“¿Qué factor
causará más daño en el país, la violencia de los violentos o la indiferencia de
los indiferentes”?
Por Jlriveirof, OP
Hace algunos días, a finales del
Año Santo Extraordinario, promulgado por el Papa Francisco para conmemorar el
quincuagésimo aniversario de la clausura del Concilio Ecuménico Vaticano II; fui
testigo presencial de dos circunstancias que sucedieron en el mes de diciembre
recién pasado y que me llamaron vigorosamente la atención. Dos escenarios
desfavorables que sin duda alguna he visto muchas veces, pero de soslayo en
virtud que no había reparado en ellas de forma reflexiva.
En esa dirección,
estoy intentando repensar, contemplar, replantear y escribir orgánico a una fe
liberadora, a la luz de una teología latinoamericana, con opción preferencial hacia los más pobres
y desposeídos que en el continente son multitud…
El primer hecho ocurrió en horas de la mañana de un día
cualquiera, frente a la puerta principal
derecha de la Iglesia Catedral de Cobán. La “loquita”, como se le conoce a una
mujer joven que vagabundea por el centro
de Cobán, aún no había desmantelado su morada y dormía plácidamente al ojo de
los “cristianos” que al estilo del sacerdote y el levita de la anécdota del
buen samaritano –Lc 10, 25,37- la
rodeamos y pasamos a su par sin prestarle atención, para
poder entrar por “la puerta de la
misericordia” y asistir al servicio
religioso, compungidos y puntuales…
El
Segundo se concretó durante la noche fría del 24 de diciembre, cuando sin duda
alguna los mismos cristianos llegamos al templo a rememorar el nacimiento del
Niño Dios que “vino, viene y vendrá”. Tres
indigentes pernoctaban a pierna suelta en la intemperie del antiguo convento de
Santo Domingo cuando el estado del tiempo marcaba una temperatura de 16 grados centígrados.
Una problemática recurrente todas las noches en ese hotel de cinco estrellas
que para muchos es el convento o los corredores del palacio de gobernación;
ambos en la Ciudad de Cobán, Alta Verapaz.
Cristianos de todos los pelambres sin duda, hemos sido testigos mudos de estos huéspedes sin inmutarnos un ápice.
Lo
anterior descrito, me interpela y me cuestiona:
¿Qué
factor causará más daño en el país, “la
violencia de los violentos o la indiferencia de los indiferentes”? –José
María Castillo, La ética de Cristo-
Tal pregunta es dirigida a todas las
personas que se autonombran cristianas, independiente de cual sea su
denominación religiosa, en virtud que la ética de Cristo no estaba dirigida a
un grupúsculo en particular… El no hizo acepción de personas.
Pues bien, aquellos que nos hacemos llamar cristianos, nos es dable
recordar que esa denominación nos viene de Cristo, del hebreo Mesías que
significa el ungido y, por lo tanto el verdadero cristiano es alguien que esta
ungido por Cristo, “que paso por el
mundo haciendo el bien” –Hechos 10,38-
Aquel que tuvo una vocación
privilegiada por los huérfanos, las viudas, los desposeídos, enfermos,
endemoniados, etc. Que por su misma condición, eran muy desfavorecidos y discriminados
en su tiempo.
Nosotros que asistimos a nuestros diferentes servicios religiosos
con asiduidad y servimos con responsabilidad, hemos de aprender a ver el rostro
del Libertador en el rostro del prójimo que se encuentra tirado por su
condición a la vera de los distintos caminos que transitamos todos los días de
nuestra vida.
A los católicos nos es importante recordar
que en el contexto del último concilio no fue casual que el entonces Papa
Bueno, Juan XXIII, campechano y pobre dijera un mes antes de su inauguración,
que la Iglesia tenía que ser de todos, pero especialmente de los pobres.
No
obstante lo anterior, el Vaticano II no
hizo de los pobres y desposeídos un tema central, porque quienes hicieron posible todo el andamiaje del
concilio fueron obispos y teólogos europeos, insensibles por supuesto a la pobreza y al sufrimiento de nuestras
iglesias particulares del nuevo mundo despojado por Colón y cuanto malhechor
lo acompaño en su travesía hacia el mundo nuevo, un mundo nuevo que ya era
viejo…
También
es importante recordar que fue en la
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Puebla y Medellín que la Iglesia empezó a leer
ese concilio desde la perspectiva de los pobres, a quienes consideró un signo de los tiempos y recalcó que es en
el rostro de ellos en donde debemos aprender a ver el rostro doliente del
Señor; acordando evangelizar bajo tres principios:
01.-
Opción preferencial por los pobres,
02.-
Opción preferencial por los jóvenes y,
03.-
transformar las estructuras desde dentro de la sociedad pluralista que respete
y promueva la dignidad de la persona…
Referente a esas particularidades del
concilio y sometiendo las mismas al escrutinio de los demás, vale también preguntarnos
sí como bautizados y como piedras vivas del cuerpo místico de Cristo, nuestra
fe nos ha servido para hacer de los pobres y los jóvenes una elección preferencial,
y si a partir de ella –la fe-
hemos transformado las estructuras respetando y promoviendo la dignidad de la
personas.
Ya el filósofo, teólogo y místico escoces Ricardo
de San Víctor (+16-3-1173) exponente de la escuela de la teología monástica,
recomendaba en su tiempo a evolucionar en lo que creemos los cristianos,
cruzando de la fe a la inteligencia de la fe, para procurar en la medida de lo
posible, comprender lo que creemos y
practicarlo, a sabiendas que, una fe sin obras es una fe muerta. –Santiago 2,
14-17-
A guisa de colofón entonces y tomando en
consideración que “Jesucristo es el
mismo ayer, hoy y por los siglos,” –Hebreos 13, 8- dos actitudes del Señor
podrían ser evidentes en este pasaje de “la loca” y los “huéspedes del convento.”
El enojo de Jesús ante nosotros los indiferentes
y un profundo sentimiento de tristeza ante la dureza de nuestros corazones. -Mc 3,1-6-
Jesús demuestra con ese proceder –y
así debemos actuar muchos de nosotros- que el hombre es más importante que todas
las normativas rigoristas y todos los ritos religiosos juntos.
Los dichos y hechos de Jesús no solo nos
invita a ser discípulos de él y a buscar
a Dios en tanto podamos en medio de nuestras dificultades, así como lo hizo el
hombre de la mano paralitica –Lc 6, 6- sino también a que no seamos
indiferentes ante el dolor que aqueja a los demás y estar siempre dispuestos a -des-
paralizar la mano, para levantar y
ayudar al que está tirado a la vera de los caminos, sin importar que sea sábado, domingo
o día festivo…
Santo Domingo de Cobán, 24 de Enero de 2017

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