Por jlriveirof
Escribo este post, mientras
el Monarch, navega a una velocidad de 20 nudos por hora sobre las aguas del
Atlántico, para llevarnos a nuestro destino: Cartagena de Indias, Curazao,
Bonaire, Aruba y Puerto Colón, Panamá; en donde esta travesía comenzó.
El Monarch, es un barco construido en el año 1991 en Chantiers de
l’Atlantique Shipyyards de Saint-Nazaire, Francia.
Tiene una capacidad para transportar 2766 pasajeros, más una tripulación
de 800 personas entre hombres y mujeres, provenientes de más de 30 países; que
nos han atendido “a cuerpo de Rey”; tanto en los pasillos, como en sus doce
cubiertas, así como en los diversos restaurantes, discoteca, casino,
biblioteca, teatro, spa, gimnasio, bares, etcétera; con las que cuenta esta
embarcación; cuyas características, hacen que el barco realmente sea; el Monarca
de los mares...
Tiene una eslora de más de 268 metros y, será el lugar de mi residencia
durante siete días, desde que salí con un equipo de compañeros de trabajo, el 09
del corriente mes.
En Cartagena de Indias,
Colombia, atracamos sin novedad al día siguiente, después de haber recorrido
279 millas náuticas.
Con esta, es la tercera vez que visito esa bella Ciudad, fundada por Don
Pedro de Heredia en 1533 y considerada por la UNESCO como patrimonio de la
humanidad, en 1984; eso me permitió, servirles a mis más allegados compañeros, que
visitaron la ciudad por primera ocasión, como una especie de guía, recomendando
donde comprar, pasear y comer.
Imposible llegar a Cartagena
y no visitar el Santuario de San Pedro Claver, aquel sacerdote jesuita santo, que
se autonombró el esclavo de los esclavos negros y en contra de la cultura de la
época, defendió, bautizo y catequizo a sus hermanos de color, aquellos que
incluso algunos miembros de la clerecía y teólogos, supusieron que no había que
darles ese trato porque no tenían alma. Asimismo, visitamos la parroquia de
Santo Domingo de Guzmán, la Ciudad amurallada, la plaza en donde antiguamente
se vendían a los españoles, los esclavos negros que los portugueses
secuestraban del África, la sede del santo oficio de la inquisición, que de
santo solo tenía el nombre; las bóvedas que antiguamente guardaban pertrechos
de guerra, la fortaleza de San Felipe de Barajas y de lejos, divisar al
menos, el famoso cerro de la Popa, que
hoy alberga uno de los negocios “religiosos” más lucrativos que existen en la
ciudad. Los monjes agustinos del lugar, en su deseo mimético; imitan muy bien al
también agustino Martín Lutero que en su tiempo; hacia negocios con todos los
peregrinos que llegaban al pequeño poblado de Wittemberg, en donde las
reliquias que resguardaba eran el motivo, en virtud que por limosnas que
recibía otorgaba a la feligresía torpe e ignorante; indulgencia plenaria. Algo
parecido sucede hoy en ese cerro, solo entrar al convento cuesta once mil
pesos…
Al caer la tarde, abordamos
nuevamente el barco, previo a zarpar rumbo a Curazao, que dista a 475 millas
náuticas; el recorrido lo hicimos navegando toda la noche del sábado y todo el
domingo, con su noche incluida, hasta desembarcar el día lunes en horas de la
mañana.
Pero, antes de hacerlo, tuvimos la ocasión de disfrutar todo ese día,
escuchando música en vivo, y consumiendo en sus distintos bares y su alberca; ubicados
en la cubierta 11 del barco.
Los abstemios de bebidas espirituosas, discurrimos entre café y café,
una que otra piña colada sin alcohol, frutas de la época y mucha comida; en
agradables e interminables tertulias, que evocaron el pasado, provocaron el
presente y convocaron el futuro; al cual nos abrimos con esperanza para cumplir
con nuestras expectativas presentes y futuras; y así poder viajar de nuevo, el
año que viene a otro destino; si Dios
así lo dispone.
Curazao, es la isla más
grande de las Antillas Holandesas, se encuentra cerca de las costas venezolanas
y Willemstad es su ciudad portuaria más importante; su población está constituida
por un 80% de gente con descendencia africana y el otro porcentaje está
compuesto de españoles, holandeses y arawaks.
Transitar en sus calles y
avenidas, lo hacen a uno idealizar un país mágico y de ensueño; en otra utopía
como la que supo describir Tomás Moro o Tomasso Campanella en sus obras
literarias. Un mundo muy opuesto al nuestro, en donde el peatón lleva la vía,
la limpieza de la ciudad es extrema, el policía cuida al visitante y no lo
convierte en sujeto de robo, atraco o extorsión y el sectarismo religioso es
casi nulo.
Las campanadas de la iglesia
católica del lugar, nos despertaron de ese dormitar y soñar despiertos y nos recordaron que a las cinco de la tarde,
debíamos abordar de nuevo el crucero, para zarpar rumbo a la Isla de Bonaire,
que es lo que hacemos en estos precisos momentos en que escribo estas notas,
las cuales interrumpo una que otra vez, dado que al parecer el mar está “bravo”
y las grandes olas y el buen aire, que es lo que significa Bonaire, hamaquea el
barco a diestro y siniestro, sin
importar su gran envergadura y sus miles de toneladas de acero con las que está
construido.
Ese zangoloteo me recuerda
una historia, la historia del cuadro original de Nuestra Señora del Perpetuo
Socorro; que hoy engalana una de las paredes principales del templo de los
padres redentoristas en Roma.
La leyenda cuenta que un mercader sustrajo la fina estampa de una
iglesia, lo escondió entre sus pertenencias y se embarcó hacia otros lares, en
la travesía por alta mar, el mal tiempo, los vientos tempestuosos y las grandes
olas que con su rigor y severidad peculiar, se levantaban; amenazaban con hundir
el barco, entonces, inmersos en devota
oración, le pidieron a la Virgen que intercediera por ellos, ante Dios, por su
salvación; sucediendo que las turbulentas y angustiantes aguas se calmaron.
Aunque parece inverosímil la
historia, dio sustento a que Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, sea
considerada hoy, patrona de aquellos que nos dedicamos a asegurar personas y
sus bienes materiales, incluyendo barcos de este tipo, con toda su tripulación y
pasajeros…
Bendita sea entonces, esa advocación mariana, que, en medio de los
rigores del mar embravecido, me permite reflexionar confiadamente en aquel
pasaje del evangelio, cuando Jesús, le dice al mar: “calla, enmudece”; y éste le obedece; entonces, se constituye no
solo en Señor de los elementos; sino en nuestro Dios y en nuestro salvador…
La Isla de Bonaire es un municipio
integral de los Países Bajos y es miembro de los países y territorios de
ultramar de la Unión Europea, situada también a orillas del Caribe, frente a la
costa occidental de Venezuela; y, forma parte del grupo de islas de Sotavento
de las Antillas Menores. Junto con Aruba y Curazao.
A mi juicio, es la menos atractiva de las islas en mención, aburrida y
taciturna, el comercio es menos rico, y su playa, al menos la que visitamos, en
esta temporada estaba sucia en extremo.
Cabe hacer mención, que, en esta isla, hay una especie de santuario de
burros, quienes, después de cumplir con su vida útil, son abandonados por sus
dueños; entonces, almas nobles y entidades caritativas; en palabras de los
oriundos del lugar, se hace el recojo, los acogen y los cuidan, hasta que pasan
a mejor vida, estirando el casco…
Esas acciones caritativas me hicieron
quijotizar en torno a todas aquellas personas que se dedican a la política profesional
y que, en el ejercicio de esa ciencia, saquean el erario público; y, por sus acciones
sanchopancescas casi todas; en palabras de don Quijote, éstos se han metamorfoseado
en asnos, y, por lo tanto, en asnos se han convertido, asnos son y asnos
morirán.
Excelente sería defenestrarlos y enviarlos a la isla de nunca jamás, ahí
se sentirían como los burros de Bonaire, en casa, y de paso, estaríamos
cumpliendo con una práctica justa; en el pensamiento socrático de darle a cada
quien lo suyo, por no hacer cada quien lo suyo…
A las 8 de la mañana del
miércoles, el Monarch; atracó en el pintoresco y esplendoroso Puerto de Aruba, una
isla que fue conquistada por los Países Bajos, por la Compañía holandesa de las
Indias Occidentales, en 1636. En 1848 pasa a formar parte de las Antillas
Neerlandesas. El primero de enero de 1986, obtiene un estatus de autonomía
dentro del Reino de los Países Bajos y se separa del resto de las Antillas
Neerlandesas.
Es una isla fantástica, con gente
muy culta, playas excéntricas y cristalinas, y un comercio de joyas preciosas y
artículos de lujo extremadamente suntuosos; muchos lujos que, únicamente los
miembros del jet set y los pícaros de la política latinoamericana, pueden darse
dada su inveterada costumbre de sangrar en tan alto los presupuestos de los
estados, para llevarlos a sus bolsillos.
Ese mismo día, siendo
exactos, a las cuatro de la tarde, todos a bordo, el Monarch se desliza
sutilmente entre otros cruceros, para hacer un recorrido de 633 millas
náuticas, con rumbo a Colón.
Es lo que hacemos este jueves, navegar
día y noche, durante el día, solaz, alberca, lectura, meditación, reflexión,
ejercicio físico, disco, tertulias, comilonas, bebetorias y demás. Durante la
noche, buffet a la carta, teatro, discoteca y para los más exigentes, compras
en las diferentes tiendas del barco, con descuentos hasta del 40%, casino, para
ganar o perder dinero, según la suerte de cada quien o discoteca hasta el
amanecer…
En mi contemplación me he
percatado que durante este día ultimo a bordo del crucero, el mundo de a bordo,
“es un mundo con sentido, de niveles articulados, forma un todo. Con diferente
peso, cielo, tierra y mundo, lo divino, lo material y lo humano están
articulados. En la articulación no falta ninguna dimensión esencial”.
–Panikkar– Hoy, todos amanecieron más amables, incluyendo a unos argentinos que
se creían los vicarios de su paisano, el Papa. En nuestra Guatemala del cuarto mundo, no
sucede así, ni siquiera un día: carecemos de cultura previsional y turística, lo
divino es relativizado, lo material absolutizado, la verdad cuestionada, los
recursos estatales son robados y despilfarrados y la ética per se, in artículo
mortis. Esa cuestión diría Sócrates, no es ninguna bagatela, se trata de la
cuestión de cómo deberíamos vivir.
En mis oraciones le pido a Dios,
con la intercesión de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, que bendiga al
Monarch y a su tripulación; el mismo deseo para Seguros GyT, pero, elevado a la
cuarta potencia, porque cada año premia el esfuerzo y el talento de todos
aquellos, a quienes nos da cobijo en su seno y permite desarrollarnos,
desde la óptica de una teología del trabajo, y a nuestros clientes y amigos que
creen, confían e invierten en seguros, otorgándonos la deferencia…
En algún lugar del Atlántico, 15/03/2018
Referencia:
Diarios de a bordo.

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