Jlriveirof, O.P.
Al visitar por
segunda vez la bella Ciudad de Santo Domingo y transitar de nuevo sus viejas
callejas, llenas de historia, matiz y tradición, un viernes cualquiera cedí a
la tentación de subvertir la agenda del día y dirigirme de la Iglesia Catedral
donde nos encontrábamos “tan letárgico dormidos”, hacía la parroquia de los
frailes dominicos de Santo Domingo que dista a 4 cuadras de distancia; y ahí,
en interminable parloteo con un fraile cubano que dijo llamarse solo Fray
Alexis, retrotrajimos el pensamiento a
la Española –hoy República Dominicana y Haití- del despótico
siglo XVI; para transitar por los misterios de la historia y dar pie a la
andadura de éste escrito.
Ya inmiscuidos en las profundidades de los anales de la
historia dominicana, vimos y juzgamos aquellos actos de caridad que tienen que ver con la defensoría de los
derechos humanos y, que mejor que en el
mismo lugar en donde brotó con dolores de parto, el famoso sermón de Fray Antón
de Montesino, considerado el primer grito en pro de los derechos humanos en las
tierras descubiertas…
En sensata
complicidad, discriminamos concretamente aquellos infaustos tiempos que
tuvieron lugar entre el año de 1,510, y
1511; cuando en el mismo lugar en
donde hoy se encuentra el convento de los dominicos; un grupo de frailes
dominicos provenientes de España, fincaron su residencia, bajo la rectoría de
Fray Pedro de Córdoba.
Emociones de antipatía,
tristeza y frustración afloraron, al evocar el trato inhumano con que los genocidas españoles; amantes del artificio y el oropel,
diezmaron su población por tan “cruel y horrible servidumbre” con la que
tiranizaban a los “indios que estaban en sus tierras mansas y pacífica" e inspirados en el evangelio, empezaron a ser buena noticia en la isla, y
consecuentemente con ello, anunciar la buena noticia y denunciar los flagrantes
atropellos a la dignidad humana, la paz y la tranquilidad de los nativos de
esas tierras; que se encontraban en ellas, con goce de todos sus derechos, con
gloria y en paz.
Para comprender
todo ese índice de maldad de parte de los malhechores de lanza y arcabuz; se
hace necesario retroceder un poco más en el tiempo y regresar al año de 1492,
específicamente al 5 de diciembre cuando Cristóbal Colón desembarcó en la isla
en su primer viaje, con un puñado de gente que trajo consigo al “nuevo mundo”, como ellos le llamaron a un continente ya poblado e igual de viejo que el vicioso y prostituido continente
europeo. Una gentuza que no era de lo mejor, ni de pura casta ni cepa. Sino lo más “bajo,
abyecto, vulgar y plebeyo”, la escoria de la sociedad española; por más que a su nombre le antepusieran el
titulo noble de “Don”, que significa de
origen noble.
¿Qué de noble podía tener esa caterva de criminales que en
tan poco tiempo diezmaron a la población taína, para despojarlos de la tierra y
el oro? Utilizando como estrategia de sumisión el asesinato en masa, los
trabajos forzados, la explotación y el
hambre.
¡Maldita casta de
sanguijuelas que sangraron en tan alto el “nuevo mundo”! al extremo que
tuvieron que “importar” –secuestrar- negros de África, para ir sustituyendo al nativo, por ser los
negros, como les llamaban de forma peyorativa, más grandes y fuertes para la explotación y
por carecer de alma como muchos conjeturaban en aquel tiempo, incluyendo algunos
miembros de la clerecía. Muy a pesar que el mismo almirante, había apuntado en
su bitácora que esos indios eran “tan afectuosos, generosos y tratables…,” sin
embargo, fueron reducidos a la nadedad. Las mujeres violadas por la soldadesca;
y muchos de los hombres, corrieron la misma suerte que Urías el hitita,
al ser utilizados como carne de cañón, dejando impune los execrables crímenes
que cometieron en nombre de los reyes católicos de España, aunque ellos ni
enterados estaban hasta que el monarca, escucha en España de boca del propio
Montesino, los vejámenes ocasionados a
los habitantes de esa isla.
De vuelta al año
1511, Fray Pedro de Córdoba ya había
organizado bien a su comunidad, el anuncio del evangelio antes, durante y
después de los servicios eucarísticos se hacía sin ninguna distinción; pero
como ha sido el genio de los dominicos que
no se concretan únicamente en anunciar la buena nueva; sino también a denunciar
la injusticia, venga ésta de donde venga, rápido se metieron en problemas.
En comunidad hacen un análisis de la situación, se dan cuenta
que los oriundos del lugar están siendo
atropellados en todos sus derechos a causa de la encomienda y; en consecuencia,
empiezan a denunciar esas injusticias “uniendo el hecho con el derecho”; como
lo explicitó tiempo después Fray Bartolomé de las Casas, que estuvo presente
como destinatario de la misa cuando el mensaje de Fray Antonio de Montesino, implosionó
en la mente de los españoles.
Según Fray Alexis
el sermón pudo haber sido pronunciado en Catedral, una tesis creíble por cuanto
que; el virrey Diego Colón y su cohorte, regularmente ahí frecuentaban para
escuchar misa y a ellos se dirigió cuando exclamó a viva voz, sin temor ni
temblor alguno, a sabiendas que hablaba en nombre de Dios, respaldado por su
comunidad y que a futuro el monarca español le daría toda la razón, por ser un
hombre pío…
Eh aquí el sermón que
les restregó en la conciencia y que resultó ser el padre de
todos los sermones en pro de los derechos humanos:
“Me he subido aquí
–al púlpito- yo, que soy la voz de Cristo en el desierto de esta isla y, por lo
tanto conviene que con atención, no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y
con todos vuestros sentidos, la oigáis. La cual os será la más nueva que nunca
oísteis, la más áspera y dura y espantable y peligrosa que jamás no pensasteis
oír…, esta voz es que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís por
la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid: ¿con que
derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y tan horrible servidumbre
aquestos indios? ¿Con que autoridad habéis hecho tan detestables guerras a
estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas
de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido en sus
enfermedades, que los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren
y, por mejor decir, los matáis por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué
cuidado tenéis de quien los adoctrine y
conozcan a su Dios y criador, sean bautizados, oigan misa, guarden las fiestas
y los domingos? Estos, ¿no son hombres? ¿No tienen almas racionales? ¿No estáis
obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no
sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos?
Tened por cierto que, en este estado en que estáis, no os podréis salvar más
que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo”.
El sermón en
cuestión, les cayó como rayo en medio de una tempestad a los impíos, que nunca
imaginaron que por la calidad con que actuaban en la isla, un joven y sencillo
fraile les amenazara con no darles la absolución de sus yerros y desaciertos
por encontrarse en pecado mortal. Y para un católico de ese tiempo era como
mandarlos directo y con efecto a la
capital del reino infernal.
En consecuencia, refiere Las Casas, que toda la sociedad
extranjera se arremolinó en casa del Almirante Diego Colón, metedores de cizaña,
para que juntos fueran a exigirle al predicador que se retractara de sus
palabras y demandan que el próximo domingo les diera una disculpa pública. Sin
embargo, llegado el momento, vuelve a ratificar su denuncia, con más brío y
rigor que el anterior.
Durante mucho tiempo, de domingo a domingo, la Calle de las
Damas, que se encontraba en el centro histórico de esa población y que cumplía
la misma función del Ágora en Grecia; se
atestaba de mujeres que barajaban con pelos y señales lo predicado por
Fray Antón de Montesino aquel cuarto domingo de adviento.
Un sermón que muchos escucharon
pero no se convirtieron, a excepción de Bartolomé de Casaux, un encomendero
español, que bajo los auspicios del sermón, poco tiempo después se convertiría
en Fray Bartolomé de las Casas, y terminaría defendiendo los derechos que un
día violentó, por eso se le recuerda hasta
el día de hoy como el defensor de los indios…
El retumbo de
dicho sermón surcó los mares y llegó
hasta España y el 27 de diciembre de 1512; dio vida a las leyes de Burgos que
la monarquía hispánica dictó para ser aplicadas en “Las Indias”, primero en La
Española y después al resto de América. Con ellas, se intentaba priorizar la
evangelización del “indio”, como bien mayor que justificara otros posibles
males, que no podía ser explotado pero que tenía que trabajar a favor de la
corona durante 9 meses y los otros 3 en sus sembradíos. Una libertad otorgada a
medias, sin embargo era el mal menor.
Empero, las
condiciones de esas leyes no fueron cumplidas al pie de la letra por los españoles;
además contenían lagunas legales, en virtud que también legalizó la encomienda,
el repartimiento de indios y el Requerimiento que consistía en hacer creer a
los nativos que Dios Creador, había elegido a San Pedro y a sus sucesores –los
obispos- en Roma como soberanos de la
tierra; y así sometían a los indígenas a otra especie de esclavitud. Además de inadmisible,
soberbia.
En actitud antagónica fueron declarados súbditos libres y cristianos,
no sin antes declararles la “guerra justa” en caso de contravenir esas
demandas. ¡Una guerra justa! ¿Habrase visto alguna vez una guerra justa?...
A guisa de
colofón; resulta paradójico que precisamente ahí, en donde retumbó el primer
grito en defensa de los derechos humanos, en este “mundo nuevo” se sigan
violentando los mismos. República Dominicana es gobernada desde antiguo por una
caterva de políticos corruptos, similares a los que desgobiernan Guatemala y; que en esperpéntico maridaje con militares que
riñen con el acto de la razón, la ética y la moral, así como con oligarquías
nacionales y transnacionales; siguen explotando los recursos naturales a
mansalva, y a los huérfanos, a las viudas y al pueblo pobre, paupérrimo e
ignorante, moriente y sufriente, lo
siguen crucificando en la misma cruz en
donde Fray Antonio de Montesino con el ímpetu de su mensaje, intentó
bajarlos de ella, más de una vez.
Mientras
tanto; en las Iglesias particulares de República Dominicana, ya
no hay ninguna “voz de Cristo que clame en el desierto de esa isla”; quizás, por
encontrarse “en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos”, in saecula saeculorum amén…
Referencias bibliográficas:
Fray Juan Manuel Pérez, O.P. Estos ¿no son hombres? Ediciones
Fundación García Arévalo, Inc. Santo Domingo, 1984



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