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Partiendo de dos preguntas éticas
que cada quien se puede hacer y responder, se debe averiguar con cierta
precisión como fue el año que hoy se va para no volver.
¿Qué hice bien durante el 2018? Y ¿Qué deje de
hacer?
Para dar respuestas a tales interrogantes
se puede utilizar la rueda de la vida,
una herramienta administrativa diseñada por Paul Meyer, que permite indagar
sobre aspectos concretos; preferentemente aspectos que coadyuven a la propia
felicidad; tales como: el trabajo, la salud física, mental y espiritual,
desarrollo personal, lo cognitivo, cumplimiento de metas y objetivos, el
placer, el amor, la familia, el desarrollo profesional, entre otras. Al describir lo que
se quiere evaluar dentro del círculo, se califica el grado de satisfacción de
cero a diez y se concatenan los puntos para ver si la rueda, rueda.
Para poner la
guinda a ese pastel, como anillo al dedo cuentan las palabras dichas por un
gurú de la administración, el Señor Michael Porter: “No te hace rico lo que
tienes, sino lo que haces con lo que tienes”, y poder así iniciar magistralmente un diálogo filosófico
grupal en torno a lo ponderado.
Dicho pensamiento encierra una gran verdad y
no debe referirse a ella únicamente en
el aspecto económico como muchos lo hacen, sino en las diferentes aristas de la
vida misma.
En este tiempo presente en donde abundan las oportunidades, muchas personas cuentan con conocimientos especializados
respecto a cualquier actividad concreta,
pero no los ponen en práctica. Muchas personas poseen títulos universitarios que certifican algunos
años de estudio y esfuerzo pero carecen de sentido común. Muchos tienen una profesión o un oficio
concreto, pero no tienen la vocación
para ejercerla. Muchos tienen todo el tiempo del mundo, pero no lo gestionan bien. Salud y no la
aprecian. Muchos planifican el porvenir pero no ejecutan; y por eso muchas veces no son eficientes para
responder con habilidad ante los retos que voluntariamente han aceptado al
comienzo de cada año calendario.
Siempre
es bueno iniciar el año nuevo con una buena dosis de humildad, empezando con un
breve recorrido por los campos de la deontología y axiología para recordar cuales son los convenios que
se deben cumplir y los valores nucleares con que se han de
concretar, para ir identificando aquel “talón de Aquíles” que muchas veces no permite
cumplir con los proyectos, metas, anhelos y esperanzas.
Lo peor que cabe
esperar es que muchos no tienen siquiera un planteamiento estratégico, escrito
en un papel, claro está, a otros les
falta motivaciones endógenas y exógenas que no permitirán que se muevan hacia
el norte anhelado.
Todas esas circunstancias se pueden evaluar utilizando la rueda de la vida en mención.
En adición a la utilización de esa
herramienta en cuestión, también vale la
pena medir la temperatura en cuanto a todo aquello que nos mueve a hacer lo que
debemos hacer y lo que lo dificulta. Para indagar como se está en ese plano
emocional se puede estudiar un antiguo modelo de la motivación del logro de
R.C. Atkinson, que a pesar de haber sido concebido a finales de la segunda
mitad del siglo XX, sigue siendo actual y aún conserva su frescura. Y puede ser útil para ponderar las
calificaciones pertinentes a cada logro.
La fórmula a utilizar es la
siguiente: M=F (MxExI) en donde M es igual a motivación, F consecuencias (la M
el motivo por la E de expectancia por I de incentivo).
Explicándolo al modo de “Juan Chapín” se puede
precisar que de acuerdo al grado de motivación que tenga cada persona, la misma
le producirá consecuencias ya sean estas favorables o desfavorables; las cuales
se obtienen multiplicando los motivos que se tienen para hacer todo lo que se
debe hacer por la expectancia (probabilidad subjetiva de que la ejecución de
una actividad tendrá como resultado la consecución de las metas para las que el
sujeto tiene un motivo) por los incentivos.
Investigaciones más recientes refieren que las
expectativas nunca son las mismas y pueden cambiar en la medida que transcurre
la vida de cada quien, por lo tanto no es total ni permanente, tampoco rígida y
puede ser diferente de acuerdo al desarrollo aptitudinal (inteligencia,
destrezas). En otras y sencillas palabras no están escritas en piedra y
determinan la altitud y ésta la plenitud en la tentativa de cualquier faena.
¿Qué motivos tengo para cumplir con lo
pactado?
El motivo es lo que mueve a
cualquiera para desinstalarse, a moverse para salir de su zona de confort y,
pueden ser muchos; desde cumplir con la manutención de la
familia, hasta la obtención de cualquier
cosa material para garantizar la seguridad y el confort en el hogar, para vivir
más y mejor, con comodidad, dignidad y
decoro, construir un cuarto para “la suegra”, el cambio de vehículo
por uno más reciente y económico, adquirir un terreno para la posterior construcción de
una casa entre tantas otras cosas.
Pero no hay que dejar pasar que lo que debe
mover a cualquiera hacia la consecución de cualquier objetivo es el amor y la
pasión que se le pongan a las cosas para
servirle a Dios y al prójimo, planeando y ejecutando lo que se quiere, se debe y
se puede hacer con un alto grado de
efectividad. Es importante subrayar que también el entorno laboral es un lugar
de encuentro teologal y con el prójimo; aquellos con quien se pasa muchas horas
juntos, en la consecución de las más nobles inquietudes. Quien concibe así
este planteamiento apunta alto…
¿Qué incentivos tengo?
En
la tentativa de cualquier empresa, el mejor incentivo es una remuneración lo
suficientemente sustancial para cumplir con la deuda social, con buen grado de
excedencia, ganada con principios y
valores y, en donde se puedan conjugar todos los conocimientos, habilidades,
destrezas, potencialidades e inteligencia para lograr la satisfacción de las
más nobles aspiraciones.
En adición a lo anterior, para que la empresa en donde
uno se desarrolla valga la pena hay que valorar otros aspectos intramuros; como
un salario emocional adicional a los ingresos presentes y futuros. Estos
podrían ser: un agradable clima organizacional, incentivos dinerarios por
productividad, bonos extras; seguro de
gastos médicos mayores, acompañamiento técnico, cursos institucionales que
permitan la permanente actualización de los conocimientos, promoción,
tecnología de punta, celebración del cumpleaños, participación en viajes
nacionales e internacionales basados en la meritocracia y celebraciones al comienzo del año nuevo para premiar a todas aquellas personas que cumplieron con todas y cada
una de sus obligaciones durante el año que ya pasó.
Un lugar de trabajo que permita esas condiciones es un
buen lugar al que vale la pena entrañar y permanecer ahí por tiempo indefinido.
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Y el último componente a considerar es la
expectancia –motivación por medio de las expectativas que se esperan- por
constituir dentro de este modelo el principio básico de activación
siendo en definitiva la expectancia de
que mediante un determinado acto podemos satisfacer un motivo concreto.
Para poder determinar el grado de
expectancia que cada persona pueda tener, se puede hacer una reflexión sobre el
grado de dificultad que tuvo su actividad laboral el año que hoy llega a su
final, la asequibilidad de la meta planteada con antelación, los incentivos que
se pudieron alcanzar y el valor de la distancia psíquica que existe desde el estado
actual y el estado futuro que se espera
en esta realización del logro.
El resultado de interrelacionar los factores
antes citados determinará en cada persona un valor esperado y creará “un
determinado nivel de expectación con
respecto a los resultados de nuestra
actividad”.
Que Dios los bendiga abundantemente durante este año que está por comenzar y que durante el mismo se pueda demostrar fehacientemente
“de que madera están hechos”, a fin de
que todo lo que inicien lo lleven a feliz término, haciendo tangibles sus más
nobles aspiraciones, intangibles en estos precisos momentos…
Fuente bibliográfica:
Jaime Arnau Gras, El Estudio de la Motivación Humana, Departamento de Psicología, Universidad de
Barcelona.
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