sábato
En mi cantón de antaño había un dicho
popular que le cantaban a uno de forma burlesca cuando de pequeños nos llevaban
donde un mal peluquero, y éste hacía un pésimo trabajo, dejando gradas en el
corte de cabello y disparejo: “te dormiste en el caballito.”
Tal frase, surge sin duda, de
la existencia de caballitos de madera que había en algunas peluquerías para
sentar a los niños y motivarlos a que se dejaran cortar el cabello.
En cierta ocasión, a mi nieto Tristan le
cortaron el pelo al ras, por algún problema capilar que tuvo y, cuando lo vi le
hice bullying, diciéndole —“te
dormiste en el caballito,” una frase que nunca olvidó porque cada vez que
me ve me la canta, y es que; como consecuencia de un proceso de quimioterapia
al que estoy siendo sometido, el 24 de diciembre del año pasado se me empezó a
caer el pelo y el 25 ya tenía la cabeza como bola de billar.
Como en el hogar intentamos conseguir un
punto bien conectado de cohesión familiar, todas las tradiciones las celebramos
con quienes están cerca y, entre ese 25 al 31 de diciembre, Tristan me vio
pelón y con sonora carcajada me dijo — ja, ja, ja, “te dormiste en el
caballito,” ja, ja, ja, ja …, repetía lo que yo le dije cuando lo vi sin
pelo…
El día de ayer, día en que, en Guatemala
celebramos a los abuelos, yo regresé de viaje como al filo del mediodía, y Tristan
tenía actividad en su escuela de taekwondo, en donde lo promocionaron a cinta
blanca con grado amarillo, junto a mi nieta Nicole, por lo tanto, no fue
posible vernos ese día. Lo hicimos hoy y su habitual saludo al verme fue —“te
dormiste en el caballito.”
Tertuliando y refaccionando estábamos
cuando nos sorprendió a todos con una travesura cometida dada su inocencia y
empatía, a pesar de su corta edad. Rapó completamente una muñeca propiedad de Nicole,
su hermana, me llevo el pelo que cortó
y dijo seriamente —papa Luis, te traigo este pelo para que lo pegues en tu
cabeza…, en su momento no le hice mucho caso, sin embargo, en cuestión de
segundos recapacité para no herir sus sentimientos y en su presencia me
sobrepuse el pelo de muñeca sobre la calva…, —ahí te lo pegas, insistió.
Ya de regreso a casa pensé, si todos
tuviéramos la inocencia de un niño y practicáramos el valor de la empatía, sin
duda, construiríamos un tejido social más fuerte, más humano y más fraterno. Un
par de horas después, me puse a escribir estas letras, el desborde de emociones
me embarga y asombran..., sin duda, “me estoy humanizando.”

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