lunes, 30 de diciembre de 2019

La mujer de la guadaña



Jlriveirof, OP
     Los dramáticos reportes del Instituto Nacional de Ciencias Forenses de Guatemala; (INACIF) dan cuenta que, en el país, todos los días fallecen siete personas, solo como consecuencia de accidentes de tránsito. Estos hechos; constituyen, la segunda causa de muerte en todo el territorio. Lo anterior pone en relieve la poca importancia que las autoridades de tránsito ponen sobre el asunto, las malas carreteras en donde el automovilista tiene que zigzaguear para sortear túmulos, zanjas y agujeros enormes, en adición a la poca cultura vial que muchos de ellos ponen de manifiesto y, una falta de pericia que presentan de continuo.
     No se diga, la corrupción a nivel general en donde los mismos interesados, en insensato contubernio con propietarios y empleados de escuelas de automovilismo y empresas emisoras de licencias, se prestan para que, por menos de dos mil quetzales, cualquier persona sepa o no conducir un automóvil, pueda obtener su licencia sin tener que pasar por las pruebas teoréticas y técnicas previas.
Ante ese infortunio, podemos constatar casi a diario, como motociclistas sin su equipo mínimo, (casco, rodilleras y botas) buses del transporte urbano, taxistas y particulares, rebasan por la derecha, y circulan a excesiva velocidad, poniendo en peligro su propia vida y la de los demás.
     Lo anterior expuesto, visto con la lupa de la indiferencia, parecería ser que no constituye causa de delito o falta grave. Sin embargo; esas podrían ser las causas entre otras tantas; por las cuales muchas familias guatemaltecas quedan desprovistas del sostén económico al faltar el padre, la madre o ambos en el peor de los casos, a consecuencia de un nefasto hecho de tránsito.
     Aunque cualquier accidente sea concebido como algo súbito, fortuito, casual e inesperado, ajeno a la buena voluntad del individuo y sumiso a fuerzas violentas; y que en consecuencia, puede causar, daños, lesiones e inclusive la propia muerte, destrucción de objetos u obstrucción de la libre locomoción, también es cierto que muchos pueden ser evitados, con el uso adecuado de la razón; tomando en consideración las normas del fabricante del automóvil, las leyes y los reglamentos de tránsito  y no siendo permisivos; mucho menos negligentes, con la ingesta de bebidas espirituosas con alto contenido alcohólico.
Reza el refrán <<quien bebe no maneje y quien maneje que no beba>>. Una norma ética de permanente actualidad, que de continuo es violentada por gran cantidad de personas que tienen en tan poca estima lo más sagrado, y que es la vida misma.
     Ante tales desvaríos; le estamos hacemos una atenta y cordial invitación a la mujer de la guadaña, a la dama del alba, para que nos visite antes del tiempo de la siega de nuestra propia vida. De tal suerte que la segadora en mención; se ha constituido en nuestra eterna acompañante, al tener la facultad de poder estar presente en todos los lugares y en todos los momentos al mismo tiempo.
Como lo único seguro en la vida; es la muerte y el pago de los impuestos, seguro que llegará y de cualquier manera nos llevará. Pero todavía no, como diría Agustín de Hipona; siempre y cuando tomemos las debidas precauciones antes, durante y después de un viaje.
      Pues entonces; pongamos el problema en cuestión. Para ello es preciso que nos hagamos las siguientes preguntas, mejor si es en clave filosófica: <<¿Qué podemos saber? ¿Qué debemos hacer? Y ¿Qué nos cabe esperar?>>
     Lo primero que debemos saber es que estamos solos, casi desamparados de parte del estado, y que las leyes son como las serpientes, que solo clava sus afilados y venenosos colmillos a quienes llevan los pies descalzos; es decir, a los pobres. Hecha la ley, hecha la trampa.
Ante el infortunio de un accidente de tránsito, ocasionado por una unidad de transporte público de pasajeros o de carga pesada, el oligarca, rápido aceitará sus piezas para echarle la culpa al pobre, a la víctima, y bajo la tutela de algún abogánster,  (dícese de aquel sujeto que estudió derecho pero que trabaja torcido) harán todo lo que esté al alcance de sus manos, para no reparar las pérdidas humanas y materiales que hayan ocasionado; y si lo hacen, lo harán pactando un ínfimo valor a las cosas. No se diga si el infractor es un alto funcionario o un comerciante de polvitos mágicos, de aquellos que ante una eventualidad se baja con pistola en mano, echando sapos y culebras, rayos y saltapericos hasta por el sisiflís. Ante ese infortunio todos los vientos estarán en nuestra contra
     Referente a la segunda interrogante y que contiene la consulta ética en cuestión, cabe reflexionar con ese ¿Qué debemos hacer? Una pregunta que no encuentra cabida a la hora de un evento, es casi seguro que no sabremos qué hacer. Sin embargo, lo primero que hay que hacer es actuar con aparente paz, con calma, con cordura, pensar, hacerle frente a la situación e intentar remediar.
Si quedamos conscientes, no estamos malheridos y no tenemos la culpa, hacer todo lo posible para que intervenga la policía de caminos o la de tránsito. Si salimos responsables y hay terceros golpeados, prestar toda la asistencia humanitaria posible, jamás darnos a la fuga en virtud que eso acrecentará la pena, si tenemos un seguro de automóviles vigente, aunque sea uno mínimo de responsabilidad civil, llamar a la cabina de emergencia de la aseguradora que emitió la póliza, para que ellos a su vez, en el término de la distancia, envíen una unidad para que brinden toda la asistencia técnica y legal que el caso amerite.
     En el peor de los casos, preguntémonos, ¿Y ahora qué nos cabe esperar a la hora de un lamentable hecho de tránsito? Siempre hay tres escenarios posibles: La cárcel, el hospital o el cementerio. Víctimas y victimarios corren por igual la misma suerte, culpables o no culpables, inocentes peatones que estaban parados un “martes 13” en el lugar equivocado, un día equivocado, una hora equivocada…, y la situación se pondrá color de hormiga si no contamos con una economía sólida, contante y sonante a la hora del litigio; o, una póliza de seguros…
     De vida, para hacerle frente a las circunstancias desfavorables que dejó la muerte. Solo mediante el pago de una póliza de seguro de vida, muchas familias pueden mantenerse a flote. La viuda podrá contar con una renta que le permita sobrellevar la pena ante el infortunio de no contar ya con la presencia de aquel, que procuraba el sustento de su hogar, los hijos tendrán al menos una canasta básica vital en su mesa día a día, mes tras mes, año tras año; techo mínimo, abrigo, educación, instrucción, salud, seguridad y confort.
     De gastos médicos; para paliar las crisis económicas que se derivan después de una larga estadía en algún nosocomio, a consecuencia de una larga enfermedad, accidente, atentado, etc. Una póliza que cubra desde una consulta médica, hasta una intervención quirúrgica, pasando por todos los análisis y exámenes de laboratorio y dotación de medicamentos;  necesarios todos, para el restablecimiento de la salud.
     De automóviles; para resarcir el daño físico o material causado a terceras personas o a sus bienes materiales, así como el de ellos mismos. Robo del bien asegurado, pillaje, volcaduras y colisiones. Atención de emergencias en menos de lo que canta un gallo tartamudo; cómo pago inmediato en el lugar del accidente, fianza de excarcelación en caso de ser necesario, autorización de reparación en el lugar del accidente, rotura de cristales, grúa, asesoría legal las 24 horas del día, 365 días al año, que cubre asistencia en tribunales, Ministerio Público, cuerpos de policía de parte de profesionales del derecho, trámites ante el juzgado de asuntos municipales de tránsito, etc.
     En todas los márgenes de la vida, es mejor prevenir que lamentar. En ese sentido, resulta más práctico y menos oneroso asegurar. Solo así, podremos romper de un solo tajo el nudo gordiano ese, con que nuestras decisiones y malas prácticas nos atan por detrás.
Es de sabios entonces; hilvanar una cuerda de tres cabos que se entrelazan entre sí. Un seguro de vida, uno de gastos médicos y uno de vehículos automotores.  En cultura previsional, ese triduo de pólizas constituye esa <<cuerda de tres cabos que no es fácil de romper>> (Eclesiastés 4,12).
Ella nos dará la paz, la seguridad, y la tranquilidad mental que tanto anhelamos en este mundo posmoderno, en donde la mujer de la guadaña, pretende hacernos compañía, saliendo a nuestro encuentro de noche y de día…

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