lunes, 30 de marzo de 2020

Ahí viene la peste…



Jlriveirof, OP
     En estas o parecidas palabras cuenta una historia que; en cierta ocasión, la peste iba en tránsito hacia la Ciudad de Calcuta. En su camino se encontró con un transeúnte quien le pregunto:  ¿A dónde vas? Ella le contestó -a Calcuta ¿a qué vas? -a matar a mil ciudadanos… cuando la peste venía de regreso cumplida su misión se encontró de nuevo con  el caminante, quien le increpó: - ¿no que solo mil? -Andan diciendo por ahí que fueron cien mil, - ¡ah no! contestó la peste-, -yo cumplí con mi palabra, -solo maté a mil, el resto se murió del miedo…
    ¿Miedo? … Dicen los biólogos que el miedo acontece cuando el ser humano se ve sometido a fuertes tensiones o emociones; trayendo consigo fenómenos de parálisis y detención del curso vital. Es posible que el miedo a contaminarse de coronavirus; muchas personas hoy día, están sufriendo más de lo necesario; y es razonable que tengan miedo. Sobre todo, aquellas personas con mayor riesgo a perder la vida; como las que han pasado el umbral de la tercera edad y que, en adición a sus años, tengan algún padecimiento preexistente que eleve las posibilidades de un deceso.
     Como bien sabemos; nada ocurre de la nada, y en el caso particular de esta peste que amenaza con diezmar a los más vulnerables; se puede presuponer una relación de causa y efecto; lo que en filosofía se conoce como el principio de causalidad. Ya los científicos de la medicina nos han explicado hasta la saciedad las causas de la peste y sus efectos adversos en detrimento de nuestra humanidad; así como también los economistas, los efectos devastadores de la economía y el fenómeno de escasez que puede ocurrir después…
     Inmersos en el mundo ético, estético y el de la vida ordinaria; podemos contemplar dos escenarios: personas individuales y jurídicas que sacan lo mejor de sí; y lo ponen al servicio de la humanidad; y, las que sacan lo más nefasto de su pobre inhumanidad y se sirven de los demás.
“¡Ve tu a saber!” …
      Hemos visto como personal médico y paramédico; bomberos, miembros de las fuerzas de seguridad (buenos y malos), mal remunerados, por cierto, sacan las castañas al fuego, y se entregan con aplomo y gallardía a servir a los pacientes. Mientras tanto; algunos eclesiásticos en los países más afectados por la pandemia; el pánico los ha paralizado, y por eso, solo se ofrecen para orar por los demás.
Ante esa realidad; “las manos que ayudan son más nobles que los labios que rezan” como sabiamente dijo Robert Ingersoll.
     En tiempos de crisis; es en donde demostramos de que madera estamos hechos; en consecuencia, es exigente que toda esa clerecía siga el ejemplo de Su Santidad, el Papa Francisco; que no se ha concretado únicamente en orar, sino también a salido a las calles, a visitar a los enfermos a los hospitales y ha beneficiado al pueblo romano, uno de los más afectados por la pandemia. Según lo explicita La Vanguardia, (EFE) el 26 de los corrientes; cuando informaron que, el Sumo Pontífice donó treinta respiradores a hospitales italianos y españoles, para paliar la crisis del COVID-19. Cada respirador; según se dijo; tiene un costo entre 21,000 y 51,000 euros. En quetzales, ese valor representa aproximadamente, de doscientos mil a quinientos mil por unidad.
     Lo que si ya no se ve; ni en esta ni en otras latitudes es; a hombres como el fraile dominico Martín de Porres, que, en su tiempo, no solo ofreció su pan al hambriento sino también abrigo. Se sabe desde antiguo que abrió su convento para dar posada al enfermo, al pobre, al necesitado, al desvalido; a quienes cuido con suma diligencia en la medida de sus posibilidades.
 No digamos del santo cura Brochero, que, en 1867, durante la epidemia de cólera que azotó la Ciudad de Córdova y que segó la vida de más de cuatro mil personas, se entregó en cuerpo y alma a atender a todos los enfermos; sin temor a contagiarse. Sin embargo; ante su insistencia y fogosidad por el evangelio, recorrió caminos distintos y distantes en las serranías cordobesas y al final de sus días; la lepra lo infecto, porque siempre estuvo al lado de los perecientes por esa dura y fea enfermedad.
La peste en ambos casos; no lo paralizó; por el contrario, forcejeo con ellas con “brazo fuerte y mano extendida.” Solo así; supo aligerar la carga y aliviar las penas de los infectados.
     Ambas realidades; constituyen un ejemplo insigne; para todas aquellas personas que son médicos de cuerpos y almas; clérigos y pastores, para que en medio de la crisis que hoy nos amenaza; no cesen en sus esfuerzos por cumplir con el ejercicio de su profesión. Sin temor a contagiarse; como lo han hecho muchos héroes de bata blanca; en todas las partes del mundo infectado por la peste, y que ya han traspasado el punto sin retorno.
  En contraposición; hemos sido testigos oculares de como hienas rapaces, autodenominadas pastores, apóstoles o siervos de Dios; sangran en tan alto el presupuesto de sus feligreses; atracandolos con la exigencia del 10% de sus ingresos, ya sea en efectivo o en especie.
Es increíble; como en tiempo de crisis; y apelando el nombre de Dios, ellos, amantes del diezmo, del engaño y de la fanfarria espiritual, hagan negocio con la fe de los incautos.
Algunos han llegado al extremo de anticipar que la peste ya está escrita y viene representada en uno de los jinetes del apocalipsis; en cuya cabalgadura, vienen también las alforjas que desean llenar.
En su afán insoslayable de hacerse de mucho dinero, ofrecen una gracia barata a cielo raso, agüita mágica para la desinfección de la peste, certificados para que no les de la enfermedad y, hacer oración y ayuno por cuenta de terceros. Eso sí; siempre y cuando, los cándidos borregos pongan a la vista, el depósito monetario en donde consta que la ofrenda ha sido depositada.
     Que parangón el que se puede hacer con la experiencia apostólica de los verdaderos discípulos de Cristo. Aquellos que “no trafican con la palabra de Dios y hablan con sinceridad, como enviados de Dios, en presencia de Dios, y como miembros de Cristo” (2ª Corintios 2, 17); con ellos que ofrecen a Cristo, por un puñado de pisto.
 Ya Pablo lo hizo; cuando los “evangélicos” de su tiempo, intentaron estafar a los corintios con espectáculos triunfalistas de milagros, éxtasis y visiones inenarrables.  Muy afines a aquellas campañas de sanación, en donde los cabreros showman invitan a los hermanos legos para que paren de sufrir, corriendo por su milagro a esas noches de gloria, para que vivan después otra realidad.
Antes de que baje el telón; las diversas galimatías y trabalenguas evidencian que todos están bajo la cobertura del Espíritu Santo; entonces; el ciego ve, el cojo camina, el paralítico levanta su camilla y anda y el sisiflís del gay se crispa, ¡ja! … el fraude, está consumado.
     Mientras todo eso ocurre debajo del sol; que lento pero seguro le da paso a la negra noche; las esperpénticas declaraciones en cadena por radio y televisión, de parte del capataz de este feudo, infieren que ya son treinta y ocho personas las infectadas por la peste; mientras tanto; la peste "sin prisa pero sin pausa" sigue su andadura en la búsqueda de algún “pelón de hospicio” en virtud que; al señor feudal, sus adláteres y achichincles de turno; el dinero propio y el ajeno, según ellos los hace inmunes…
   
    

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