lunes, 15 de septiembre de 2025

El Emilio y algunos divertimentos

 


   Cursábamos sexto magisterio, cuando en la Sección “B” del glorioso Instituto Normal Mixto del Norte, Emilio Rosales Ponce, al estilo de Nerón Claudio César Augusto Germánico, emperador de Roma, propicié la quema de unas cortinas viejas, raídas y descoloridas que afeaban nuestra sección, mientras en el aula de música, tocaban la lira.

     Como castigo a tal atentado contra los bienes del estado y para no ser expulsado en mi último año, previo a obtener el título de Maestro de Educación Primaria Urbana, fui enviado por el profesor guía del seminario (Macario le decíamos), al lugar más remoto del municipio de Chahal, a una aldea llamada Cantutú, que distaba del centro de San Agustín, a unas seis horas de distancia, a puro golpe de calcetín, es decir, totalmente a pie. No solo llegar a la cabecera municipal de Chahal en la década de los 70 era toda una odisea, no digamos transitar a pie hasta dicha aldea.

     Previo a mi entrada triunfal al Chahal antiguo, mi tía Thelma Fernández Ligorría me había conseguido posada en casa de su suegra, doña Luz Molina de Flores (+), quien generosamente me acogió en su morada y al día siguiente gestionó en la municipalidad de la localidad, un guía oriundo del lugar, para acompañarme hasta la micro región de Cantutú, como suelen llamarle ahora.

     En la tarde noche del día de mi llegada, fui al parque central, luces mortecinas de quinqués caseros alumbraban sutilmente sus alrededores, muy pocas almas se encontraban en el lugar por lo que decidí regresar al hogar de doña Luz. Un par de perros jiotosos, a quien les regalé un mendrugo de pan, me acompañaron por las viejas callejas del pueblo bien empedradas, pero poco iluminadas con quinqués hechos por los vecinos del lugar, que los sacaban a sus aceras para iluminar el alma atormentada de algún bolo impenitente…

     Al día siguiente le di pie a la andadura de mi aventura. Salimos con el guía quien dijo llamarse Lej (Alejandro en idioma q’eqchi’) muy de mañana. El sol naciente aún no se hacía presente, por lo que, Lej alumbraba el camino de herradura con un foco de empuñadura. —mira bien tu camino porque podés machucar una cantí (serpiente), repetía constantemente. —no vayas a tocar ningún palo porque podés encontrar un che (palo) de amché o palo brujo y ese quema mucho, enarcando ambas cejas. —no comas mucho, porque te van a dar ganas de defecar (almibarando la palabra que realmente dijo), y si te dan ganas de ir al monte (al estilo único del diputado tres quiebres), te puede salir una tapalcúa (serpiente mítica de dos cabezas que se mete en el cuerpo, ve tú a saber por dónde), —sentenciaba…

     Seis o siete horas después, con los pies ampollados, lodo en los costados, y el trasero anquilosado, llegábamos a Cantutú. Me esperaba un técnico en educación rural, de quien solo recuerdo su nombre: Mariano, con un par de colmillos dracúleo que era todo lo que tenía por dentadura.  Ese par de colmillos era toda su armadura en aquella verde, verde selva, en donde estaba enclavada la aldea.

Mariano, aparte de ser el único maestro del lugar, también fungía como enfermero, casamentero, curandero, partero, consejero y tul (brujo) dada la cercanía de la aldea con la jurisdicción de Cahabón, Alta Verapaz.

     El resto de compañeros que hicieron su trabajo de investigación pedagógica en lugares distintos y distantes, tuvieron más suerte que yo. Al menos eso percibí con las envidiables anécdotas que comentaron a su regreso, unos llegaron a su destino a horcajadas de un caballo, otros surcaron ríos en cayuco, los demás en vehículo automotor de dos, cuatro y más ruedas…

     La algarabía era tal que, previo a irnos a celebrar a un rincón de la Tienda El Estudiante, ubicada estratégicamente en las cercanías del Emilio, Quincho Álvarez (quinchicidad), Melintón Teny (melosa), Francisco Zetina (enchilada), Maca, el chinix (+), Lico García y un tal chafarini, levantamos con todo y pupitre a nuestra compañera Concha y, como si fuera la papisa Juana, sentada en su silla gestatoria, la llevamos en solemne procesión por los amplios corredores del establecimiento, al compás de unas cuantas vivas: ¡Concha, Concha, Concha!…

Todos los presentes, impertérritos celebrábamos el divertimento, a excepción del director del establecimiento y el claustro de catedráticos que, a lo lejos nos veían acongojados y enojados.

     Unas cuantas horas después, en torno a una mesa de cervecería, en la “Tienda El Estudiante”, nuestro amanuense Hugo García, levantaba acta, como era nuestra costumbre cada vez que nos echábamos los alipures (de alipuces, bebidas alcohólicas), actas que eran interminables mediante el recurso del “otrosí”, ante tanta barrabasada que queríamos consignar en punto de acta…

      Previo a la graduación de la promoción del 79, el grupo que me fue cercano, con mi grupo de compañeros, nos fuimos a celebrar a Chamché, balneario que queda a inmediaciones de la Villa de Tactic. Quincho, aportó un galón de cusha importada de su pueblo: Uspantán. Fermentada y “curada” (con muñeco sin duda), rápido surtió sus efectos. Enchilada, ya con el calor de los ranaxcates, se puso sentimental y enamoró a una compañera, de cuyo nombre no quiero acordarme, parafraseando a don Quijote. Como ella no le hizo caso, herido en su orgullo, la zarandeó y la tiró a las frías aguas del balneario. Ahí se acabó la fiesta, aparentemente, sin embargo, la seguimos en Cobán.

     Reunidos en el lugar que ocupaba la tienda mencionada en párrafos anteriores, sacamos nuestro libro de actas y como fue nuestra inveterada costumbre, dejamos constancia por escrito de todo lo acontecido debajo del sol, antes, durante y después de nuestra experiencia de campo, más lo acontecido en el balneario, previo a que el rey de los astros se ocultara en el poniente…

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