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“El que tiene oídos para
oír, oiga.” -Mt 13,9-
La comunicación humana tiene
dos facetas: Hablar y escuchar. Normalmente pensamos que es más importante el
hablar, considerándolo el lado activo de la comunicación, mientras que el
escuchar se le considera pasivo. Sin
embargo, hoy nos damos cuenta que la parte que se considera pasiva y que es la
de la escucha, juega un papel
preponderante en el arte de hablar bien, porque tal y como dice el dicho “el
mejor conversador, es el mejor escuchador.”
Cuántas veces hemos escuchamos quejas de nuestros hijos, de
nuestros cónyuges, del personal que labora y colabora con nosotros, que no les
hacemos caso, que no les ponemos atención, que los estamos oyendo pero no los
estamos escuchando, cuando nos abordan y les prestamos escaso interés; creemos
que lo que nos traen carece de importancia, nos formulamos un juicio prematuro
al pensar que lo que nos dirán será frívolo o banal.
Muchas veces cuando alguien nos habla, no le
prestamos la atención que el caso amerita y seguimos haciendo lo que estamos
haciendo; a mí me suele suceder, cuantas veces cuando alguien me aborda en mi
oficina, o en mi casa de habitación y estoy frente al computador, le digo:
Hable que le estoy escuchando, pero no interrumpo lo que estoy haciendo, y
contesto de vez en cuando con un ajá
aislado para hacer creer que estoy escuchando, sin quitar la vista del monitor,
o cuantas veces he caído en la descortesía de
contestar el celular o hablarle
a un tercero cuando alguien necesita que le escuche ¿Qué sugiere esa
actitud? Que no nos interesa ni el
problema, ni la persona que nos busca y, que siempre tendremos cosas más importantes
que atender antes que a él o ella. con esta actitud estamos minando las sanas
relaciones interpersonales, estamos demostrando que nuestras competencias
conversacionales son incipientes.
El
General retirado Colin Powell, ex jefe del Estado Mayor Conjunto del Ejército
de EUA en su breviario de liderazgo que
se puede adaptar al ambiente de cualquier gerente con pretensiones de
convertirse en un verdadero líder, dice en la lección número 2: “El día que el
soldado deja de traernos sus problemas, es el día que ya no somos sus líderes,
porque ya no confía en que le ayudemos, o se convence de que no nos importa.
Uno u otro caso serán falla del liderazgo.”
Algunos líderes
forman tantas barreras contra la comunicación hacía arriba dice el General, que
se vuelve absurdo pensar que un subordinado busque ayuda en su líder.
Fomentan una
cultura que clasifica la petición de ayuda como debilidad o fracaso, con
lo que todos cubren sus fallas, perjudicando así a toda la unidad. El auténtico
líder es accesible y está disponible. Al mismo tiempo que exige alto desempeño,
se preocupa por los esfuerzos y retos de su asociado. Al final, así será más
probable que en su unidad el análisis de los problemas aparezca en vez de la
culpabilización.
Cuántas
veces hemos sido víctimas y también victimarios de las malas prácticas
conversacionales, de falta de un
liderazgo eficiente y eficaz, de las insanas conversaciones. ¿Cuántas veces yo
he sido dejado con la palabra en la boca? Porque otra persona “más importante”
que yo importunó la conversación. ¡Infinidad
de veces! Y, ¿Cuántas veces yo
también he hecho lo mismo? Haciéndome el
importante, por contestar una llamada, o por creer que es necesaria mi
presencia en algún acto, creyendo que sin mí nada puede funcionar ¡Infinidad de
veces!
Reflexionando sobre las actitudes anteriores,
estoy totalmente de acuerdo con la exposición del general; estamos perdiendo
liderazgo cuando abortamos una plática por hacer tal o cual cosa, sugiriendo
que nuestro interlocutor no es sujeto de
interés.
Meter
Drucker, escribió: “Demasiados ejecutivos piensan que son maravillosos
con las personas porque hablan bien. No se dan cuenta de que ser maravillosos
con las personas significa escuchar bien.”
Tom Peters por su cuenta añade que una de
las principales causas del bajo rendimiento del management es el hecho de que
el manager no escucha a sus empleados, ni a sus clientes ni al mercado. Por lo
tanto, recomienda que nos obsesionemos con el escuchar.
Jesús nos lo dice sin tanta parafernalia en el
párrafo que utilice en el preámbulo: “el
que tiene oídos para oír, oiga” Y es que
Dios nos dotó de una sola boca, pero dos oídos, para oír doblemente tanto lo
que decimos como lo que escuchamos; podría decirse que añade más valor al arte
de saber escuchar bien que a lucirnos con
tanto discurso rimbombante que nos gusta muchas veces disertar. A través
del tiempo he escuchado a hombres y mujeres con grandes capacidades en el arte
de hablar en público, académicos con dotes de oratoria; pero el mensaje más oportuno
es el que nos deja Jesús hoy, “el que tenga oídos para oír, oiga” mensaje que nos deja sin una construcción gramatical prodigiosa para que
nadie quede excluido de su significado y que todos podamos entender con
claridad y transparencia. Son tan solo
siete palabras las que tenemos que memorizar, a fin de mejorar nuestro
liderazgo en la vorágine de las palabras dichas y hechas.
Michael Porter, Gurú de la administración
moderna nos dice: “No te hace rico lo que tienes, sino lo que haces con lo que
tienes.”
¿Qué hemos hecho nosotros con el don del habla
y de la escucha? Hemos cambiado mundos, hemos enriquecido la vida de las
personas que giran en torno nuestro,
hemos traspasado la frontera de la aquiescencia de la vida a la
trascendencia de la misma, bailando al compás de una danza entrelazada con las
palabras, con el poder de la escucha sin distingo económico, social, político, racial
o
religiosos; o hemos hecho con esos dones lo mismo que hizo el siervo malo y
perezoso que enterró el talento que le dio su Señor (Mt 25,14-30). No
poniéndolo al servicio de nuestro prójimo más próximo.
Por lo tanto “El
que tiene oídos para oír, oiga”