Diógenes el cínico o el “Sócrates delirante” como le llamaba Platón, fue un filósofo griego que pertenecía a la escuela cínica, vivió entre Atenas y Corinto tres siglos antes de Cristo.
No legó ningún escrito a la
humanidad, sin embargo, es famoso por lo que otros han escrito de él.
Dentro de sus múltiples
anécdotas me llama la atención aquella que, describe su encuentro personal con
Alejandro Magno.
Según se sabe, camino de
Corinto, el rey en mención quiso conocer a Diógenes, que vivía en una enorme
tinaja, en las afueras de Corinto, cerca del gimnasio Craneum.
Días antes, Diógenes, había
dado a conocer su filosofía ante una muchedumbre bastante extensa y, se cree
que, los comentarios llegaron a oídos del monarca que pidió ser conducido hasta
la residencia del filósofo, la tinaja.
Llegó el monarca junto a su comitiva
precedido por una multitud de corintios, de pronto Diógenes se vio envuelto
entre esa muchedumbre. -Soy Alejandro, se presentó el rey; -y yo Diógenes el
perro, respondió el filósofo. - ¿Por qué te llaman Diógenes el perro?” — Porque
alabó a los que me dan, ladro a los que no me dan y a los malos les muerdo. -Pídeme
lo que quieras. -Le contesto Alejandro, sin inmutarse Diógenes le dijo —
Quítate de donde estás que me tapas el sol.
- ¿No me temes? Le preguntó, —
Gran Alejandro, ¿Te consideras un buen o un mal hombre? -Me consideró un buen
hombre, le dijo, — entonces … ¿Por qué habría de temerte?
Diógenes vivió una vida paupérrima e hizo
de esa pobreza material una virtud, haciendo apología de la misma. Sus únicas
pertenencias eran: un bastón, un zurrón, un cazo y su tinaja, era un hombre
piltrafiento.
Fustigó los vicios y la
decadente moralidad de los corintios de su época, los falsos honores y las
riquezas.
Al ser Corinto una ciudad
portuaria de suma importancia, es evidente que, las costumbres eran bastante
relajadas, al extremo que el comediógrafo griego Aristófanes acuñó el término
corintear, sinónimo de putear en este tiempo, para describir todo lo proveniente
de la más antigua de las profesiones, que en Corinto era tendencia y no moda
pasajera.
Quizás, esa filosofía de vida fue la que
motivó a Alejandro Magno a describir el siguiente petitorio para el día de su
muerte:
1).- Quiero que los más
eminentes médicos carguen mi ataúd para así mostrar que ellos no tienen, ante
la muerte, el poder de curar.
2).- Quiero que el suelo sea
cubierto por mis tesoros para que todos puedan ver que los bienes materiales
aquí conquistados, aquí permanecen.
3).- Quiero que mis manos se
balanceen al viento, para que las personas puedan ver que vinimos con las manos
vacías y con las manos vacías nos vamos
¡Ah! … Si el tocayo de Alejandro Magno en
Guatemala, “laj cheek´el Lej”, subiera a la esfera ética y moral todos sus actos y, tuviera por asesores a pensadores de la talla de
Aristóteles y de Diógenes, quizás no sería propenso al desfalco, al expolio
y al atraco de la cosa pública, se conformaría con el jugoso emolumento que
percibe y, su vida la viviría con más recato, sobriedad, pundonor y dignidad.
¿Acaso cree que, de la tumba fría,
que ocupará un día, la convertirá en caleta?...
Jlriveirof, OP