viernes, 22 de marzo de 2019

"Yo soy la voz de Cristo en el desierto de ésta isla"


Jlriveirof, O.P.






     Al visitar por segunda vez la bella Ciudad de Santo Domingo y transitar de nuevo sus viejas callejas, llenas de historia, matiz y tradición, un viernes cualquiera cedí a la tentación de subvertir la agenda del día y dirigirme de la Iglesia Catedral donde nos encontrábamos “tan letárgico dormidos”, hacía la parroquia de los frailes dominicos de Santo Domingo que dista a 4 cuadras de distancia; y ahí, en interminable parloteo con un fraile cubano que dijo llamarse solo Fray Alexis,  retrotrajimos el pensamiento a la Española –hoy República Dominicana y Haití-   del despótico siglo XVI; para transitar por los misterios de la historia y dar pie a la andadura de éste escrito.

Ya inmiscuidos en las profundidades de los anales de la historia dominicana,  vimos y juzgamos  aquellos actos de caridad  que tienen que ver con la defensoría de los derechos humanos y,  que mejor que en el mismo lugar en donde brotó con dolores de parto, el famoso sermón de Fray Antón de Montesino, considerado el primer grito en pro de los derechos humanos en las tierras descubiertas…

     En sensata complicidad, discriminamos concretamente aquellos infaustos tiempos que tuvieron lugar entre el año de 1,510, y  1511;  cuando en el mismo lugar en donde hoy se encuentra el convento de los dominicos; un grupo de frailes dominicos provenientes de España, fincaron su residencia, bajo la rectoría de Fray Pedro de Córdoba.  
Emociones de antipatía, tristeza y frustración afloraron, al evocar el trato inhumano con que los genocidas españoles; amantes del artificio y el oropel, diezmaron su población por tan “cruel y horrible servidumbre” con la que tiranizaban a los “indios que estaban en sus tierras mansas y pacífica" e  inspirados en el evangelio, empezaron a ser buena noticia en la isla, y consecuentemente con ello, anunciar la buena noticia y denunciar los flagrantes atropellos a la dignidad humana, la paz y la tranquilidad de los nativos de esas tierras; que se encontraban en ellas, con goce de todos sus derechos, con gloria y en paz.

     Para comprender todo ese índice de maldad de parte de los malhechores de lanza y arcabuz; se hace necesario retroceder un poco más en el tiempo y regresar al año de 1492, específicamente al 5 de diciembre cuando Cristóbal Colón desembarcó en la isla en su primer viaje, con un puñado de gente que trajo consigo  al “nuevo mundo”, como ellos le llamaron a un continente ya poblado e igual de viejo que el vicioso y prostituido continente europeo. Una gentuza que no era de lo mejor, ni de pura casta ni cepa. Sino lo más “bajo, abyecto, vulgar y plebeyo”, la escoria de la sociedad española;  por más que a su nombre le antepusieran el titulo noble de “Don”,  que significa de origen noble.
¿Qué de noble podía tener esa caterva de criminales que en tan poco tiempo diezmaron a la población taína, para despojarlos de la tierra y el oro? Utilizando como estrategia de sumisión el asesinato en masa, los trabajos forzados, la explotación  y el hambre.

     ¡Maldita casta de sanguijuelas que sangraron en tan alto el “nuevo mundo”! al extremo que tuvieron que “importar” –secuestrar- negros de África,  para ir sustituyendo al nativo, por ser los negros, como les llamaban de forma peyorativa, más grandes y fuertes para la explotación y por carecer de alma como muchos conjeturaban en aquel tiempo, incluyendo algunos miembros de la clerecía. Muy a pesar que el mismo almirante, había apuntado en su bitácora que esos indios eran “tan afectuosos, generosos y tratables…,” sin embargo, fueron reducidos a la nadedad. Las mujeres violadas por la soldadesca;  y muchos de los hombres,  corrieron la misma suerte que Urías el hitita, al ser utilizados como carne de cañón, dejando impune los execrables crímenes que cometieron en nombre de los reyes católicos de España, aunque ellos ni enterados estaban hasta que el monarca, escucha en España de boca del propio Montesino, los vejámenes  ocasionados a los habitantes de esa isla.

     De vuelta al año 1511,  Fray Pedro de Córdoba ya había organizado bien a su comunidad, el anuncio del evangelio antes, durante y después de los servicios eucarísticos se hacía sin ninguna distinción; pero como ha sido el genio  de los dominicos que no se concretan únicamente en anunciar la buena nueva; sino también a denunciar la injusticia, venga ésta de donde venga, rápido se metieron en problemas.
En comunidad hacen un análisis de la situación, se dan cuenta que los oriundos del lugar  están siendo atropellados en todos sus derechos a causa de la encomienda y; en consecuencia, empiezan a denunciar esas injusticias “uniendo el hecho con el derecho”; como lo explicitó tiempo después Fray Bartolomé de las Casas, que estuvo presente como destinatario de la misa cuando el mensaje de Fray Antonio de Montesino, implosionó en la mente de los españoles.

     Según Fray Alexis el sermón pudo haber sido pronunciado en Catedral, una tesis creíble por cuanto que; el virrey Diego Colón y su cohorte, regularmente ahí frecuentaban para escuchar misa y a ellos se dirigió cuando exclamó a viva voz, sin temor ni temblor alguno, a sabiendas que hablaba en nombre de Dios, respaldado por su comunidad y que a futuro el monarca español le daría toda la razón, por ser un hombre pío…

     Eh aquí el sermón que les restregó en la conciencia y que resultó ser el padre  de  todos los sermones en pro de los derechos humanos:

     “Me he subido aquí –al púlpito- yo, que soy la voz de Cristo en el desierto de esta isla y, por lo tanto conviene que con atención, no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis. La cual os será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y espantable y peligrosa que jamás no pensasteis oír…, esta voz es que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid: ¿con que derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y tan horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con que autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido en sus enfermedades, que los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren y, por mejor decir, los matáis por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis  de quien los adoctrine y conozcan a su Dios y criador, sean bautizados, oigan misa, guarden las fiestas y los domingos? Estos, ¿no son hombres? ¿No tienen almas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto que, en este estado en que estáis, no os podréis salvar más que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo”.

     El sermón en cuestión, les cayó como rayo en medio de una tempestad a los impíos, que nunca imaginaron que por la calidad con que actuaban en la isla, un joven y sencillo fraile les amenazara con no darles la absolución de sus yerros y desaciertos por encontrarse en pecado mortal. Y para un católico de ese tiempo era como mandarlos directo y con efecto  a la capital del reino infernal.
En consecuencia, refiere Las Casas, que toda la sociedad extranjera se arremolinó en casa del Almirante Diego Colón, metedores de cizaña, para que juntos fueran a exigirle al predicador que se retractara de sus palabras y demandan que el próximo domingo les diera una disculpa pública. Sin embargo, llegado el momento, vuelve a ratificar su denuncia, con más brío y rigor que el anterior.
Durante mucho tiempo, de domingo a domingo, la Calle de las Damas, que se encontraba en el centro histórico de esa población y que cumplía la misma función del Ágora en Grecia; se  atestaba de mujeres que barajaban con pelos y señales lo predicado por Fray Antón de Montesino aquel cuarto domingo de adviento.
Un sermón que muchos escucharon pero no se convirtieron, a excepción de Bartolomé de Casaux, un encomendero español, que bajo los auspicios del sermón, poco tiempo después se convertiría en Fray Bartolomé de las Casas, y terminaría defendiendo los derechos que un día violentó,  por eso se le recuerda hasta el día de hoy como el defensor de los indios…

     El retumbo de dicho sermón surcó los mares y  llegó hasta España y el 27 de diciembre de 1512; dio vida a las leyes de Burgos que la monarquía hispánica dictó para ser aplicadas en “Las Indias”, primero en La Española y después al resto de América. Con ellas, se intentaba priorizar la evangelización del “indio”, como bien mayor que justificara otros posibles males, que no podía ser explotado pero que tenía que trabajar a favor de la corona durante 9 meses y los otros 3 en sus sembradíos. Una libertad otorgada a medias, sin embargo era el mal menor.
Empero, las condiciones de esas leyes no fueron cumplidas al pie de la letra por los españoles; además contenían lagunas legales, en virtud que también legalizó la encomienda, el repartimiento de indios y el Requerimiento que consistía en hacer creer a los nativos que Dios Creador, había elegido a San Pedro y a sus sucesores –los obispos-  en Roma como soberanos de la tierra; y así sometían a los indígenas a otra especie de esclavitud. Además de inadmisible, soberbia.
En actitud antagónica  fueron declarados súbditos libres y cristianos, no sin antes declararles la “guerra justa” en caso de contravenir esas demandas. ¡Una guerra justa! ¿Habrase visto alguna vez una guerra justa?...

     A guisa de colofón; resulta paradójico que precisamente ahí, en donde retumbó el primer grito en defensa de los derechos humanos, en este “mundo nuevo” se sigan violentando los mismos. República Dominicana es gobernada desde antiguo por una caterva de políticos corruptos, similares a los que desgobiernan Guatemala y;  que en esperpéntico maridaje con militares que riñen con el acto de la razón, la ética y la moral, así como con oligarquías nacionales y transnacionales; siguen explotando los recursos naturales a mansalva, y a los huérfanos, a las viudas y al pueblo pobre, paupérrimo e ignorante,  moriente y sufriente, lo siguen  crucificando en la misma cruz en donde Fray Antonio de Montesino con el ímpetu de su mensaje, intentó bajarlos de ella, más de una vez.

     Mientras tanto;  en las Iglesias particulares de República Dominicana, ya no hay ninguna “voz de Cristo que clame en el desierto de esa isla”; quizás, por encontrarse “en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos”,   in saecula saeculorum amén…

Referencias bibliográficas:
Fray Juan Manuel Pérez, O.P. Estos ¿no son hombres? Ediciones Fundación García Arévalo, Inc. Santo Domingo, 1984

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