Proverbio africano
Jlriveirof, OP
“Sos un gato, no tenés nada de
personalidad”, dijo la “brujer” alebrestada y encalambrada, cuando en calidad
de pretendiente quise visitar a su hija en casa y no en callejones como era, es
y será la costumbre.
¡Ipso facto! Vedo
el consentimiento a un amorío de estudiante, en aquel invierno evanescente de
un año cualquiera de nuestro Señor, evidenciando a todas luces que, ella no
tenía la inteligencia sentiente que, nosotros teníamos de más.
La frase resonó estrepitosa cuando la
vizcarra de forma caprichosa y maliciosa la utilizó como un dardo venenoso y de
forma peyorativa contra mi humanidad. El castigo que ambos le impusimos fue,
jugarle la vuelta a horas y deshoras…
Pues bien, utilizaré la palabra gato para
abrir el paso, y de paso hilvanar otras ideas respecto de la palabra en
cuestión.
La misma es utilizada en
diferentes contextos, como, por ejemplo, para referirse a una persona que, por
diferentes motivos no sale de su zona de confort, no planea, no ejecuta, no
tiene objetivos inteligentes, ni estrategias, ni valores, ni una visión del
futuro, mucho menos una misión coherente que, en consecuencia, no alcanza el
tan anhelado éxito en el mundo de los negocios.
Simple y llanamente un gato es
alguien que, carece de todas las respuestas a interrogantes existenciales y
que, jura y perjura que “el trabajo es tan feo que hasta pagan por hacerlo”, o
que, “es la raíz de todos los males”, entre otros absurdos…
En Guatemala y otras partes de LATAM se
utiliza para adjetivar a una persona que vende su trabajo por un mísero
salario, en condición de subordinación y explotación, en donde el monto de sus
emolumentos no alcanza ni siquiera para cubrir el presupuesto familiar.
En el contexto carcelario, el abogado
Leandro Alperín, experto en sistemas carcelarios, dijo al diario argentino La
Nación el 7/4/17 que, se le llama gato al sirviente de todos, al lavaplatos, al
que hace los oficios más viles, es aquel que es abusado y pisoteado en sus
derechos humanos. Es quien tiene la última posición en el pabellón de ese
submundo que son las cárceles en todo el mundo.
En un contexto laboral, y dándole
interpretación al preámbulo introductor, el gato representa lo que muchas
personas conformistas, pusilánimes y mediocres son ahora. Aquellas que, están
satisfechas en el sopor de la complacencia, aquellas que, están conformes
conduciendo carritos de calesita sobre los rieles que otros construyeron sin
mejorarlos, aquellas que, tienen por costumbre echar culpas de su propia
mediocridad a otras personas, aquellas que, tiran la piedra y esconden la mano,
entre un rosario dé etcéteras…
Ahora bien, “ser gato” en el léxico que
atrae nuestra atención, no es un imperativo que rija el comportamiento de las
personas en todas las aristas de su vida. Cuando alguien no está conforme con
ser gato y quiere metamorfosearse en león, debe entrar en un minucioso proceso
de reflexión y tomar una elección que marcará el resto de su existencia y a su
núcleo familiar y social.
Primero: debemos dejar de perseguir ratas
y perder el apetito por ellas: las ratas simbolizan las bajas pasiones, los bajos
instintos, malos hábitos que practicamos, las cosas que postergamos, las metas
que ofrecemos y no alcanzamos, los vicios que roen el alma, rompen las sanas
relaciones interpersonales y matan la fe, la esperanza y el amor. Son las
contiendas, la insana competencia, las envidias, aquellos viejos paradigmas que
ya son irresolubles e impracticables para explicar la realidad, son las
ataduras que nos anclan a un pasado sin sentido, inútil y tortuoso que hay que
olvidar y dejar atrás.
La rata persigue ratas y vive
inmersa en la carrera de la rata, aquella carrera que Robert Kiyosaky y Sharon
Lechter, mencionan en su obra Padre Rico, Padre pobre.
Segundo: al ser la figura del león un
símbolo de poderío, para crecer y ser como él se deben cambiar los viejos
hábitos que constituyen un lastre. En primera instancia, dejar de perseguir
todas las ratas mencionadas en el párrafo anterior, dejar de tener pensamientos
limitantes que coartan nuestra libertad de acción y locomoción, los vacíos
existenciales son un fiasco, ser autodidacta, tener pensamientos positivos y
hacernos preguntas poderosas, solo así podremos salir de las mesetas en donde
los pusilánimes construyen su refugio.
En otras palabras, para transformarnos en
un león, hay que “matar nuestra vaca”, y soltar todo el lastre que nos impide
alcanzar el nivel de vida que realmente queremos obtener, en dejar de ser
rémoras, cavar en el interior de nuestro propio pozo, porque solo ahí
encontraremos el Ballarat y el Bendigo que necesitamos para salir de las
diferentes pobrezas que el destino nos pone por delante.
El que con ratas se junta,
rata se queda. El que entre leones anda, aprende de ellos…
A tenor de lo expresado, decidí hace mucho
tiempo ya, dejar la carrera de la rata, ¿y usted? …

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