El reloj daba las tres con treinta minutos de la mañana de un día cualquiera en Ciudad de Salamá, cuando enojoso y presuroso lo alcancé para ver la hora, después que un gallo impertinente que cantaba intermitente me despertó de un caluroso y agitado dormitar. Alguna luz que se encendió sin duda en alguna vecindad del lugar en donde pernoctaba, lo obligó a cantar, según la naturaleza de los gallos, que lo hizo anticiparse para anunciar la alborada del nuevo día que aún no nacía sobre el Valle de las Rosas o de Salamá, en cuyo suelo suele darse exuberantes y hermosas rosas, entre cactus, suculentas y otras flores exóticas …
Malos pensamientos pasaron de repente por
mi mente, retrotrayéndome a tiempos pretéritos, particularmente a la vieja
casona de mis abuelos maternos, cuando la Lolis, mi abuela (QEPD), agarraba un
gallo después de engañarlo con maíz, algunas sobras del desayuno y en pleno
sobijeo le hacía creer que, cariño le hacía y, mientras se
apaciguaba entre sus brazos el engañado animal, le retorcía el pescuezo y al
rato, desplumado hervía entre chicha y
no sé cuántas más yerbas, para servirlo
a la hora del almuerzo.
También lo imaginé en crema con loroco,
luego recordé que esa era la comida predilecta de los mafiosos en tiempos del
bufón que hizo de casa presidencial su circo y, de inmediato lo descarté. Para
conciliar el sueño de nuevo. En vez de contar elefantes, ovejas, abejas o
cualquier otro animal de forma mental, mejor me puse a barajar algún ensayo que
leí alguna vez, entre algunos, sobre zooética; que no trata de la moral y la
ética que los animales pudieran tener como muchos suelen creer, sino sobre las
diferentes perspectivas éticas que nosotros, los animales superiores, debemos
tener con respecto a esos nuestros hermanos inferiores.
Entonces, otro escenario se me
presentó, que me permitió descartar ipso facto, ensañarme de pensamiento,
palabra u obra contra el pobre gallo madrugador.
Otra fue la suerte que corrió un infeliz
zancudo picudo que, pretendía chupar sangre donde no debía, lo perseguí por la
habitación hasta que, de un solo librazo, lo plasmé en la pared.
Dormité de nuevo y al hacerlo
soñé o imaginé que, estaba en uno de los jardines del Olimpo y que, algún dios
había convertido a una de las rosas que abundaban en el vergel en ninfa, excitado, sudoroso y presuroso desperté y ve, no había tal rosa metamorfoseada en ninfa
sobre mi lecho de helechos, sino tres almohadas las que se hallaban entre mis pertrechos …
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