Jlriveirof, OP
Rindo pues merecido homenaje a
mi loable establecimiento, cuna de todos los saberes, por todas las vivencias y
las ciencias acrisoladas tanto en mi formación básica como diversificada, hasta
mi egreso en 1979, con el título de Maestro de Educación Primaria Urbana, bajo
el brazo.
El Emilio, como le llamábamos
los de mi generación, aquella generación fortificada en las costumbres bien
arraigadas de los nacidos durante el baby boom; y que, en consecuencia, nos hacen
parecer en mucho al Emilio de Juan Jacobo Rousseau, por la independencia de
criterios que nos enseñaron a exponer y defender nuestros mentores, con
claridad y con vigor.
Agazapado en ese pensamiento, y dividiendo
el tiempo que estuvimos en el Emilio, como Rousseau, dividió su Emilio en partes,
dedicados a la infancia de su protagonista, se puede aseverar que las grandes
mayorías de estudiantes nos transformamos ahí, pasando de la niñez a la adolescencia,
hasta que muchos nos convertirnos en hombres y mujeres de buena voluntad y
aprendimos a ser humanos, que, según Rousseau, es la primera obligación de todo
estudiante.
En esa enseñanza-aprendizaje,
llegamos a contemplar la naturaleza en todo su esplendor, en virtud que el
campus en donde me toco compartir esa experiencia, tenía amplios jardines,
arboleda, un cerro que dicho sea de paso era el lugar de las escapatorias o
alguna que otra cita para cortejar a más de alguna amada, o para que los más
“machitos” se dieran de golpes por algún problema que no se pudo conciliar con
el diálogo.
Pues bien, en ese frío y verde
entorno muchos “endurecimos” nuestras enclenques osamentas, según la propuesta
de Locke de “endurecer los cuerpos contra los rigores del clima”, un clima que,
en los años 70, eran fríos y tendidos sus inviernos, de ahí que en ese tiempo
se decía que, en Cobán llovían trece meses al año.
De esa suerte, y fusionando el
pensamiento con el de Rousseau, nuestros catedráticos intervinieron para crear
las circunstancias favorables que mejor respondieran a nuestras muy
particulares actividades como alumnos de ese templo del saber, que muchas
décadas después, aún le llamamos cariñosamente, el Emilio.
De nuestras clases, la de moral y ética
profesional siempre es motivo para recordar a quien “sentaba cátedra” sobre el
tema en cuestión, alguien que jamás pudo ser mesurado. Que para justificar su
causa nos decía “no hagan lo que yo hago, sino lo que digo”. Quizás por ello, su
arte de enseñar no era libre, estaba atado a unas duras y pesadas cadenas que
no le permitían la libertad de su cátedra. Como el avestruz, siempre agachapa
la cabeza, a pesar de tenerla bien amueblada de saberes.
Parafraseando a Château,
podría decir hoy, que la vida de nuestro maestro de moral, como sujeto de
estudio es hasta el día de hoy un material didáctico muy ilustrativo y útil
para aprender a ser y hacer en todos los tiempos. Para saber lo que es bueno y
malo, agradable y perfecto…
De nuestra clase de filosofía, los
incorregibles, aquellos que aprovechábamos cualquier manifestación o asueto
obligatorio para “abrir la puerta a los vicios” y darnos cita ya no donde doña Cotorra,
como lo hicieron las primeras generaciones de estudiantes, sino a la Tienda del
estudiante, adyacente al Emilio, ahí, al calor de los espirituosos, nos dábamos
a la tarea de filosofar sobre temas coyunturales, corregíamos el rumbo del mundo a diestra y
siniestra, visualizábamos los porvenires, y así de cerveza en cerveza
con un huevo de gallina criolla hasta el fondo del vaso, casi siempre robados, sacábamos textos filosóficos de su contexto y
empinábamos el codo “hasta ver a Cristo” o hasta que Valerio o el abuelo Rossi
llegaban a tocarnos la retirada, amenazándonos con ir a quejarse con el
director.
En cada libación, levantábamos
un acta, para recordar cada una de nuestras reuniones del seminario, en donde
teníamos que elaborar una para dejar constancia de todo lo realizado.
Iniciábamos en el mismo lugar y fecha relacionada al principio de la misma,
pero en más de los casos la concluíamos en otro lugar, de cuyo nombre no debo
acordarme, parafraseando a don Quijote, y muchas horas después de su inicio.
Como el ser humano es bueno por naturaleza, afirmaba Rousseau, esos pasajes de
la tienda del estudiante no viciaron nuestra vida, y al egresar de ese egregio
establecimiento, esa puerta quedó cerrada de una vez y para siempre.
En
el Emilio nos dejaron ser y hacer. Nos enseñaron a seguir el orden de las
cosas, aprendimos a hacer, obedeciendo. Las cátedras no eran un monólogo,
siempre el mentor forzó para que la inteligencia saliera de “la caverna”, como
bien nos decía el catedrático de filosofía, como condición sine
qua non para alcanzar la edad de la razón, según él.
De nuestra clase de Literatura Universal,
de mi catedrático aprendí a amar las letras, a conjugarlas, a preciarlas, a
encontrarles un lugar en el mundo, para que hilvanadas una tras otra, no
tuvieran límite. El único límite decía, es aquel que uno le pone a su mente.
Con el conocí a Tolstoi, Sarmiento, Cervantes, Boccaccio, Homero, Guiraldes, Virgilio,
Hesse, etc. Aprendí que al leerlos era como estar platicando con los hombres
más sabios que me antecedieron, tal y como lo acuñó Descartes.
Del Emilio Salí, pero
él jamás salió de mí, aun recuerdo con cariño a todos mis amigos y compañeros
de estudio, a mis catedráticos con especial afecto por todas las cosas buenas
que me enseñaron, tanta vivencia compartida, tantos divertimentos juntos.
El Emilio fue partera de otros
pensamientos, ideas y creencias, una nodriza que me educó, el ayo que me
custodió, y el maestro que me enseñó…
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