Mi tío materno Hermógenes (+), se convirtió en mi padrino al haber aceptado el reto propuesto por mis padres, a quienes acompañó a la Iglesia Catedral de Santo Domingo de Guzmán, ubicada en el centro histórico de Santo Domingo de Cobán, Guatemala, Centroamérica, para que mi hermana Ruth y yo, recibiéramos las aguas bautismales cuando nos llegó el tiempo para ese sacramento.
Como era normal, usual y
acostumbrado en todas las épocas, la Iglesia de mi ciudad natal como todas las
demás, está ubicada a un costado del poder temporal: ayuntamiento y palacio de
gobernación.
Cuando nos llegó la razón y
empezamos a decir nuestras primeras palabras, sustituimos su nombre o su título
de tío por el de padrino y, a imitación nuestra, todos sus sobrinos le
empezaron a llamar “padrino”, aunque no lo fuera, sacramentalmente hablando.
Por antonomasia entonces, cuando
alguien preguntaba por él o le llamaban ya no le decían tío o Moge, sino
padrino, así fue reconocido por todo el clan familiar y así es recordado hasta
el día de hoy, al haber sido sustituido su nombre de pila.
En virtud de sus andanzas al
estilo de la vieja usanza vaqueril, fue apodado Pecos Bill por mi abuelo; su
padre, de quien heredó el nombre y todo cuanto sabía de agricultura, ganado vacuno,
caprino, porcino y caballar, así como a administrar fincas.
Pecos Bill, un mote que le
vino como anillo al dedo, cuando a todo galope con dos o tres “alipures” como
él les llamaba a las bebidas embriagantes, atravesó de cabo a rabo la calle
Chiú sur, montado en su yegua jalapeña Bailarina o Señorita creo que se llamaba,
no recuerdo bien el nombre.
Como huyendo de un fuerte
aguacero que se avecinaba y que ya venía pisándole los talones, se aferró a su
cabalgadura. El clac, clac, clac del andar de su jumento y la ji, ji, ji del
relinchar, se oía desde que cruzó el barrio San Juan Alcalá hacía la calle Chiú.
Cuando nos vio parados debajo del dintel de la puerta principal de la vieja
casona de mi abuelo, desaceleró el paso de la yegua alzando el freno, se quitó
el sombrero, en la comisura de los labios llevaba un cigarro más torcido que la
cola de una iguana, hizo que la yegua relinchara y se parara en dos patas, se
quitó el sombrero en señal de respeto,
hizo una genuflexión hacía su padre y hundió las espuelas en los ijares de la
pobre yegua que lo transportaba, logrando que plañidera, corcoveara y, disparatada se pusiera en camino
tirando coces a diestro y siniestro.
“Se va a romper la madre este
hijo de cien mil p…,” chistó mi abuelo, cuando vio cómo se resbalaron
las patas traseras al rosar las herraduras recién cambiadas en el taller Casado
que aún queda por la calle del antiguo estadio Verapaz, hoy José Ángel Rossi, con
las piedras mojadas por el chipi chipi de antaño, en esa calle que, en ese
tiempo era muy parecida a las calles de la Antigua Guatemala.
En ese trance el padrino
embistió a todo lo que encontró, cual ánima del purgatorio se aventó dando
rienda suelta al semoviente y a todo galope desapareció de nuestra presencia, pasó
el puente Chiú con la esperanza de transmontar los potreros que hoy ocupan Residenciales
Imperial y Buena Vista, hasta perderse en el atardecer de la tarde fría y sombría
de un mes de diciembre de un año cualquiera de nuestro Señor.
De mi abuelo; el padrino aprendió a no
pedir nada y a no morir de hambre. Hacía de todo lo que dignificará al hombre.
Cuando por alguna razón se encontraba temporalmente desempleado, se dedicaba al
negocio de la venta de caballos, machos, yeguas y burros. En consecuencia,
recorrió aldeas, caseríos, montes y ciudades, haciendo periplos desde la Ciudad
de Jalapa, hasta Cobán, transitando por caminos y veredas inciertas de
herradura.
En repetidas ocasiones
encabezó la expedición su mariscal de campo, el famoso Chico Méndez, un vejete,
bajo de estatura, encorvado, de ojos claros, que como todos los vaqueros éste
era bastante fanfarrón, (decía que en Jalapa hasta los chuchos eran de ojos zarcos),
montado en un caballo percherón, usando un sombrerón que cobijaba su escuálida
figura, investido de una falsa envergadura, se creía Clint Eastwood portando en
el cinto una pistola más grande que sus extremidades inferiores.
Remontando el pensamiento a los tiempos idos, concretamente a finales de los años setenta del siglo pasado, cuando en las proximidades de las ferias de Carchá y Cobán; mi finado primo Willy Ramírez Barrios (hijo de Enrique Ramírez Fernández), mi primo hermano Moge Fernández García, Paco mi hermano, que también ya duerme el sueño de los justos y yo, éramos ascendidos por el padrino a lugartenientes, en su ausencia claro está y, montados a puro pelo y gamarrón por freno, lo acompañábamos a ambas celebraciones para vender su recua de machos, mulas, burros y caballos; no sin antes haber recibido una capacitación a puro troche y moche, iniciando con lo más básico, con el léxico florido del padrino de aquel lejano tiempo: - “Nunca te pongas detrás de una mula porque no es tu nana”, “nunca te pongas delante de un macho serrano porque no es tu tata”, ”por la izquierda se monta un caballo pisado, no por la derecha, no es tu traida para que lo hagas por cualquier lado”.
Al final de la jornada tenía
listas unas candelas de cebo que daba a cada uno, para frotarlas en las
magulladuras que se formaban en el sisiflís como consecuencia de montar a puro
pelo, que mantilla ni que montura, esa estaba reservada para él.
También nos enseñó a calcular
la vejez de un penco por la apariencia del java (gingivopalatitis o
palatogingivitis), o por la caída de las criadillas, cuando éstas estaban muy
caídas casi al ras de los tobillos decía que, el jumento era más viejo que su
dueño y así, aprendimos a montar y a arrear patachos.
Era espléndido en dar y darse a los demás,
llegado el tiempo de las navidades, a diferencia de Ebenezer Scrooge, nos
visitaba y nunca llegaba con las manos vacías, siempre llevaba consigo más de
algún regalo, igual que para el tiempo de los cumpleaños, al extremo que, cuando cumplí mis quince primaveras, muy de
mañana llegó a visitarme para felicitarme, me mando asearme, a echarme loción
aunque sea “siete machos” – dijo-, a ponerme mi mejor estreno y alguna vaselina
“Flor de Paris” en el pelo, me llevó con
él …, una sonrisa maliciosa surcaba su cara
de oreja a oreja, hasta parecía que le salían cachos.
Es evidente que, con la
suficiente antelación él ya había maquinado lo que me regalaría para esa
ocasión. Llegamos a una casa campestre de balcón, sumergida entre cafetales y
pacayales, que hacían sombra al visitante, la alumbraba una luz mortecina,
olorosa a tabaco y bebidas espirituosas, al fondo se oía una vieja canción de
principios de los años 60, con cierta ortodoxia me dio su bendición en el momento mismo en que me lanzaba
a los brazos de una fémina, con
apariencia monjil y austeridades conventuales que me esperaba, por el acento de
su voz intuí que no era connacional, a pesar que aparentaba ser menor de edad, resulto
ser más astuta que la vulpeja, risueña
en extremo, me dijo llamarse no sé, no lo recuerdo, solo oí que él la llamo
chiltepito. Fue así como un 30 de septiembre de un año cualquiera del siglo
pasado, perdí la inocencia …
Sin duda alguna estará sentado sobre algún
jumento a horcajadas y riendo a carcajadas, se estará echando unas arrechadas
de vaqueros, como fue su inveterada costumbre...


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