Pancho, es la designación popular que se
le hace a todas las personas llamadas Francisco y, la frase con que intitulo
este post es una frase de vieja data
que tiene su génesis durante la
República Federal de Centroamérica,
cuando fungía como gobernador de la misma el general hondureño Francisco Morazán, un
militar y político que pretendió hacer
de Centroamérica una gran nación y, según se sabe, durante una invasión al
territorio guatemalteco, en insensato contubernio con los militares que lo acompañaban, hicieron su
botín con el robo perpetrado en casas
particulares, templos católicos y edificios públicos, barriendo con todo lo que
encontraron a su paso, y cuando los afectados preguntaban por sus cosas
saqueadas, la soldadesca respondía: "se fue con Pancho."
Con ese acontecer parece ser que todos los
militares y políticos que han desgobernado los pueblos centroamericanos desde
tiempos lejanos, hasta el día de hoy, tienen en común estar coludidos con la
corrupción...
Pues entonces, desde esos lejanos tiempos
en Guatemala al menos, se suele externar tal frase para referenciar situaciones
distintas; como por ejemplo, cuando alguien se jacta de algún amor
acontecido, con un orgulloso timbre de
voz, el hombre que no sabe que un caballero no tiene memoria, dice; "se fue con Pancho", los
millones de dinero desaparecidos en
Guatemala durante la pandemia, "se fueron con Pancho," Miguelito,
"se fue con Pancho," etcétera, etcétera, etcétera...
Sin embargo, hoy, en el día en que
conmemoramos a los fieles difuntos, quiero reflexionar la frase expuesta, en
torno al giro lingüístico, pensado en mi abuelo paterno Francisco Riveiro, comúnmente
llamado Pancho, a quien no conocí porque expiró el mismo año en que yo respiré
por vez primera.
Según la tradición oral de la familia
Riveiro Champney; don Pancho llegó a la Finca Sepacuíte, acompañado de un hijo
que llevaba su mismo nombre, contratado por un terrateniente norteamericano,
propietario de la finca en mención y anexos, llamado Kensett Champney Brooks,
para operar una niveladora de su propiedad, importada por él desde los EEUU,
para coadyubar en la construcción de la carretera que conducía de Senahú hasta
el Cahaboncito.
En ese chance, le echó el ojo
a una de sus hijas y se casó con ella.
Con el cambio de paradigma que trae
consigo el giro lingüístico, podría decir de forma literal y en el buen sentido
de la frase que, Martina Champney, "se fue con Pancho" y de esa unión
matrimonial tuvieron doce hijos, de los cuales, nueve nacieron y pasaron sus
primeros años en Sepacuíte, incluido mi padre, y los otros tres, en Tamahú.
La numerosa familia de mis abuelos
paternos, evidencia de manera concluyente que, ambos no frecuentaban
asiduamente el gran teatro que mi bisabuelo Kensett tenía en la finca y, que mi
abuelo Pancho prefería cortejar, más que trabajar al lado de él...