—Un pinche vendedor de seguros, rio
sarcásticamente el fraile que me preguntó si yo conocía a Calich Po, más
conocido como tumín Po antes de dedicarse al tráfico de la palabra de Dios y yo
le dije que sí …, —ve pues, un pinche vendedor, exclamó reiterativamente, sin
que le diera pena al comentarle que yo, desde hace 38 años me dedico al negocio
de los seguros.
Un negocio en donde no importa
como le llamen muchos de mis pares que edulcoran la palabra vendedor, con palabras
más técnicas y sofisticadas; como: perito en seguros, magister en seguros,
asesor de riesgos, politécnico en seguros, administrador de riesgos…, etcétera,
etcétera, etcétera.
Al final de cuentas, la intermediación de
seguros es un trabajo de ventas, sin importar el título rimbombante que le
quieran anteponer a su nombre las personas que se dedican a la difícil tarea de
vender seguros en nuestro caso particular, dentro de una de las pocas
industrias que ha sobrevivido, sobrevive y sobrevivirá al paso del tiempo, a
las grandes guerras, a las pestes y a las grandes catástrofes naturales que han
socavado, socavan y seguirán socavando al mundo entero.
Pinche, según un par de diccionarios
consultados es una palabra peyorativa que significa: tacaño, hambriento, ruin,
detestable, vil y despreciable, entre otras tantas palabras ofensivas.
Por lo tanto, llamar de pinche
vendedor a alguien es una afrenta a los millones de personas que se dedican a
vender tangibles o intangibles de forma proba y digna, no hay nada de pinche en
el arte de vender productos o cosas. Como dijo una vez el escritor
estadounidense William Feather, “sin el arte de vender, todavía seríamos una
nación de ciclistas.” Refiriéndose obviamente a los EEUU, extensiva a su
patio trasero…
Para almibarar la afrenta el fraile en
cuestión me dice, —tranquilo, tranquilo, tranquilo …, utilizo la palabra pinche
solo para adjetivar a Tumín Po, no al
resto de personas que se dedican a ese arte, como usted le llama…
¡Ah! —me dije, si supiera el padrecito que
el negocio de los seguros se justifica social y económicamente per se…
Un trabajo que a muchos nos ha
permitido servir a nuestro prójimo resarciendo pérdidas materiales y humanas,
algo que no hace ninguna iglesia, recorrer muchas ciudades a lo largo y ancho
del mundo y hacer de nuestro trabajo algo honorable y digno, con la oportunidad
única de hacer una carrera a perpetuidad.
Pongo punto final al tema en cuestión,
haciendo mención del refrán popular que dice: “a palabras necias, oídos
sordos.”
Jlriveirof

