jueves, 26 de enero de 2023

El jaguar

   


 En diciembre del 2021 en compañía de mi hijo José Luis visitamos las ruinas de Tikal, y a la entrada de ese sitio arqueológico nos detuvimos para ver en tiendas y estantes del lugar, las diferentes artesanías que los comerciantes venden a propios y extraños.  Aparté la cara de un maya con la piel de un jaguar como turbante labrada en madera preciosa, misma que pasé recogiendo al final de nuestro paseo por el parque, al caer la tarde.

Mientras el tendero envolvía la efigie en cuestión, me iba relatando porque la figura del jaguar es icónica en El Petén, misma que cuento tal y como él me la contó y, como a él se lo contaron de forma generacional sus ancestros mayas. Mientras enarcaba una ceja y adoptaba un tono grave de voz me dijo que, el jaguar en aquel tiempo era un animal orgulloso, jactancioso y pretencioso y, que no era pinto como ahora, sino amarillo de una sola tonalidad.

     En su afán de creerse superior por su corporalidad, agudeza y sagacidad, el jaguar vivía humillando al resto de animales que compartían hábitat en las sabanas peteneras con él, a quienes exigía pleitesía y humillaba con asiduidad...

      Los monos que siempre se han creído más inteligentes inclusive de sus descendientes, no estaban de acuerdo con esa manera de ser y hacer de parte del jaguar y, al ser más números y bulliciosos lo atacaron en manada, disparándole al unísono chicozapotes sobre su felina corporalidad. Fue así como cambio de color y quedó pinto de una vez y para siempre con la explosión de la fruta madura que le fue arrojada.

     Herido en su dignidad más que en su corporalidad, el jaguar bramó y clamó al cielo, habiendo sido escuchado por una de las deidades que, en su auxilio bajó. Fue Kukulkán quien lo escuchó y también quien puso enemistad entre los simios y los jaguares, diciendo a los primeros que a partir de ese momento serían alimento del jaguar y que, si querían conservar la vida, debían permanecer en la copa de los árboles, so pena de desobedecer, ser degustados por el enorme felino.

     Es por eso que, cada vez que se escuchan los alaracos de algún mono aullador sobre la copa de los árboles, es porque han divisado a algún jaguar y con su alarido previenen a los que están cerca y estos a su vez, a los demás, hasta hacer una cadena sin fin de alaridos que salen de las entrañas de nuestros parientes lejanos, los simios,  hasta perderse en el infinito de ese mundo del misterio verde, como le llamó Virgilio Rodríguez Macal, a la sempiterna selva petenera.

Jlriveirof

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