lunes, 30 de noviembre de 2020

Cantina El Congreso

     En las postrimerías del siglo XX, funcionó en el antiguo inmueble de Sociedad de Beneficencia de Cobán contiguo al Estadio Verapaz, una cantina llamada El Congreso. Obviamente el giro del negocio del antro en mención era la comercialización de toda clase de bebidas alcohólicas, el celestinaje y toda actividad libertina.

Al lugar en cuestión, llegaba toda clase de gente, desde bebedores sociales que llegaban, degustaban las diferentes boquitas y bebidas alcohólicas que ahí se preparaban, platicaban de mil y una cosa y se iban, pasando casi siempre desapercibidos. Mientras que, los bebedores asiduos, llegaban y se quedaban hasta que borrachos en extremo, se brutalizaban, unos doblados de bruces se dormían sobre sus orines hasta que les pasaba la borrachera que se habían puesto si bien tenían suerte o dinero para seguir gastando, de lo contrario eran echados a la calle sin mayor miramiento.

En el interior y después de algunas horas de estar imitando a los filibusteros unos lloraban sus perfidias, otros cantaban al amor, algunos eran aplaudidos, otros maltratados, según el estado de ánimo de los bebedores y el talento de quienes hacían de bufón causal del antro en mención.

Para los hipócritas que practicaban alguna religión pero que no querían ser vistos, o para los que llevaban a la amante de turno o para quienes no querían ser importunados por el murmullo de los comensales y la música a todo volumen, había un lugar privado en donde se podía platicar con más tranquilidad, obviamente tenía un costo adicional.

El Congreso, como toda cantina o prostíbulo era un punto de conexión con toda clase de vándalos en aquella época, toda actividad comercial, orgiástica y pirática era lícita y permitida, aunque sus formas no fueran para nada ortodoxas, ahí se podía transar todo lo que el dinero pudiera comprar, incluyendo personas junto a sus voluntades y dignidades y, platicar de todo y de nada.

     Pues bien, recapitulando sobre todo lo que acontecía en esa cantina de poca monta llamada El Congreso, resulta fácil hacer un símil con otro antro ubicado en la zona 1 de la Ciudad de Guatemala, llamado también Congreso de la República de Guatemala, en virtud que, las cualidades, calidades y las competencias de los inquilinos temporales de ese palacio legislativo, son muy similares a los viciosos epocales que en el Congreso cobanero hacían su morada.

Es más, podría aseverar que aquellos bolitos consuetudinarios de antaño y las mujeres dedicadas a la más antigua de las profesiones que visitaban el lugar y, que, dicho sea de paso, en aquel tiempo cobraban diez quetzales, tenían más fundamentos de valor -principios axiológicos- por los cuales regían su vida, algo que es casi nulo en esa caterva de diputados que se autodenominan padres de la patria.

En aquel tiempo los drogodependientes en la sociedad cobanera ochentera eran contados con los dedos de la mano, no así quienes comercializaban con toda clase de estupefacientes. Un negocio que es redondo y que tiene muchos exponentes en el hemiciclo, según las reiteradas investigaciones de periodistas que no son de alquiler y que no han podido comprar los miembros del denominado pacto de corruptos.     

     En el Congreso cobanero era más fácil escuchar a borrachines oradores virtuosos de la palabra, mientras que en el “honorable pleno” de continuo escuchamos durante sus sesiones parlamentarias a timadores, lenguaraces y manipuladores que conjugan el placer con el tener sin importar su forma y su fondo.

Muchos de los enfrentamientos tanto físicos como verbales que vi en el “parlamento” cobanero, son normales, usuales y acostumbrados en este Congreso de la República de Guatemala: mujeres con el mismo comportamiento de aquellas que se venden en la 17 calle entre cuarta y quinta avenida de la zona 1 de la Ciudad de Guatemala, tirando bebidas alcohólicas, agua pura o gaseosas en la cara de sus homólogos del partido político contrario y con quien disienten, hombres contra ombres intentando darse a los golpes en una sesión parlamentaria, palabras soeces que se entrecruzan y, que ponen en evidencia un bajo coeficiente intelectual, poca competencia conversacional, fuga de una retórica deliberativa parlamentaria y una cultura muy pobre de quienes se dicen legisladores.

Escuché más retorica aristotélica, es decir más arte en el bien decir en el Congreso cobanero que en el Congreso de la zona 1 capitalina; en aquel, hasta los bolitos más empedernidos en sus discursos convencían, conmovían los sentimientos, apelaban a emociones más nobles y a muchos persuadían, en tanto que estos cada día con lo que dicen y hacen se esfuerzan por ser más serviles, abyectos, vulgares y plebeyos. En virtud de sus costumbres una inmensa mayoría de ellos son voraces, ambiciosos, sediciosos y extremistas …

      A mi modo de ver las cosas, es incuestionable lo que decía Mr. Ronald Reagan cuando era el presidente de los EE. UU. “Al ser la política la segunda profesión más antigua del mundo se parece mucho a la primera”.

En ambas, todos tienen un precio, se pervierten y subvierten en menoscabo de su dignidad.

 

Jlriveirof, OP