Jlriveirof, OP
¿Miedo? … Dicen los biólogos que el miedo
acontece cuando el ser humano se ve sometido a fuertes tensiones o emociones;
trayendo consigo fenómenos de parálisis y detención del curso vital. Es posible
que el miedo a contaminarse de coronavirus; muchas personas hoy día, están
sufriendo más de lo necesario; y es razonable que tengan miedo. Sobre todo,
aquellas personas con mayor riesgo a perder la vida; como las que han pasado el
umbral de la tercera edad y que, en adición a sus años, tengan algún
padecimiento preexistente que eleve las posibilidades de un deceso.
Como bien sabemos; nada ocurre de la nada,
y en el caso particular de esta peste que amenaza con diezmar a los más vulnerables;
se puede presuponer una relación de causa y efecto; lo que en filosofía se conoce
como el principio de causalidad. Ya los científicos de la medicina nos han
explicado hasta la saciedad las causas de la peste y sus efectos adversos en
detrimento de nuestra humanidad; así como también los economistas, los efectos
devastadores de la economía y el fenómeno de escasez que puede ocurrir después…
Inmersos en el mundo ético, estético y el de la vida ordinaria; podemos contemplar dos
escenarios: personas individuales y jurídicas que sacan lo mejor de sí; y lo
ponen al servicio de la humanidad; y, las que sacan lo más nefasto de su pobre
inhumanidad y se sirven de los demás.
“¡Ve tu a saber!” …
Hemos visto como personal médico y
paramédico; bomberos, miembros de las fuerzas de seguridad (buenos y malos),
mal remunerados, por cierto, sacan las castañas al fuego, y se entregan con
aplomo y gallardía a servir a los pacientes. Mientras tanto; algunos
eclesiásticos en los países más afectados por la pandemia; el pánico los ha
paralizado, y por eso, solo se ofrecen para orar por los demás.
Ante esa realidad; “las manos
que ayudan son más nobles que los labios que rezan” como sabiamente dijo Robert
Ingersoll.
En tiempos de crisis; es en
donde demostramos de que madera estamos hechos; en consecuencia, es exigente que
toda esa clerecía siga el ejemplo de Su Santidad, el Papa Francisco; que no se
ha concretado únicamente en orar, sino también a salido a las calles, a visitar
a los enfermos a los hospitales y ha beneficiado al pueblo romano, uno de los
más afectados por la pandemia. Según lo explicita La Vanguardia, (EFE) el 26 de
los corrientes; cuando informaron que, el Sumo Pontífice donó treinta
respiradores a hospitales italianos y españoles, para paliar la crisis del
COVID-19. Cada respirador; según se dijo; tiene un costo entre 21,000 y 51,000
euros. En quetzales, ese valor representa aproximadamente, de doscientos mil a
quinientos mil por unidad.
Lo que si ya no se ve; ni en
esta ni en otras latitudes es; a hombres como el fraile dominico Martín de
Porres, que, en su tiempo, no solo ofreció su pan al hambriento sino también abrigo.
Se sabe desde antiguo que abrió su convento para dar posada al enfermo, al
pobre, al necesitado, al desvalido; a quienes cuido con suma diligencia en la
medida de sus posibilidades.
No digamos del santo cura Brochero, que, en
1867, durante la epidemia de cólera que azotó la Ciudad de Córdova y que segó
la vida de más de cuatro mil personas, se entregó en cuerpo y alma a atender a
todos los enfermos; sin temor a contagiarse. Sin embargo; ante su insistencia y
fogosidad por el evangelio, recorrió caminos distintos y distantes en las
serranías cordobesas y al final de sus días; la lepra lo infecto, porque
siempre estuvo al lado de los perecientes por esa dura y fea enfermedad.
La peste en ambos casos; no lo
paralizó; por el contrario, forcejeo con ellas con “brazo fuerte y mano
extendida.” Solo así; supo aligerar la carga y aliviar las penas de los infectados.
Ambas realidades; constituyen un ejemplo
insigne; para todas aquellas personas que son médicos de cuerpos y almas;
clérigos y pastores, para que en medio de la crisis que hoy nos amenaza; no
cesen en sus esfuerzos por cumplir con el ejercicio de su profesión. Sin temor
a contagiarse; como lo han hecho muchos héroes de bata blanca; en todas las
partes del mundo infectado por la peste, y que ya han traspasado el punto sin
retorno.
En contraposición; hemos sido testigos
oculares de como hienas rapaces, autodenominadas pastores, apóstoles o siervos
de Dios; sangran en tan alto el presupuesto de sus feligreses; atracandolos con
la exigencia del 10% de sus ingresos, ya sea en efectivo o en especie.
Es increíble; como en tiempo
de crisis; y apelando el nombre de Dios, ellos, amantes del diezmo, del engaño
y de la fanfarria espiritual, hagan negocio con la fe de los incautos.
Algunos han llegado al extremo
de anticipar que la peste ya está escrita y viene representada en uno de los
jinetes del apocalipsis; en cuya cabalgadura, vienen también las alforjas que desean
llenar.
En su afán insoslayable de hacerse
de mucho dinero, ofrecen una gracia barata a cielo raso, agüita mágica para la
desinfección de la peste, certificados para que no les de la enfermedad y,
hacer oración y ayuno por cuenta de terceros. Eso sí; siempre y cuando, los
cándidos borregos pongan a la vista, el depósito monetario en donde consta que
la ofrenda ha sido depositada.
Que parangón el que se puede hacer con la
experiencia apostólica de los verdaderos discípulos de Cristo. Aquellos que “no
trafican con la palabra de Dios y hablan con sinceridad, como enviados de Dios,
en presencia de Dios, y como miembros de Cristo” (2ª Corintios 2, 17); con ellos
que ofrecen a Cristo, por un puñado de pisto.
Ya Pablo lo hizo; cuando los “evangélicos” de su
tiempo, intentaron estafar a los corintios con espectáculos triunfalistas de
milagros, éxtasis y visiones inenarrables.
Muy afines a aquellas campañas de sanación, en donde los cabreros showman
invitan a los hermanos legos para que paren de sufrir, corriendo por su milagro
a esas noches de gloria, para que vivan después otra realidad.
Antes de que baje el telón;
las diversas galimatías y trabalenguas evidencian que todos están bajo la
cobertura del Espíritu Santo; entonces; el ciego ve, el cojo camina, el
paralítico levanta su camilla y anda y el sisiflís del gay se crispa, ¡ja! … el
fraude, está consumado.
Mientras todo eso ocurre debajo del sol;
que lento pero seguro le da paso a la negra noche; las esperpénticas
declaraciones en cadena por radio y televisión, de parte del capataz de este
feudo, infieren que ya son treinta y ocho personas las infectadas por la peste;
mientras tanto; la peste "sin prisa pero sin pausa" sigue su andadura en la búsqueda de algún “pelón de hospicio”
en virtud que; al señor feudal, sus adláteres y achichincles de turno; el
dinero propio y el ajeno, según ellos los hace inmunes…
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