domingo, 12 de febrero de 2023

El Shep

Jlriveirof, OP


    Al ver las viejas y amarillentas fotografías en los muros de Facebook de mi extinto tío Jaime Amadeo Fernández Ligorría, me retrotrae a las vivencias compartidas con mis primos Fredy y Moge,  cuando a puro golpe de calcetín recorríamos un largo trecho desde la ciudad de Cobán hasta la aldea Caquigüal en San Pedro Carchá, vía finca Chimoté, propiedad del Señor Max Noack (QEPD), a donde pasábamos cargando baterías debajo de los naranjales, obviamente cuando el regio señor estaba ausente en virtud que, su imponente figura obligaba pasar desapercibidos para evitar ser echados del lugar.

Era la época dorada de los años 70 del siglo pasado.

El Shep; como lo había apodado mi abuelo materno Moge (su padre), en virtud de un clásico pantalón negro y blanco que usaba con asiduidad, o Jazmín como lo llamaba su abuelo materno papa Polo, era en aquella época idílica de nuestra niñez, el maestro (“muestre” como le decían sus alumnos) de la escuela rural de la aldea mencionada y, ahí vivía su familia.

     Casi siempre para las vacaciones o los fines de semana hacíamos ese recorrido, para ir a visitar al Shep y mis abuelos maternos que, en ese entonces vivían en la aldea mencionada y, cuando teníamos algunos chelines ahorrados, entonces, solo entonces, abordábamos frente al mercado central de Cobán, La Chovalita, una vieja camioneta Ford propiedad de Don Augusto Barrientos (+) que nos dejaba justo en la entrada de la Finca Chimoté.

Lo crítico de hacer el viaje en ese medio de transporte era que, no podíamos echarnos un taco de ojo en la tienda de la mamá de Gil Cugüa (QEPD), en virtud que, Gil tenía unas hermanas bellísimas y ese creo, era nuestro mayor pretexto para irnos a pie como los infantes.  ¿Quién no quería dejar hasta lo que no tenía en esa tienda, con tal de ver a tan bellas damas? Ellas eran el motivo del porque preferíamos recorrer esos derroteros agrestes, inciertos, polvorientos en verano y lodosos en invierno a pura infantería, bueno, aparte de la escasez que abundaba en nuestros bolsillos...

     El canto de los gallos quiquiriquí, y el aullar de los perros guau, guau, guau, (vaya que no habían gatos cruzados con gallos para que hicieran quiquirimiau, como afirmaba el padrino Moge, en sus historias de vaqueros) anunciaban nuestra llegada, cuando escuchaban el grito tribal que, al compás de nuestros galios lo dejábamos salir a puro pulmón cuando alcanzábamos la cima de un pequeño cerro: ¡Luuuuuuuuuuu! …, ¡Luuuuuuuuuuu!, ¡Luuuuuuu! (que quiere decir Pedro en nuestro idioma autóctono), el mismo era el santo y seña que usábamos tradicionalmente para anunciar ante nuestro abuelo que ya estábamos en las proximidades de su estancia.

El eco resonaba a lo interno de la pequeña casa que en la granja Gloria Sac’binal, ocupaba mi abuelo Moge, el mexicano, y mi abuela Lolita (la avispa), un grito que retumbaba más que en la casa, en la mente y el corazón de mis abuelos, especialmente del mexicano que gozaba nuestra llegada.

Cuando hacíamos nuestra entrada triunfal, mi abuelo nos esperaba en el hall de la casita de madera y, a la Lolis la encontrábamos en la cocina, preparando bollos de plátano para los visitantes en cuestión.

Con el nombre de Gloria Sac’binal mi abuelo bautizó esa granja en honor a su hija Gloria, la nana, a quien sintió y consintió hasta el final de sus tiempos...

     Después de ver a los abuelos y refaccionar con ellos,  nos dirigíamos hacia la casa del jazmín, a quien recuerdo cómo un anfitrión como pocos, ofrecía hasta lo que no tenía, una característica muy común en todos mis tíos y tías maternas, ellos no conocieron jamás la tacañería, los que quedan aún son pródigos, pero el Shep superaba a todos en prodigalidad, buena vecindad y en jocosidad, todo lo hacía chiste, hasta lo que no tenía gracia, hasta a la desgracia él, le encontraba algo bueno …

     Recuerdo con especial afecto cuando en cierta ocasión nos regaló una cuerda de tierra en su terreno, nos enseñó y obligó a sembrarla de cardamomo, cuando el tiempo paso y la época de la cosecha se presentó, si estábamos ausentes, él mandaba a cortar el fruto, lo vendía y nos llevaba el dinero hasta nuestra casa en la Ciudad de Cobán.

Así lo hizo un par de años seguidos, aun cuando ya no llegábamos, yo deje de hacerlo cuando mi abuelo ya no estaba presente en esta vida y, cuando me llegó la adolescencia, ya había otros intereses como los estudios secundarios y las “peoresnada” del lugar...

¡Ah!, malaya los tiempos idos…, Aquellos cuando el tiempo no parecía tramontar, cuando no existían las pobrezas y tristezas, cuando nos importaba un plato de lentejas si llovía, tronaba o relampagueaba, (que en Cobán ocurría 13 meses al año, es decir, siempre), cuando el sol no parecía ocultar a la luna ¡ja! …

Te imagino Shep, en compañía de tus hermanos que te precedieron en el camino rumbo a la casa del Padre, contando chistes, cuentos y anécdotas en donde te encontrás, cuantas reprimendas habrás recibido de San Pedro y San Pablo por no adaptarlos a su dignidad, aun así, los imagino reír a carcajadas como sin duda, lo hicimos los que nos gozamos en tu presencia.

¿Volveremos a reír en tu compañía jazmín? ¡sí!, pero todavía no Shep, aun tenemos que pagar todos los elotes que nos comimos en esta vida …

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