lunes, 15 de septiembre de 2025

Al pie del volcán

         


 “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvó a ella no me salvó yo
.”

José Ortega y Gasset

     En fechas recientes fui invitado por la dirección de ventas de Seguros GyT, S.A. dirigida por el licenciado Gabriel Díaz, para dar una conferencia sobre grown mindset, resiliencia, estoicismo y mindfulness, al grupo inteligente de la compañía aseguradora en mención, conformada por nuestro gerente Lic. Mario Granai Jr., nuestro director, jefes de los diferentes departamentos de la dirección y los gerentes de las diferentes agencias diseminadas a lo largo y ancho del territorio nacional.

     La preparación de los temas aludidos en párrafo anterior, dio inicio tan solo un día después de habérseme comunicado, considerando la importancia de los mismos, y la coyuntura durante este semestre del año que, sin prisa, pero sin pausa, avanza como nuestros pensamientos, a “mil revoluciones por minuto.”

     Reunidos ya en el Salón denominado El atrio II, del Hotel Santo Domingo, se le dio pie a la andadura de esa reunión, con las palabras de bienvenida de Marito Granai (como le llamamos), seguida por las de Gabriel, nuestro director.

     Concatené los temas en cuestión con la frase acuñada por Ortega y Gasset, dada su pertinencia en un contexto organizacional afín y su realidad circundante.

     No es mi propósito en este artículo explicitar cada uno de los temas implicados por su densidad, mucho menos conjeturar si encenderá los faroles con que hemos de alumbrar el sendero a transitar en estos meses que nos quedan por delante.

De algo estoy seguro, el gran beneficiado seré yo por los néctares del saber libados durante esa preparación, y el equipo que coopera conmigo en la región de Verapaz y puntos circunvecinos.

     Al esconderse la tarde tras las faldas del volcán y cubrirnos la noche con su manto, fuimos a disfrutar una deliciosa paella a El Patio de Clio’s, al compás de las cuerdas de una guitarra que, melancólica tocaba su canción.

     A guisa de colofón, hago patente mi agradecimiento a la dirección de ventas por haber pensado en mí, para disertar esos temas de especial relevancia dados los tiempos que nos apremian…

“Te dormiste en el caballito.”



Me estoy humanizando; es una de las consecuencias del sufrimiento.”

Ernesto Sábato

     En mi cantón de antaño había un dicho popular que le cantaban a uno de forma burlesca cuando de pequeños nos llevaban donde un mal peluquero, y éste hacía un pésimo trabajo, dejando gradas en el corte de cabello y disparejo: “te dormiste en el caballito.”

Tal frase, surge sin duda, de la existencia de caballitos de madera que había en algunas peluquerías para sentar a los niños y motivarlos a que se dejaran cortar el cabello.

     En cierta ocasión, a mi nieto Tristan le cortaron el pelo al ras, por algún problema capilar que tuvo y, cuando lo vi le hice bullying, diciéndole  —“te dormiste en el caballito,” una frase que nunca olvidó porque cada vez que me ve me la canta, y es que; como consecuencia de un proceso de quimioterapia al que estoy siendo sometido, el 24 de diciembre del año pasado se me empezó a caer el pelo y el 25 ya tenía la cabeza como bola de billar.

     Como en el hogar intentamos conseguir un punto bien conectado de cohesión familiar, todas las tradiciones las celebramos con quienes están cerca y, entre ese 25 al 31 de diciembre, Tristan me vio pelón y con sonora carcajada me dijo — ja, ja, ja, “te dormiste en el caballito,” ja, ja, ja, ja …, repetía lo que yo le dije cuando lo vi sin pelo…

     El día de ayer, día en que, en Guatemala celebramos a los abuelos, yo regresé de viaje como al filo del mediodía, y Tristan tenía actividad en su escuela de taekwondo, en donde lo promocionaron a cinta blanca con grado amarillo, junto a mi nieta Nicole, por lo tanto, no fue posible vernos ese día. Lo hicimos hoy y su habitual saludo al verme fue —“te dormiste en el caballito.”

     Tertuliando y refaccionando estábamos cuando nos sorprendió a todos con una travesura cometida dada su inocencia y empatía, a pesar de su corta edad. Rapó completamente una muñeca propiedad de Nicole, su hermana, me llevo el pelo que cortó y dijo seriamente —papa Luis, te traigo este pelo para que lo pegues en tu cabeza…, en su momento no le hice mucho caso, sin embargo, en cuestión de segundos recapacité para no herir sus sentimientos y en su presencia me sobrepuse el pelo de muñeca sobre la calva…, —ahí te lo pegas, insistió.

     Ya de regreso a casa pensé, si todos tuviéramos la inocencia de un niño y practicáramos el valor de la empatía, sin duda, construiríamos un tejido social más fuerte, más humano y más fraterno. Un par de horas después, me puse a escribir estas letras, el desborde de emociones me embarga y asombran..., sin duda, “me estoy humanizando.”

La luz de la aurora

   


 Una de las grandes pero pequeñas formas a la vez para practicar el estoicismo a diario son, ser agradecido con todo, practicar la virtud, buscar la verdad y ser feliz, entre otras.

En ese orden de ideas, como no agradecer por ese hermoso amanecer que, contemplábamos  cuando muy de mañana nos adentrábamos a los caminos sinuosos, resbalosos y bastante accidentados, rumbo a Panajachel, para darnos cita a la magna convención, preparada con mucha antelación por todo el equipo de la dirección de ventas de Seguros GyT. Cuando tomamos como vía alterna el territorio del Quiché que, es mucho más corta que el camino tradicional y, ofrece al viajero unos parajes paradisíacos como sacados de un libro de cuentos. Amén de los hermosos amaneceres y atardeceres vistos ya instalados a orillas de Panajachel.

     “Con razón te alaban todas tus criaturas” expresa una oración que algunos han convertido en canción en el contexto de la liturgia católica. ¿Cómo no agradecer por ese amanecer plasmado en fotografía anexa? ¿Cómo no agradecer y ser feliz por los momentos que se respiran y se viven ya en la convención? Una convención que presiento, será como la luz de esa aurora que se intensificará hasta encontrar su plenitud mientras el día avanza.

     ¿Cómo no agradecer el hermoso amanecer del día de hoy? Desde el aposento conferido con mucho afecto puedo contemplar la sierra y los volcanes que circundan el lago más bello del mundo: Atitlán. El resplandor de sus aguas frías, iluminadas por un tímido sol que aún se esconde en un centenar de nubes escindidas por el contraste ese que se da.

     ¿Cómo no agradecer por el día de hoy? Un nuevo día que se anticipa con muchas cosas buenas que se vienen, en virtud de la agenda preparada para todos los agentes y gerentes que nos encontramos alojados en este bello rincón del mundo.

     A guisa de colofón traigo a colación el pensamiento heraclitiano: “Nadie se encuentra dos veces con la misma persona”, hoy estaremos con gente más evolucionada, más experimentada en el giro de su negocio. Así como también: “nadie se baña en las mismas aguas dos veces” …

Todo cambia, todo fluye…

Rumbo a San Juan La Laguna

     Después de tomar el desayuno, nos embarcamos en El Arca de Noé, una pequeña embarcación que nos transportó “a todo vapor”, con diestra precaución, al otro lado del lago de Atitlán.”

Ya instalados en la proa, mi hija Michelle Marie Riveiro García, mi yerno Charles Moll Fetzer y un grupo de amigos y compañeros de trabajo, iniciamos la travesía con suma alegría gracias al viento que, soplaba a nuestro favor.

     La barca llegó a San Juan La Laguna una hora aproximadamente después de haber zarpado, bajamos a tierra firme e iniciamos nuestro tránsito hacia el Mirador de Kaqasiiwaan. Un tránsito que a casi todos nos dejó sin aire, al ser un camino sinuoso, tormentoso y fatigoso. Todo cuesta arriba…

Al llegar a la cúspide, escuché a alguien decir que, la subida fue sufrida y dolida, y que, al contemplar el hermoso paisaje que se veía al fondo, era como olvidar los dolores de un parto, que al observar a la criatura se olvidan.

En este caso particular, la criatura la teníamos al frente, cuya belleza sin igual nos dejó boquiabiertos, misma que se puede apreciar en las fotografías que acompaño al post.

     Después de algunas horas de glamoroso paisaje, abandonamos el paraje, iniciando el descenso para llegar nuevamente al pueblito que lleva por nombre el del apóstol San Juan Evangelista y transitar por sus recovecos y la Calle de las Sombrillas, de los Sombreros y de los Principales.

     Ya de vuelta al Hotel Jardines del Lago, y pasada la tarde, instalado en una de las cafeterías del mismo, llamada Flor del café, degusto en la grata compañía de mi yerno una taza de café Blend, que es una mezcla de Bourbon y Castilla, en donde nos enfrascamos en amena comidilla…

Él se va a la fiesta con música grupal en vivo, preparada por la dirección de ventas para cerrar con broche de oro la convención y, quien suscribe se queda en el mismo lugar para reflexionar con vista al lago, esperando se haga presente el famoso Xocomil para poder verlo en todo su esplendor.

El Xocomil es un fenómeno meteorológico que se hace presente en las horas de la tarde/noche especialmente, cuyo nombre es derivado del kaqchikel: ‘xocom’ que significa recoger e ‘il’ pecados. Es causado por fuertes vientos que soplan sobre el lago y sus alrededores. Según la antropología maya kaqchikel es un viento que arremolina las aguas y recoge cualquier maleficio sobre ellas y los pecados de los propios y extraños que se encuentren sobre sus aguas y alrededores.

     Aunque inverosímil la leyenda, no carece de importancia y relevancia. Ya quisiera yo, que esos aires agitados recogieran mis pecados para darme prestancia, los llevara a otros lados o al fondo de las gélidas aguas del lago para aligerar mi carga. De esas aguas del lago más lindo del mundo según San Yo…

Voy de camino, de camino de San Juan


 Al pueblito de San Juan

Es a donde todos van,

A deambular por la Calle de las Sombrillas ú otra que quede por las orillas en búsqueda de café con pan,

Unas ricas rosquillas, o un buen volován…

     —Ahora, si usted quiere algo más fuerte —dijo el tuctuquero,

—Adéntrese por la Calle de los Principales, 

Ahí encontrará el fermento de los cañaverales, 

Pero cuídense de los municipales que ahí cerca está su regimiento. 

No le miento caballero, esos en cualquier época del año, le sacan a uno dinerales que para que le cuento…

     —Ahora, si usted es un hombre de a sombrero, 

No le queda otro camino más por recorrer que, la calle de los Sombreros, 

Ahí encontrará lo que usted anticipa, 

Porque hasta aquí oigo como le truena la tripa, 

No vaya ser que se me muera de antojo y usted que aún se ve patojo, 

Dios nos libre de semejante mal…

     Por llevar tapojo el tuctuquero, 

No se dio cuenta que el patojo que llevaba por pasajero, 

Era más añejo que un buen vino tinto abocado, 

De aquellos que junto a un buen bocado lo dejan a uno embrocado…

     Vamos de camino, de camino de San Juan, 

Ahí a donde todos van, 

Para subir al mirador de Kaqasiiwaan, 

O simplemente a tomar café con pan…

Bajo el cielo raso de Atitlán


      "Dos cosas llenan mi ánimo de creciente admiración y respeto a medida que pienso y profundizo en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí.”

Immanuel Kant

      Mientras el bus serpentea por la ciudad capital rumbo a mi tierra natal, intento dormitar, pero mi mente absorta en mil cosas no me permite descansar, de repente, insinúa que sueñe, pero estando despierto.

Por alguna razón me viene a la mente la Crítica de la razón práctica, y me puse a parafrasear al Maestro Kant, pienso que, varias cosas me llenan de asombro y reverencia, en el contexto de la convención: ese cielo resplandeciente de día, estrellado de noche, el Xocomil del lago de Atitlán haciendo eco en mis oídos, los volcanes bien erguidos como atalayas de las montañas que circundan el lago, y mis amigos con la ley moral dentro de ellos.

Parezco menos avaro que I. Kant, sin embargo, cuando Kant habla de ese cielo estrellado se refiere al cosmos en su basta concepción.

     Dejando por un lado la interpretación de la frase kantiana, quiero referirme a algunas muestras de suma amistad y cariño hacia mí, acontecidas durante esa convención a orillas del lago de Atitlán.

     El primer suceso se dio a primeras horas del día segundo: Roxy López, bajo el cielo raso y un sol radiante que aún no estaba en su zenit, me abrazó y con la mirada dirigida hacia ese cielo empíreo, rezó por mí, pidiéndole a Jesús me concediera la salud y las fuerzas para continuar bregando por los caminos de la vida. Sé que las intenciones de su corazón no fueron echadas en saco roto por nuestro buen Dios y serán una realidad concreta en su nombre.

     El segundo suceso se dio durante la noche del karaoke. Como “los de Cobán solo comen y se van”, yo no esperé el desenlace final. De haber tenido bola de cristal me hubiese quedado a pesar de las condiciones climáticas adversas durante esa noche. No obstante, mi yerno y compañero de Agencia Cobán Charles Moll Fetzer, avisó por chat que, mi gran amigo de antaño Alberto Garo de la agencia de Mazatenango, más conocido por Pepe, me había dedicado unas palabras y su canción (para comprender el contexto hay que ver el video que acompaño hasta el final). No está demás comentar que, Pepe fue el ganador del primer premio en ese concurso de karaoke. Cuando vi el video y me contaron sobre el mismo al día siguiente, no sé si fueron las brisas del lago las que empañaron mis ojos, confieso, o los vientos tempestuosos del Xocomil de la noche de anoche.

Gracias amigo Pepe, tu alma es grande y generosa.

     El tercero se dio el día de hoy. Resulta que ayer me vine hacia la capital en el bus que transportó a los compañeros capitalinos, me vine de a jalón en vista que, hoy tenía cita en el IGSS y mis compañeros cobaneros se regresaron por El Quiché para acortar distancia. Obviamente mis compañeros gerentes capitalinos sabían mis motivos y muy de mañana mi director Gabriel Díaz, propició en el chat de gerentes, un enjambre de mensajes positivos, que precedieron al suyo. Gracias Gabriel por tus buenos deseos y el apoyo incondicional que junto a nuestro gerente Marito Granai he recibido.

     Es evidente que, solo inmersos en la adversidad, se da cuenta uno con quien cuenta. Esos mensajes con alto contenido neurolingüística, cuando nacen de lo profundo, vienen a consecuencia de esa ley moral de la que habla Kant. La misma no viene dictada por alguien en particular, cada uno de nosotros la gestiona y la legisla y, en virtud de ella, decidimos si actuamos en coherencia practicando el bien, o si de ella nos deslindamos actuando inversamente proporcional a la misma.

     De algo estoy plenamente convencido, solo subiendo a la esfera moral todos nuestros actos y desafiando nuestras acciones podríamos concluir que, “la vida tiene valor siempre que se valore la vida de los otros a través del amor, la amistad, la indignación y la compasión”. Lo dijo Simone de Beauvoir.

“Un liderazgo eficaz”

     En la espera que desespera mejor me apaciento, me siento y me pongo a escribir. Lo hago a la vera de una amplia sala de espera protegida en sus lados por una gran estera que permite que los rayos de sol entren por su calado y calienten el costado de quienes estamos ahí, unos sentados, otros parados…

     Ayer, varados en la “ruta de la muerte” como también se le conoce a la ruta del Atlántico.  Una larga cola para entrar a la “ciudad del futuro“, obliga a pensar mal y acertar. Un mal augurio se hace presente en la mente. Puse la radio y casualmente escuché la voz del vocero municipal que, noticia un accidente de tránsito en las proximidades de Centra Norte.  Para variar, ocasionada por un trailero que, presuntamente sin frenos su camión, cáusanos caos en esa intersección y, en ese caminar vamos a paso de tortuga, mientras varias personas heridas son trasladadas a diferentes nosocomios de la ”ciudad inteligente.”

     Pues bien, válgame los párrafos anteriores como preámbulos introductores, y a paso ligero voy yendo al meollo del asunto. Como es costumbre en nuestra organización, el día de ayer en la sede de la Agencia de Seguros GyT, nuestra compañera de trabajo Verónica Cifuentes, disertó con suma precisión y determinación, una charla de motivación intitulada: “Un liderazgo eficaz”, basada en el best seller de Ken Blanchard y Phil Hodges: “Un líder como Jesús.”

En su disertación, rescató y destacó valores fundamentales para el buen liderazgo. Un liderazgo que, a todos nos ha sido encomendado. Independiente al cargo que desempeñamos. ¡Todos lideramos! Con cargo o sin él. Todos lo

tenemos subyacente y es consustancial a nuestra existencia.

     Haciendo una paráfrasis a los autores, para comprender y emprender un liderazgo como el que puso de manifiesto Jesús de Nazaret en el primer siglo de la era cristiana, en Palestina, se requiere de una asistencia cualificada de parte de quienes nos dirigen en nuestro diario caminar, un estilo de vida íntegro, cambio de mentalidad, resquebrajar paradigmas y cambiar los hábitos, entre otras tantas cosas.

Aparte de nuestro equipo de consultores conformado por la Santísima Trinidad que siempre estarán con nosotros: “hoy, mañana y siempre.”

Si ellos con nosotros, quien contra nosotros durante los días que están por venir…

Camelando a Hércules


     Al camelar a Hércules en el desierto de Los Cabos, Baja California Sur y posar a su lado, una semana antes de que el mundo cerrara sus fronteras por causa de la COVID-19, jamás imaginé que cinco años después, su imagen audaz y trote eficaz, me interpelarían y servirían de ejemplo en la más contumaz sequía del desierto espiritual por las que no pocas veces atravieso.

     Bajo esas circunstancias no muy favorables, mi yo superior me obliga a
camellar en los distintos proyectos que la vida me pone por delante, con énfasis en mi proyecto de vida inacabado todavía, y en las tareas inherentes a mi cargo, entre otros tantos más…

     Cuando Hércules viene a mi mente de repente, lo pienso por forzudo, de paso lento y sereno pero frecuente, puntual y perseverante. No se inmuta por las condiciones climáticas adversas de su entorno, mucho menos por las cargas que los diablos de la tierra, le imponen sobre su atormentada alma. Parafraseando a Schopenhauer.

     Para el incomprendido Nietzsche, en “Así habló Zaratustra”, el camello simboliza la primera etapa en la metamorfosis del ser humano. Condición “sine qua non” para dar el paso hacia la liberación de todo aquello que nos aliena y esclaviza, como las cargas innecesarias que nosotros mismos nos ponemos al hombro, cuestiones que no nos podemos perdonar, los convencionalismos sociales, etcétera.

     Lo anterior expuesto nos invita a “soltar lastre”, para que el fluir de nuestra vida se dé sin ninguna dificultad. En “soltar amarras” (contexto hindú), para practicar el desapego y el desapropio por libre determinación, para que, “nuestro yugo sea fácil y nuestra carga ligera”. 

     Las características del forzudo Hércules y los de su raza entonces, me impelen a seguir forcejeando por ese desierto, evitando a toda costa los espejismos, oteando el horizonte en la búsqueda de algún oasis para descansar, y calmar el hambre y la sed de justicia. Sabiendo perfectamente bien que, el desierto espiritual también es un lugar de encuentro con Dios, consigo mismo y con los demás, en los brazos de la adversidad. Haciendo una paráfrasis a uno de los pensamientos de Georg Wilhelm Friedrich Hegel…

Rumbo a las Conchas

   


      Eran los tiempos en que los acuerdos de paz “firme y duradera” (vaya engaño), no se habían firmado en la mesa de las negociaciones, entre los copetones del ejército y las diferentes guerrillas que operaron en Guatemala entre 1966 a 1996.

     Por lo tanto, el fuego de fusilería, explosivos y granadas, solía escucharse, allá a lo lejos, entre las zonas escarpadas de la densa selva, adyacente al camino de herradura en donde en un momento de solaz, poso al lado y al frente del Nautilus. Así le puse por nombre a mi Land Cruiser, porque era capaz de zigzaguear sin atascarse, por los lodazales en medio de aguazales que, muchas veces había que sortear en la brecha que serpentea en las faldas de la montaña, máxime en lo más profundo del invierno que en ese tiempo, aún no lo habían robado los depredadores.

     Esas circunstancias adversas obligaban emprender tan raudo viaje preferentemente de día, para llegar a una parcela de mi propiedad ubicada en el corazón de Las Conchas, sin ninguna novedad. Intentábamos mantener el paso, al paso cenital del sol para que, el ocaso y la densa noche en la montaña, no nos agarrara desprevenidos, o, remotamente, sin quererlo, encontrarnos en medio de la combatividad por causa de la conflictividad y salir malheridos, o pudiéramos ser agarrotados, interrogados y confundidos, como “orejas” del ejército de parte de la guerrilla, o por “canchitos” de parte del ejército. Igual, con cualquiera de las dos tenía sus resquemores.

Máxime por mi vehículo, similar al que usaban los judiciales para extorsionar, secuestrar y desaparecer personas que, pensaban diferente a los gobiernos de los generales, que llegaron al guacamolón por fraudes electorales…

     En esos tiempos y en esos lares, cualquier persona era objeto de sospecha y, podía sucederle que, a imitación del general Pancho Villa, “los comandantes” dijeran: “fusílenlo, después averiguamos.”

     Llegó el año de 1996 de nuestro Señor y se firmaron los acuerdos de paz. Los ganadores fueron los “cabezones” de ambos lados, que se enriquecieron con el botín de la guerra.

El gran perdedor como siempre, el pueblo de Guatemala. Los fusiles y los tambores de guerra se callaron en las montañas, en donde hoy se respira un ambiente de relativa paz…

     Sin embargo, esos fusiles, retumban en las selvas de acero y cemento, son otros los actores, otros los escenarios, pero el pueblo sigue siendo el mismo, quien sufre las consecuencias.

Hoy más que nunca, ese noble, resiliente, estoico y timorato pueblo, se encuentra atrapado “entre la espada y la pared, entre Escila y Caribdis, entre martillo y tenazas…”

“Cuando amanezca, ¡más vale que estés corriendo!

     En nuestra acostumbrada reunión de cadencia de rendición de cuentas de hoy, un  lunes cualquiera, con emoción conté la historia de El león y la gacela, cómo abrebocas a una pregunta poderosa de coaching, que es: ¿Qué
te impide tener éxito en un mercado laborioso?

El tema en sí, es bastante escabroso y puede dar de sí para un sinfín de conjeturas. Por eso siempre es mejor preguntar qué conjeturar…

Sin paracaídas, nos cayó una lluvia de respuestas, sin rodeos, directas al cerebro triúnico que, desmontaron todas las creencias limitantes para actuar en consecuencia y con frecuencia a efecto de que, cuando amanezca, más vale que estemos corriendo…

     Eh aquí la pequeña narración que captó nuestra atención, en esta fría mañana y última sesión del mes de agosto que sereno y con prisa, agoniza:

     Cada mañana en África una gacela se despierta. Ella sabe que debe correr más rápido que el león más veloz o morirá bajo sus garras.

     Cada mañana en África un león se despierta. Él sabe que debe correr más rápido que la gacela más lenta o morirá de hambre.

     No importa si eres león o una gacela… cuando amanezca, ¡más vale que estés corriendo!

     El poder del relato en cuestión radica en la última sentencia: cuando amanezca, más vale que estés corriendo. Esa frase es una clara, atenta y abierta exhortación para ponernos en acción, sin importar la explicación o justificación de alguien que, no quiera salir de su zona de confort. Sin duda es la antesala del infierno organizacional que uno mismo sopla para arder socioeconómicamente en el, cuando no quiere hacer lo que tiene que hacer en un tiempo y en un lugar concreto.

Es un lugar reservado solo para aquellas personas que gozan de la somnolencia causada por la complacencia y que, con displicencia se conducen por la vida “sin ton ni son.”

     Dado que, a esta reunión solo mujeres de negocios de seguros asistieron, concluyo con la siguiente frase mágica: “talitha kumi.” Una frase aramea pronunciada por Jesús, que significa: “doncella levántate.”

Invitación clave para seguir en acción, estar en movimiento, a desinstalarse para esperar el nuevo día, para que las encuentre corriendo con alegría.

El Emilio y algunos divertimentos

 


   Cursábamos sexto magisterio, cuando en la Sección “B” del glorioso Instituto Normal Mixto del Norte, Emilio Rosales Ponce, al estilo de Nerón Claudio César Augusto Germánico, emperador de Roma, propicié la quema de unas cortinas viejas, raídas y descoloridas que afeaban nuestra sección, mientras en el aula de música, tocaban la lira.

     Como castigo a tal atentado contra los bienes del estado y para no ser expulsado en mi último año, previo a obtener el título de Maestro de Educación Primaria Urbana, fui enviado por el profesor guía del seminario (Macario le decíamos), al lugar más remoto del municipio de Chahal, a una aldea llamada Cantutú, que distaba del centro de San Agustín, a unas seis horas de distancia, a puro golpe de calcetín, es decir, totalmente a pie. No solo llegar a la cabecera municipal de Chahal en la década de los 70 era toda una odisea, no digamos transitar a pie hasta dicha aldea.

     Previo a mi entrada triunfal al Chahal antiguo, mi tía Thelma Fernández Ligorría me había conseguido posada en casa de su suegra, doña Luz Molina de Flores (+), quien generosamente me acogió en su morada y al día siguiente gestionó en la municipalidad de la localidad, un guía oriundo del lugar, para acompañarme hasta la micro región de Cantutú, como suelen llamarle ahora.

     En la tarde noche del día de mi llegada, fui al parque central, luces mortecinas de quinqués caseros alumbraban sutilmente sus alrededores, muy pocas almas se encontraban en el lugar por lo que decidí regresar al hogar de doña Luz. Un par de perros jiotosos, a quien les regalé un mendrugo de pan, me acompañaron por las viejas callejas del pueblo bien empedradas, pero poco iluminadas con quinqués hechos por los vecinos del lugar, que los sacaban a sus aceras para iluminar el alma atormentada de algún bolo impenitente…

     Al día siguiente le di pie a la andadura de mi aventura. Salimos con el guía quien dijo llamarse Lej (Alejandro en idioma q’eqchi’) muy de mañana. El sol naciente aún no se hacía presente, por lo que, Lej alumbraba el camino de herradura con un foco de empuñadura. —mira bien tu camino porque podés machucar una cantí (serpiente), repetía constantemente. —no vayas a tocar ningún palo porque podés encontrar un che (palo) de amché o palo brujo y ese quema mucho, enarcando ambas cejas. —no comas mucho, porque te van a dar ganas de defecar (almibarando la palabra que realmente dijo), y si te dan ganas de ir al monte (al estilo único del diputado tres quiebres), te puede salir una tapalcúa (serpiente mítica de dos cabezas que se mete en el cuerpo, ve tú a saber por dónde), —sentenciaba…

     Seis o siete horas después, con los pies ampollados, lodo en los costados, y el trasero anquilosado, llegábamos a Cantutú. Me esperaba un técnico en educación rural, de quien solo recuerdo su nombre: Mariano, con un par de colmillos dracúleo que era todo lo que tenía por dentadura.  Ese par de colmillos era toda su armadura en aquella verde, verde selva, en donde estaba enclavada la aldea.

Mariano, aparte de ser el único maestro del lugar, también fungía como enfermero, casamentero, curandero, partero, consejero y tul (brujo) dada la cercanía de la aldea con la jurisdicción de Cahabón, Alta Verapaz.

     El resto de compañeros que hicieron su trabajo de investigación pedagógica en lugares distintos y distantes, tuvieron más suerte que yo. Al menos eso percibí con las envidiables anécdotas que comentaron a su regreso, unos llegaron a su destino a horcajadas de un caballo, otros surcaron ríos en cayuco, los demás en vehículo automotor de dos, cuatro y más ruedas…

     La algarabía era tal que, previo a irnos a celebrar a un rincón de la Tienda El Estudiante, ubicada estratégicamente en las cercanías del Emilio, Quincho Álvarez (quinchicidad), Melintón Teny (melosa), Francisco Zetina (enchilada), Maca, el chinix (+), Lico García y un tal chafarini, levantamos con todo y pupitre a nuestra compañera Concha y, como si fuera la papisa Juana, sentada en su silla gestatoria, la llevamos en solemne procesión por los amplios corredores del establecimiento, al compás de unas cuantas vivas: ¡Concha, Concha, Concha!…

Todos los presentes, impertérritos celebrábamos el divertimento, a excepción del director del establecimiento y el claustro de catedráticos que, a lo lejos nos veían acongojados y enojados.

     Unas cuantas horas después, en torno a una mesa de cervecería, en la “Tienda El Estudiante”, nuestro amanuense Hugo García, levantaba acta, como era nuestra costumbre cada vez que nos echábamos los alipures (de alipuces, bebidas alcohólicas), actas que eran interminables mediante el recurso del “otrosí”, ante tanta barrabasada que queríamos consignar en punto de acta…

      Previo a la graduación de la promoción del 79, el grupo que me fue cercano, con mi grupo de compañeros, nos fuimos a celebrar a Chamché, balneario que queda a inmediaciones de la Villa de Tactic. Quincho, aportó un galón de cusha importada de su pueblo: Uspantán. Fermentada y “curada” (con muñeco sin duda), rápido surtió sus efectos. Enchilada, ya con el calor de los ranaxcates, se puso sentimental y enamoró a una compañera, de cuyo nombre no quiero acordarme, parafraseando a don Quijote. Como ella no le hizo caso, herido en su orgullo, la zarandeó y la tiró a las frías aguas del balneario. Ahí se acabó la fiesta, aparentemente, sin embargo, la seguimos en Cobán.

     Reunidos en el lugar que ocupaba la tienda mencionada en párrafos anteriores, sacamos nuestro libro de actas y como fue nuestra inveterada costumbre, dejamos constancia por escrito de todo lo acontecido debajo del sol, antes, durante y después de nuestra experiencia de campo, más lo acontecido en el balneario, previo a que el rey de los astros se ocultara en el poniente…

“Sos un gato, no tenés personalidad.”


“Un gato que sueña convertirse en león debe perder el apetito por las ratas.”

Proverbio africano

Jlriveirof, OP

      “Sos un gato, no tenés nada de personalidad”, dijo la “brujer” alebrestada y encalambrada, cuando en calidad de pretendiente quise visitar a su hija en casa y no en callejones como era, es y será la costumbre.

¡Ipso facto! Vedo el consentimiento a un amorío de estudiante, en aquel invierno evanescente de un año cualquiera de nuestro Señor, evidenciando a todas luces que, ella no tenía la inteligencia sentiente que, nosotros teníamos de más.

     La frase resonó estrepitosa cuando la vizcarra de forma caprichosa y maliciosa la utilizó como un dardo venenoso y de forma peyorativa contra mi humanidad. El castigo que ambos le impusimos fue, jugarle la vuelta a horas y deshoras…

     Pues bien, utilizaré la palabra gato para abrir el paso, y de paso hilvanar otras ideas respecto de la palabra en cuestión.

La misma es utilizada en diferentes contextos, como, por ejemplo, para referirse a una persona que, por diferentes motivos no sale de su zona de confort, no planea, no ejecuta, no tiene objetivos inteligentes, ni estrategias, ni valores, ni una visión del futuro, mucho menos una misión coherente que, en consecuencia, no alcanza el tan anhelado éxito en el mundo de los negocios.

Simple y llanamente un gato es alguien que, carece de todas las respuestas a interrogantes existenciales y que, jura y perjura que “el trabajo es tan feo que hasta pagan por hacerlo”, o que, “es la raíz de todos los males”, entre otros absurdos…

     En Guatemala y otras partes de LATAM se utiliza para adjetivar a una persona que vende su trabajo por un mísero salario, en condición de subordinación y explotación, en donde el monto de sus emolumentos no alcanza ni siquiera para cubrir el presupuesto familiar.

     En el contexto carcelario, el abogado Leandro Alperín, experto en sistemas carcelarios, dijo al diario argentino La Nación el 7/4/17 que, se le llama gato al sirviente de todos, al lavaplatos, al que hace los oficios más viles, es aquel que es abusado y pisoteado en sus derechos humanos. Es quien tiene la última posición en el pabellón de ese submundo que son las cárceles en todo el mundo.

     En un contexto laboral, y dándole interpretación al preámbulo introductor, el gato representa lo que muchas personas conformistas, pusilánimes y mediocres son ahora. Aquellas que, están satisfechas en el sopor de la complacencia, aquellas que, están conformes conduciendo carritos de calesita sobre los rieles que otros construyeron sin mejorarlos, aquellas que, tienen por costumbre echar culpas de su propia mediocridad a otras personas, aquellas que, tiran la piedra y esconden la mano, entre un rosario dé etcéteras…

     Ahora bien, “ser gato” en el léxico que atrae nuestra atención, no es un imperativo que rija el comportamiento de las personas en todas las aristas de su vida. Cuando alguien no está conforme con ser gato y quiere metamorfosearse en león, debe entrar en un minucioso proceso de reflexión y tomar una elección que marcará el resto de su existencia y a su núcleo familiar y social.

     Primero: debemos dejar de perseguir ratas y perder el apetito por ellas: las ratas simbolizan las bajas pasiones, los bajos instintos, malos hábitos que practicamos, las cosas que postergamos, las metas que ofrecemos y no alcanzamos, los vicios que roen el alma, rompen las sanas relaciones interpersonales y matan la fe, la esperanza y el amor. Son las contiendas, la insana competencia, las envidias, aquellos viejos paradigmas que ya son irresolubles e impracticables para explicar la realidad, son las ataduras que nos anclan a un pasado sin sentido, inútil y tortuoso que hay que olvidar y dejar atrás.

La rata persigue ratas y vive inmersa en la carrera de la rata, aquella carrera que Robert Kiyosaky y Sharon Lechter, mencionan en su obra Padre Rico, Padre pobre.

     Segundo: al ser la figura del león un símbolo de poderío, para crecer y ser como él se deben cambiar los viejos hábitos que constituyen un lastre. En primera instancia, dejar de perseguir todas las ratas mencionadas en el párrafo anterior, dejar de tener pensamientos limitantes que coartan nuestra libertad de acción y locomoción, los vacíos existenciales son un fiasco, ser autodidacta, tener pensamientos positivos y hacernos preguntas poderosas, solo así podremos salir de las mesetas en donde los pusilánimes construyen su refugio.

     En otras palabras, para transformarnos en un león, hay que “matar nuestra vaca”, y soltar todo el lastre que nos impide alcanzar el nivel de vida que realmente queremos obtener, en dejar de ser rémoras, cavar en el interior de nuestro propio pozo, porque solo ahí encontraremos el Ballarat y el Bendigo que necesitamos para salir de las diferentes pobrezas que el destino nos pone por delante.

El que con ratas se junta, rata se queda. El que entre leones anda, aprende de ellos…

     A tenor de lo expresado, decidí hace mucho tiempo ya, dejar la carrera de la rata, ¿y usted? …

Campamento Buena Vista

 

 

“Un viaje se mide mejor en amigos que en millas.”

Tim Cahill

     Transitando por los meandros caminos del pensamiento, recuerdo a los muchos caninos que teníamos en el Campamento.

Buena Vista se llamaba y pertenecía a la Hidroeléctrica Chulac, a donde se llegaba a finales de los años setenta del siglo pasado, por caminos de terracería.

     Tomando como punto de partida la Ciudad de Cobán, la llegada a dicho campamento eran de unas ocho horas de tormento, inamovibles sentados en un asiento, pasando por distintos poblados: Santa Cruz, Tactic, Tamahú, Tucurú, La Tinta, Telemán, hasta llegar al cruce de Seocóc, para transitar por los vericuetos caminos que conducen a Cahabón, ya en la cumbre se desviaba uno hacia la izquierda para llegar a Buena Vista, a la derecha se seguía para Cahabón, pasando por Chiís, y atravesar el río Cahabón, sobre los puentes: Rock Rock, Quita Calzón I y Quita Calzón II, llamados así por el jefe del campamento, mi tío y padrino Hermógenes  Fernández Ligorría, por obvias razones.

En sus bajos mandó a construir rústicos balnearios para el caminero. De hecho, algún hecho ha de haber quedado como evidencia en la arena para llamarlos de ese modo.

Todos esos pueblos y aldeas forman parte del verde y pujante departamento de Alta Verapaz.

     El nombre de Bella Vista obedece precisamente a la vista bella que tenía el campamento, ubicado en una de las cumbres más altas de las serranías que circundan el lugar.

Desde ahí se podía divisar el Río Polochic serpentear por el cálido y fértil valle con el mismo nombre.

Un valle fecundo que debe su nombre presuntamente a un fraile dominico, de los muchos que vinieron “al nuevo mundo” después del medioevo.

La historia cuenta que, estos frailes fueron ubicando esos pueblos cada 25 kilómetros.

Como todo un equipo conformado, llevaban en su misión, mozos, asistentes, cocineras y topógrafos.

Aunque inverosímil la siguiente leyenda cuenta que, una noche veraniega, “rúbel chaím” (bajo las estrellas), un fraile vio como “la hierba se movía” y escuchó a la orilla del río que sinuoso y caudaloso recorría su camino, tiernos ayes, seguidos de una pequeña pero significativa palabra en idioma Q'eqchi, —ay Polo (hipocorístico de Leopoldo) “chi’c…” (bis).

—¡Ah!, ya se dijo el fraile, —le pondremos a este portentoso Valle, Polochic.

Por tal razón, al valle se le conoce como el Valle del Polochic…

     Así pues, volviendo al tema en cuestión, descrito en el preámbulo introductor, para las vacaciones estudiantiles de la década de los setenta, mi primo Fredy Fernández, un grupo de compañeros y quien suscribe, nos íbamos de campamento a Buena Vista. Según nosotros, pero en virtud del poder del jefe, a quien no le gustaba la ociosidad, nos empleaba y emplanillaba como ayudantes de albañil, nuestro trabajo consistía en limpiar copantes y ayudar al maestro albañil en la construcción de nuevos copantes. Cada uno tenía su porta viandas de peltre y un galón de plástico en donde llevábamos nuestro almuerzo y agua pura.

Al filo del mediodía, hacíamos una hoguera con palos secos recogidos a la vera del camino, aún siento su calor y el rico olor a comida caliente que emanaba de esos trastos puestos sobre tres piedras que le daban cobijo a la leña.

     Desde muy jóvenes aprendimos el valor del trabajo probo y digno, así como también el corolario de las juergas desenfrenadas, cuando puros k'aleb'aales (aldeanos) bajábamos a Panzós a beber el sagrado boj (bebida fermentada de maíz, caña de azúcar y “muñeco”), especialmente los días de pago, que eran cada quince días.

     Era indudable que el poder estaba en todas partes en Buena Vista. El gato (mi padrino) tenía sus “xiques”, (orejas) que le informaban todo lo que hacíamos debajo de ese sol candente.

Uno de ellos era don Coty Díaz, un viejito chaparro y barrigón, oriundo de Chicamán, les tenía pavor a las serpientes. En venganza por una reprimenda que recibí, lo corrí con una barbamarilla descabezada que el padrino había matado de un tiro, cuando la misma me corrió por el campo de futbol para inyectarme su letal veneno. Ese día por poco mato de infarto a don pobre Coty, estaba más pálido que la muerte que se quiso llevar al ex presidente Yamaneti, en fechas recientes.

     La jauría de perros, casi todos de cacería, creo que eran los que más poder tenían en el campamento. Especialmente el recordado Whisky, hijo de una sabuesa sorda, abandonada, más huesuda que la pareja sentimental de A. Giammattei que, recogí en una de las polvorientas callejuelas de Panzós. A lo sumo eran unos quince perros.

 Presumiblemente, éramos los dueños de esa jauría, pero quienes ejercían el poder sobre nosotros, eran ellos, estábamos sometidos. Había que cuidarlos, bañarlos, cepillarlos, ver qué les dieran de comer, etcétera. A la hora de las cacerías eran los perros quienes tomaban el control de la situación, eran quienes ostentaban el poder, quienes ejercían liderazgo, nosotros sus peones, detrás, siempre detrás de ellos. No es una mera perogrullada, pero esos perros tenían más poder que cualquier bípedo implume dentro del campamento.

     De hecho, una fría noche de noviembre, aprovechando que el gato como buen felino andaba de cacería y no estaba en la casa patronal, creyendo que no llegaría a dormir, metí a sus majestades los perros, a todos, toditos, todos, bajo el pabellón sobre su cama, resulta que, llegó pasada la media noche, y al abrir la puerta de su cuarto, el aullido sonoro, al unísono de toda la jauría rasgo el suave manto de la noche que, ahora defendían lo que ellos creían era su territorio y, opacaban las mil y una mentada de madre que me dio…