Al ver las viejas y amarillentas fotografías
en los muros de Facebook de mi extinto tío Jaime Amadeo Fernández Ligorría, me
retrotrae a las vivencias compartidas con mis primos Fredy y Moge, cuando a puro golpe de calcetín recorríamos un
largo trecho desde la ciudad de Cobán hasta la aldea Caquigüal en San Pedro
Carchá, vía finca Chimoté, propiedad del Señor Max Noack (QEPD), a donde
pasábamos cargando baterías debajo de los naranjales, obviamente cuando el
regio señor estaba ausente en virtud que, su imponente figura obligaba pasar
desapercibidos para evitar ser echados del lugar.
Era la época dorada de los
años 70 del siglo pasado.
El Shep; como lo había apodado
mi abuelo materno Moge (su padre), en virtud de un clásico pantalón negro y
blanco que usaba con asiduidad, o Jazmín como lo llamaba su abuelo materno papa
Polo, era en aquella época idílica de nuestra niñez, el maestro (“muestre” como
le decían sus alumnos) de la escuela rural de la aldea mencionada y, ahí vivía
su familia.
Casi siempre para las vacaciones o los
fines de semana hacíamos ese recorrido, para ir a visitar al Shep y mis abuelos
maternos que, en ese entonces vivían en la aldea mencionada y, cuando teníamos
algunos chelines ahorrados, entonces, solo entonces, abordábamos frente al
mercado central de Cobán, La Chovalita, una vieja camioneta Ford propiedad de
Don Augusto Barrientos (+) que nos dejaba justo en la entrada de la Finca
Chimoté.
Lo crítico de hacer el viaje
en ese medio de transporte era que, no podíamos echarnos un taco de ojo en la
tienda de la mamá de Gil Cugüa (QEPD), en virtud que, Gil tenía unas hermanas
bellísimas y ese creo, era nuestro mayor pretexto para irnos a pie como los
infantes. ¿Quién no quería dejar hasta
lo que no tenía en esa tienda, con tal de ver a tan bellas damas? Ellas eran el
motivo del porque preferíamos recorrer esos derroteros agrestes, inciertos,
polvorientos en verano y lodosos en invierno a pura infantería, bueno, aparte
de la escasez que abundaba en nuestros bolsillos...
El canto de los gallos quiquiriquí, y el
aullar de los perros guau, guau, guau, (vaya que no habían gatos cruzados con gallos para que hicieran quiquirimiau, como afirmaba el padrino Moge, en sus historias de vaqueros) anunciaban nuestra llegada, cuando
escuchaban el grito tribal que, al compás de nuestros galios lo dejábamos salir
a puro pulmón cuando alcanzábamos la cima de un pequeño cerro: ¡Luuuuuuuuuuu!
…, ¡Luuuuuuuuuuu!, ¡Luuuuuuu! (que quiere decir Pedro en nuestro idioma
autóctono), el mismo era el santo y seña que usábamos tradicionalmente para
anunciar ante nuestro abuelo que ya estábamos en las proximidades de su
estancia.
El eco resonaba a lo interno
de la pequeña casa que en la granja Gloria Sac’binal, ocupaba mi abuelo Moge, el
mexicano, y mi abuela Lolita (la avispa), un grito que retumbaba más que en la casa,
en la mente y el corazón de mis abuelos, especialmente del mexicano que gozaba
nuestra llegada.
Cuando hacíamos nuestra
entrada triunfal, mi abuelo nos esperaba en el hall de la casita de madera y, a
la Lolis la encontrábamos en la cocina, preparando bollos de plátano para los
visitantes en cuestión.
Con el nombre de Gloria
Sac’binal mi abuelo bautizó esa granja en honor a su hija Gloria, la nana, a
quien sintió y consintió hasta el final de sus tiempos...
Después de ver a los abuelos y refaccionar
con ellos, nos dirigíamos hacia la casa
del jazmín, a quien recuerdo cómo un anfitrión como pocos, ofrecía hasta lo que
no tenía, una característica muy común en todos mis tíos y tías maternas, ellos
no conocieron jamás la tacañería, los que quedan aún son pródigos, pero el Shep
superaba a todos en prodigalidad, buena vecindad y en jocosidad, todo lo hacía
chiste, hasta lo que no tenía gracia, hasta a la desgracia él, le encontraba algo
bueno …
Recuerdo con especial afecto cuando en
cierta ocasión nos regaló una cuerda de tierra en su terreno, nos enseñó y
obligó a sembrarla de cardamomo, cuando el tiempo paso y la época de la cosecha
se presentó, si estábamos ausentes, él mandaba a cortar el fruto, lo vendía y
nos llevaba el dinero hasta nuestra casa en la Ciudad de Cobán.
Así lo hizo un par de años
seguidos, aun cuando ya no llegábamos, yo deje de hacerlo cuando mi abuelo ya
no estaba presente en esta vida y, cuando me llegó la adolescencia, ya había
otros intereses como los estudios secundarios y las “peoresnada” del lugar...
¡Ah!, malaya los tiempos idos…,
Aquellos cuando el tiempo no parecía tramontar, cuando no existían las pobrezas
y tristezas, cuando nos importaba un plato de lentejas si llovía, tronaba o
relampagueaba, (que en Cobán ocurría 13 meses al año, es decir, siempre),
cuando el sol no parecía ocultar a la luna ¡ja! …
Te imagino Shep, en compañía
de tus hermanos que te precedieron en el camino rumbo a la casa del Padre,
contando chistes, cuentos y anécdotas en donde te encontrás, cuantas
reprimendas habrás recibido de San Pedro y San Pablo por no adaptarlos a su
dignidad, aun así, los imagino reír a carcajadas como sin duda, lo hicimos los
que nos gozamos en tu presencia.
¿Volveremos a reír en tu
compañía jazmín? ¡sí!, pero todavía no Shep, aun tenemos que pagar todos los elotes
que nos comimos en esta vida …

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