viernes, 18 de noviembre de 2022

La oreja de Otto


     En las postrimerías de los años 80, fui conducido a los separos policíacos de la Villa de San Cristóbal Verapaz, presuntamente por alterar el orden público en las inmediaciones del parque central, en horas de la noche, bajo los efectos del sagrado b'oj, la cebada, el maguey, la uva o el anís, no recuerdo que bebidas espirituosas había ingerido, lo que si se es que iba con sabor a b'oj.

Sin embargo, debo aclarar que no perturbé el sueño de los villanos, finamente me fue tendida una trampa hilvanada por el dueño de un antro dedicado al tráfico galante a las orillas de la laguna, a quien fustigaba y aplicaba de forma asidua el código de sanidad en mi carácter de inspector de saneamiento ambiental, por no reunir el prostíbulo en mención, la más mínima norma de salubridad para poder funcionar.

Una porqueriza era más limpia que "Las brisas del lago" y sus dulcineas.

La trampa fue urdida en insensato contubernio con los chontes del lugar, en cuyos uniformes se leía la frase "Semper Fidelis", y como no sabían latín, apenas español, jamás fueron fieles a su misión...

     Al llegar a la gendarmería, un sargento con prominente abdomen, a quien le faltaba el botón del centro de la camisa, rostro brilloso y cachetón que se presentó cómo el jefe de la sub estación sancristobalense, me interrogó con tono amenazante. —¿Quién putas sos vos? —me dijo—; dándole mi nombre de pila, y como un añadido le dije —soy sobrino del gobernador de Alta Verapaz, el Señor Haroldo Zea Ligorría.

 —Ja, ja, ja..., Sonó estertórea la carcajada fingida del polizonte, un gallo tartamudo con influenza y viruela habría cantado mejor.

 —A poco dirás qué también el presidente es tu pariente..., ni bien había terminado de vociferar y me mandó a pernoctar a la mazmorra del lugar.

     La noticia de mi aprehensión ilegal llegó a oídos de don Valerio Botzóc, enfermero del centro de salud, que inmediatamente me buscó y por encargo se trasladó a Cobán a buscar al tío Haroldo que vivía en un apartamento contiguo a lo que hoy es la cárcel de mujeres, le dio la noticia e inmediatamente le dio la orden al jefe de la policía de Cobán para que en el término de la distancia me dejarán en libertad.

 —Patojo pisado —me dijo—, —porque no te explicaste bien, por tu culpa me van a trasladar a Chahal. (Chahal era en aquel tiempo lo que Siberia en tiempos de Stalin).

—Te salvaste que los presos te usarán de cantimplora, de lo que si no te salvaste ja, ja, ja, ja, es que te mordieran la oreja antes de salir.

 Y en efecto, uno de los reclusos que me exigió talacha para no chapalear heces fecales, previo a salir de ahí, con un colmillo dracúleo casi me horadó el pabellón de la oreja izquierda.

Hasta ahí me contó el sargento en jefe que, los presos tienen una antigua tradición que consiste en que, cada vez que alguien sale a las pocas horas de haber entrado a prisión, le muerden la oreja para que delincan fuera y regresen pronto a la cárcel.

 No dilucidare más sobre este tema por no ser su asunto el fin de este post, solo rescataré la mordida de oreja a manera de ritual...

     A expensas de esa manera prensil, dejo como constancia la fotografía de abajo, en virtud que, cada vez que vamos a un viaje internacional otorgado por la compañía aseguradora en dónde nos desempeñamos, a imitación de los presos aludidos, le mordemos la oreja al compañero que se ha hecho acreedor a ese viaje con todo pagado, por cierto, para que su primer viaje no sea "debut y despedida" sino un viajero frecuente en los próximos años.

     En este caso particular le dimos mordida doble a nuestro compañero de trabajo Otto, frente a los vestigios arqueológicos de la Quinta de San Pedro Alejandrino, ubicada en Santa Marta, Magdalena, Colombia.

     Ya de regreso al país y al trabajo me acabo de percatar que, Otto está a paso de perico para viajar nuevamente el año que viene y, en virtud del Ballarat y el Bendigo que tiene en las entrañas, va de victoria en victoria y, más la mordida de orejas recibida, este fue su primer viaje entre muchos que quedarán consignados en los anales de la empresa.

Con la oreja magullada Otto, vamos para adelante...

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