Cursábamos sexto magisterio, cuando en la Sección “B” del glorioso Instituto Normal Mixto del Norte, Emilio Rosales Ponce, al estilo de Nerón Claudio César Augusto Germánico, emperador de Roma, propicié la quema de unas cortinas viejas, raídas y descoloridas que afeaban nuestra sección, mientras en el aula de música, tocaban la lira.
Como castigo a tal atentado contra los
bienes del estado y para no ser expulsado en mi último año, previo a obtener el
título de Maestro de Educación Primaria Urbana, fui enviado por el profesor guía
del seminario (Macario le decíamos), al lugar más remoto del municipio de
Chahal, a una aldea llamada Cantutú, que distaba del centro de San Agustín, a
unas seis horas de distancia, a puro golpe de calcetín, es decir, totalmente a
pie. No solo llegar a la cabecera municipal de Chahal en la década de los 70
era toda una odisea, no digamos transitar a pie hasta dicha aldea.
Previo a mi entrada triunfal al Chahal
antiguo, mi tía Thelma Fernández Ligorría me había conseguido posada en casa de
su suegra, doña Luz Molina de Flores (+), quien generosamente me acogió en su
morada y al día siguiente gestionó en la municipalidad de la localidad, un guía
oriundo del lugar, para acompañarme hasta la micro región de Cantutú, como
suelen llamarle ahora.
En la tarde noche del día de mi llegada,
fui al parque central, luces mortecinas de quinqués caseros alumbraban
sutilmente sus alrededores, muy pocas almas se encontraban en el lugar por lo
que decidí regresar al hogar de doña Luz. Un par de perros jiotosos, a quien
les regalé un mendrugo de pan, me acompañaron por las viejas callejas del
pueblo bien empedradas, pero poco iluminadas con quinqués hechos por los
vecinos del lugar, que los sacaban a sus aceras para iluminar el alma
atormentada de algún bolo impenitente…
Al día siguiente le di pie a la andadura
de mi aventura. Salimos con el guía quien dijo llamarse Lej (Alejandro en
idioma q’eqchi’) muy de mañana. El sol naciente aún no se hacía presente, por
lo que, Lej alumbraba el camino de herradura con un foco de empuñadura. —mira
bien tu camino porque podés machucar una cantí (serpiente), repetía
constantemente. —no vayas a tocar ningún palo porque podés encontrar un che
(palo) de amché o palo brujo y ese quema mucho, enarcando ambas cejas. —no
comas mucho, porque te van a dar ganas de defecar (almibarando la palabra que
realmente dijo), y si te dan ganas de ir al monte (al estilo único del diputado
tres quiebres), te puede salir una tapalcúa (serpiente mítica de dos cabezas
que se mete en el cuerpo, ve tú a saber por dónde), —sentenciaba…
Seis o siete horas después, con los pies
ampollados, lodo en los costados, y el trasero anquilosado, llegábamos a
Cantutú. Me esperaba un técnico en educación rural, de quien solo recuerdo su
nombre: Mariano, con un par de colmillos dracúleo que era todo lo que tenía por
dentadura. Ese par de colmillos era toda
su armadura en aquella verde, verde selva, en donde estaba enclavada la aldea.
Mariano, aparte de ser el
único maestro del lugar, también fungía como enfermero, casamentero, curandero,
partero, consejero y tul (brujo) dada la cercanía de la aldea con la
jurisdicción de Cahabón, Alta Verapaz.
El resto de compañeros que hicieron su
trabajo de investigación pedagógica en lugares distintos y distantes, tuvieron
más suerte que yo. Al menos eso percibí con las envidiables anécdotas que
comentaron a su regreso, unos llegaron a su destino a horcajadas de un caballo,
otros surcaron ríos en cayuco, los demás en vehículo automotor de dos, cuatro y
más ruedas…
La algarabía era tal que, previo a irnos a
celebrar a un rincón de la Tienda El Estudiante, ubicada estratégicamente en
las cercanías del Emilio, Quincho Álvarez (quinchicidad), Melintón Teny
(melosa), Francisco Zetina (enchilada), Maca, el chinix (+), Lico García y un
tal chafarini, levantamos con todo y pupitre a nuestra compañera Concha y, como
si fuera la papisa Juana, sentada en su silla gestatoria, la llevamos en
solemne procesión por los amplios corredores del establecimiento, al compás de
unas cuantas vivas: ¡Concha, Concha, Concha!…
Todos los presentes,
impertérritos celebrábamos el divertimento, a excepción del director del
establecimiento y el claustro de catedráticos que, a lo lejos nos veían
acongojados y enojados.
Unas cuantas horas después, en torno a una
mesa de cervecería, en la “Tienda El Estudiante”, nuestro amanuense Hugo
García, levantaba acta, como era nuestra costumbre cada vez que nos echábamos
los alipures (de alipuces, bebidas alcohólicas), actas que eran interminables
mediante el recurso del “otrosí”, ante tanta barrabasada que queríamos
consignar en punto de acta…
Previo a la graduación de la promoción
del 79, el grupo que me fue cercano, con mi grupo de compañeros, nos fuimos a
celebrar a Chamché, balneario que queda a inmediaciones de la Villa de Tactic.
Quincho, aportó un galón de cusha importada de su pueblo: Uspantán. Fermentada
y “curada” (con muñeco sin duda), rápido surtió sus efectos. Enchilada, ya con
el calor de los ranaxcates, se puso sentimental y enamoró a una compañera, de
cuyo nombre no quiero acordarme, parafraseando a don Quijote. Como ella no le
hizo caso, herido en su orgullo, la zarandeó y la tiró a las frías aguas del
balneario. Ahí se acabó la fiesta, aparentemente, sin embargo, la seguimos en
Cobán.
Reunidos en el lugar que ocupaba la tienda
mencionada en párrafos anteriores, sacamos nuestro libro de actas y como fue
nuestra inveterada costumbre, dejamos constancia por escrito de todo lo
acontecido debajo del sol, antes, durante y después de nuestra experiencia de
campo, más lo acontecido en el balneario, previo a que el rey de los astros se
ocultara en el poniente…

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