domingo, 9 de septiembre de 2018

Y Dios dijo: hágase la palabra… 1ª parte


Jlriveirof

      Corría el año 2,005 cuando empecé a estudiar y practicar la disciplina del coaching,  un método con el que engalané mi caja de herramientas interna; y seguí amueblando mi área cognitiva, para ir cambiando los viejos paradigmas e ir dejando en el pasado, aquellos viejos  conceptos administrativos radicales;  que así como vinieron se fueron. Útiles en su tiempo;  pero  hoy,  irresolubles e imprácticos…
El más letal para cualquier clima organizacional  fue; ha sido, y será, el gerenciamiento capataz.  Aquel, que en  su libro Ontología del lenguaje,   el  doctor  Rafael Echeverría postuló que “El modelo de gestión; que prevaleciera durante gran parte del siglo XX, ha muerto. No existe ninguna posibilidad de resucitarlo. Asistimos a sus exequias. Y aunque todos todavía estamos atrapados en él y no sabemos por cual otro sustituirlo”. 
Haciendo una paráfrasis de las palabras que pronunciara en su libro: Persuasión. Fundamentos de retórica, Kurt Spang  ¡El gerenciamiento capataz ha muerto, viva el gerenciamiento capataz!...
     No obstante, que de ese modelo de gestión ha sido anunciada su muerte, siempre vuelve a resucitar. Sobre todo en aquellas administraciones chapadas a la antigua; como en la mayoría de ejércitos del mundo, en donde hasta para pensar se tiene que pedir permiso,  la Iglesia Católica; con su organización jerárquica piramidal, amén de las empresas estatales, y aquellas constituidas en empresas familiares…
 Como el ave fénix, ese gerenciamiento capataz,  a veces se levanta de las cenizas calientes, para seguir infundiendo temor y desanimo en la mayoría de los empleados.
     Pues bien, creo que ha llegado la hora del cambio, y pronto.  Es en el aquí y el ahora,  gracias al poder que tienen  las competencias conversacionales, aquellas  que en una sesión de coaching, pueden fluir como ríos de agua viva,  desde el interior de nuestro “propio pozo”. Aquellas palabras que  cuando son  auténticas; son doblemente poderosas.
Para ir comprendiendo el ejercicio del coaching, veamos algunos conceptos. La palabra coach proviene del verbo inglés que significa “entrenar” o “dirigir” y al anteponerle la terminación “ing”, podemos decir entrenando o dirigiendo, que es lo que estamos haciendo todos los días, ya sea en el hogar o en el lugar de trabajo, independiente al cargo que ocupemos; en virtud que no es una tarea inherente a un  directivo.
     El coaching es un proceso interactivo;  por medio del cual, el que lidera la situación, denominado en este caso coach, asiste a un cliente, al que se le denomina coachee, para  ayudarlo a obtener lo mejor de sí mismo.
En términos generales un  coach ayuda a otra persona a alcanzar ciertos objetivos, utilizando sus propios recursos y habilidades, pero más que recursos y habilidades, utilizando sus propios dones de forma eficiente y eficaz.
Los ejecutivos que tenemos entrenamiento en esta disciplina; partimos  de la premisa de que es el oyente,  quien posee la mejor información,  para espantar a sus propios fantasmas, y a quienes se debe enfrentar con denuedo.
     Para iluminar el hecho anterior, traigo a escena  a Goethe;  quien dijo una vez: “Lo mejor que puedes hacer por los demás no es enseñarles tus riquezas, sino hacerles ver la suya propia.” No estoy hablando de riquezas materiales, sino  epistemológicas.
Y la mejor forma para descubrir ese caudal que se encuentra dentro de cada persona, esa riqueza interior, ese poder intelectual, esa fuerza motriz, ese gigante interior que muchos tienen dormido, es de vital importancia que aprendamos a conocer nuestras  fortalezas y debilidades; que son internas. Nuestras  oportunidades y  amenazas; que son externas; mediante la práctica de la oración, la introspección, la contemplación, la fe y la razón. Solo mediante esas técnicas se puede llegar  al discernimiento de la verdad; que  me hace libre. (Jn 8,32).
 El evangelista aquí no se está  refiriendo a una libertad política, sino a ser libres de todo lo que aliena y esclaviza al ser humano. Caso contrario; ¿Cómo podría ayudarnos alguien a descubrir nuestras riquezas interiores, si él tal es decadente? No tendría credibilidad, ni la fuerza ética y moral, ni la autoridad para hacerlo.
      La eficacia  del coaching deriva del poder que tiene la palabra hablada, de las competencias conversacionales; que con entrenamiento podemos llegar a hacer de las mismas, nuestras mejores herramientas; para sanar, liberar, instruir, animar, calmar, sosegar, redargüir , corregir el rumbo, alentar la vida o la muerte.  Todo depende de la forma y el uso que demos de la misma.
      ¿Por qué es tan poderosa la palabra? ¿De dónde proviene su fuerza?
Georges Mounin, en su obra Historia de la lingüística. Desde los orígenes al siglo XX; nos  ofrece un sinfín de razones. Sin embargo me quedo con la teoría de los filósofos y los teólogos que desde antiguo; los primeros, sostienen que el lenguaje es innato, adquirido, resultante de una invención voluntaria pero fortuita, casual e inesperada. Mientras que los teólogos postulan que el lenguaje es un don de Dios, algo que es regalado y que es inherente solo al ser humano.
El evangelista Juan nos de algunas pautas  que apuntan  alto: “En el principio existía la palabra y la palabra estaba junto a Dios, y la palabra era Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada”. –Jn 1,5-
      Esperando no hacer una interpretación errónea y subjetiva del texto bíblico, al no haber utilizado el recurso de la Hermenéutica (ciencia de interpretar correctamente la Biblia); considero que  ahí radica la fuerza, el poder y la autoridad de la palabra, proviniendo del hecho que la misma y Dios tiene intimidad.  Ambas participan en la creación  y gobierno del mundo, ahora es el verbo, palabra de Dios, que preexistía en Dios y que fue enviado al mundo.
Ese verbo es movimiento, es acción, es vida y vida abundante. Sabemos, aunque no todos crean que; somos creados a la imagen y semejanza de Dios, no en el aspecto físico sino refiriéndose al hecho que tenemos un alma espiritual, que estamos por encima de todos los seres vivientes, que no somos  cosas sino personas, que podemos distinguir entre el bien y el mal, hacerle a alguien el día, moldear el carácter, enderezar los pasos, pensamos, actuamos, podemos optar por la libertad en el ser y el hacer, de resolución y;  de todas las criaturas somos los únicos capaces de amar, y  externar una palabra. Exceptuando a la burra de Balaán; que mediante sus “competencias conversacionales”, generó preguntas poderosas en el diálogo que sostiene con su dueño; según podemos constatar en el libro de Números,  22,  28-31. 
Al igual que Dios podemos dar vida, por medio de la palabra porque con El somos cocreadores y  con ella podemos disipar las tinieblas de la ignorancia, del miedo, del terror  y de la cultura de la muerte.
     ¿Acaso con el poder de la palabra no damos vida o quitamos vida?
Por el poder de la petición y el amor fuimos concebidos. Por el poder de la petición y el amor vinieron nuestros hijos. Con el sudor de nuestra boca nos ganamos la vida; proponiendo y convenciendo. Con el sudor de nuestros labios, nos acercamos a la persona amada, cuando ofrecemos  el sol, la luna y las estrellas. Con el poder de las palabras decimos,  hacemos y somos lo que somos.
       “De los frutos del hablar se sacia el vientre, uno se sacia de la cosecha de los labios. Muerte y vida están en el poder de la lengua: lo que elija eso comerá” –Prov 18, 20-
      ¿Nos saciamos del fruto de nuestra boca?
      Preguntémonos a nosotros mismos, contestándola desde el quehacer de una profesión concreta.  Los que tenemos a cargo tareas administrativas y reclutamos personal y vamos en la búsqueda de talentos. Lo seleccionamos, lo capacitamos, lo integramos a nuestra organización y lo moldeamos a nuestra imagen y semejanza.
 Porque  ¿Quién no quiere ser como el líder? –hay quienes postulan que el líder es la visión, la misión y los valores nucleares- Cuando el mismo es maduro, creíble, cuando aplica la disciplina correctamente, cuando a todos trata por igual, con respeto; cuando no socava la dignidad por cuestionamientos éticos, religiosos, políticos o sociales; cuando el mismo es preactivo, propositivo, proactivo y trabaja en equipo, cuando es inteligente y su ética y moralidad es intelectualmente correcta y verificable.
     ¿Nos saciamos del fruto del hablar, de la cosecha de nuestros labios?
Desarrollando competencias conversacionales, generando identidades, sanas relaciones inter personales, nuevos compromisos, negociaciones, futuros y mundos diferentes.
Solo estando convencidos como estoy, sé que  por medio de la palabra tenemos ese poder transformacional, y cuando la misma está en íntima relación con Dios es doblemente poderosa; le añadimos valor, es como ponerle doble y retranca a un móvil, potenciamos su fuerza y su destino; le cambiamos la vida, a los que nos confían su vida organizacional llevándolo a otra dimensión, catapultándolos,  evitando caídas y derroteros, caminos inusitados e inhóspitos, en otras palabras ¡Hacemos más fácil el camino y el destino! porque el secreto estriba en gozarse del camino tanto como del destino.
      ¿Nos saciamos del fruto del hablar? Con nuestras afirmaciones y declaraciones, cuando las mismas son objetivas y veraces, porque muchas veces juzgamos a alguien desde nuestra observación, desde nuestra óptica y muchas veces la misma es subjetiva; tal y como dice el Dr. Rafael Echeverría: “La única descripción que hacemos es la de nuestra observación, no la de la realidad”.
 A veces padecemos de miopía y no vemos las cosas y las personas tal cual son y;  por eso, cuando hablamos muchas veces destruimos una reputación, una dignidad, un carácter, una persona. Por consiguiente; una institución, un hogar, un sistema.  
Si alguna vez, de palabra, obra u omisión atentáramos contra la dignidad de nuestro prójimo tengamos presente la declaración del perdón, con valentía y con sinceridad; a efecto de mantener incólume nuestras competencias conversacionales, y nuestras sanas relaciones con todos.
 ¿Cuántas veces tenemos que recurrir a la declaración del perdón? Las que fueren necesarias: “No digo yo, dice Jesús,  hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. -Mt 18,21-22- Es decir, siempre…
     Amparándome en esta declaración, yo quiero pedir perdón por todas aquellas alegrías, entusiasmos y esperanzas que mate con el poder de la palabra; por aquellas sonrisas que desdibuje en un rostro inocente con el poder de la palabra; por todas aquellas lagrimas que rodaron por una piel lozana o arrugada;  por el poder de una palabra.
Por todas aquellas promesas incumplidas… tantas promesas insatisfechas…
      Nos cuenta la historia bíblica; que en aquellos tiempos pretéritos,  Sansón mató, amontonó y sacudió a mil hombres con el poder que le dio una quijada de burro. -Jueces,  15, 15 – 16- Yo;  en este tiempo presente,  con mi “quijada de burro” he matado miles de ilusiones… Mate  la fe, la esperanza y el amor,  por el poder de una palabra dicha y hecha, en un tiempo y en un lugar concreto. Con una palabra que se salió del rumbo, que perdió el horizonte,  la perspectiva de la vida y que no estaba en íntima comunión con Dios.-

Fuentes:
Rafael Echeverría, Ontología del lenguaje, 2005, Lom Ediciones, S.A.
Georges Mounin, Historia de la Lingüística. Desde los orígenes al siglo XX, versión española de Felisa Marcos,  Editorial Gredos, S.A.

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