Jlriveirof,
OP
No se diga, la corrupción a nivel general en donde los mismos
interesados, en insensato contubernio con propietarios y empleados de escuelas
de automovilismo y empresas emisoras de licencias, se prestan para que, por
menos de dos mil quetzales, cualquier persona sepa o no conducir un automóvil, pueda
obtener su licencia sin tener que pasar por las pruebas teoréticas y técnicas
previas.
Ante ese infortunio, podemos constatar casi a diario, como
motociclistas sin su equipo mínimo, (casco, rodilleras y botas) buses del
transporte urbano, taxistas y particulares, rebasan por la derecha, y circulan
a excesiva velocidad, poniendo en peligro su propia vida y la de los demás.
Lo anterior
expuesto, visto con la lupa de la indiferencia, parecería ser que no constituye
causa de delito o falta grave. Sin embargo; esas podrían ser las causas entre
otras tantas; por las cuales muchas familias guatemaltecas quedan desprovistas
del sostén económico al faltar el padre, la madre o ambos en el peor de los casos, a consecuencia de un nefasto hecho de tránsito.
Aunque cualquier
accidente sea concebido como algo súbito, fortuito, casual e inesperado, ajeno
a la buena voluntad del individuo y sumiso a fuerzas violentas; y que en
consecuencia, puede causar, daños, lesiones e inclusive la propia muerte,
destrucción de objetos u obstrucción de la libre locomoción, también es cierto
que muchos pueden ser evitados, con el uso adecuado de la razón; tomando en
consideración las normas del fabricante del automóvil, las leyes y los
reglamentos de tránsito y no siendo
permisivos; mucho menos negligentes, con la ingesta de bebidas espirituosas con
alto contenido alcohólico.
Reza el refrán <<quien bebe no maneje y quien maneje
que no beba>>. Una norma ética de permanente actualidad, que de continuo
es violentada por gran cantidad de personas que tienen en tan poca estima lo
más sagrado, y que es la vida misma.
Ante tales
desvaríos; le estamos hacemos una atenta y cordial invitación a la mujer de la
guadaña, a la dama del alba, para que nos visite antes del tiempo de la siega
de nuestra propia vida. De tal suerte que la segadora en mención; se ha constituido en
nuestra eterna acompañante, al tener la facultad de poder estar presente en
todos los lugares y en todos los momentos al mismo tiempo.
Como lo único seguro en la vida; es la muerte y el pago de
los impuestos, seguro que llegará y de cualquier manera nos llevará. Pero
todavía no, como diría Agustín de Hipona; siempre y cuando tomemos las debidas
precauciones antes, durante y después de un viaje.
Pues entonces;
pongamos el problema en cuestión. Para ello es preciso que nos hagamos las
siguientes preguntas, mejor si es en clave filosófica: <<¿Qué podemos saber? ¿Qué
debemos hacer? Y ¿Qué nos cabe esperar?>>
Lo primero que
debemos saber es que estamos solos, casi desamparados de parte del estado, y
que las leyes son como las serpientes, que solo clava sus afilados y venenosos
colmillos a quienes llevan los pies descalzos; es decir, a los pobres. Hecha
la ley, hecha la trampa.
Ante el infortunio de un accidente de tránsito, ocasionado
por una unidad de transporte público de pasajeros o de carga pesada, el
oligarca, rápido aceitará sus piezas para echarle la culpa al pobre, a la
víctima, y bajo la tutela de algún abogánster,
(dícese de aquel sujeto que estudió derecho pero que trabaja torcido)
harán todo lo que esté al alcance de sus manos, para no reparar las pérdidas
humanas y materiales que hayan ocasionado; y si lo hacen, lo harán pactando un
ínfimo valor a las cosas. No se diga si el infractor es un alto funcionario o
un comerciante de polvitos mágicos, de aquellos que ante una eventualidad se
baja con pistola en mano, echando sapos y culebras, rayos y saltapericos hasta
por el sisiflís. Ante ese infortunio todos los vientos estarán en nuestra
contra
Referente a la
segunda interrogante y que contiene la consulta ética en cuestión, cabe
reflexionar con ese ¿Qué debemos hacer? Una pregunta que no
encuentra cabida a la hora de un evento, es casi seguro que no sabremos qué
hacer. Sin embargo, lo primero que hay que hacer es actuar con aparente paz, con
calma, con cordura, pensar, hacerle frente a la situación e intentar remediar.
Si quedamos conscientes, no estamos malheridos y no tenemos la
culpa, hacer todo lo posible para que intervenga la policía de caminos o la de
tránsito. Si salimos responsables y hay terceros golpeados, prestar toda la
asistencia humanitaria posible, jamás darnos a la fuga en virtud que eso
acrecentará la pena, si tenemos un seguro de automóviles vigente, aunque sea
uno mínimo de responsabilidad civil, llamar a la cabina de emergencia de la
aseguradora que emitió la póliza, para que ellos a su vez, en el término de la
distancia, envíen una unidad para que brinden toda la asistencia técnica y
legal que el caso amerite.
En el peor de los
casos, preguntémonos, ¿Y ahora qué nos cabe esperar a la hora de un lamentable
hecho de tránsito? Siempre hay tres escenarios posibles: La cárcel, el hospital
o el cementerio. Víctimas y victimarios corren por igual la misma suerte,
culpables o no culpables, inocentes peatones que estaban parados un “martes 13”
en el lugar equivocado, un día equivocado, una hora equivocada…, y la situación
se pondrá color de hormiga si no contamos con una economía sólida, contante y
sonante a la hora del litigio; o, una póliza de seguros…
De vida, para
hacerle frente a las circunstancias desfavorables que dejó la muerte. Solo
mediante el pago de una póliza de seguro de vida, muchas familias pueden
mantenerse a flote. La viuda podrá contar con una renta que le permita
sobrellevar la pena ante el infortunio de no contar ya con la presencia de
aquel, que procuraba el sustento de su hogar, los hijos tendrán al menos una
canasta básica vital en su mesa día a día, mes tras mes, año tras año; techo
mínimo, abrigo, educación, instrucción, salud, seguridad y confort.
De gastos médicos;
para paliar las crisis económicas que se derivan después de una larga estadía
en algún nosocomio, a consecuencia de una larga enfermedad, accidente,
atentado, etc. Una póliza que cubra desde una consulta médica, hasta una
intervención quirúrgica, pasando por todos los análisis y exámenes de
laboratorio y dotación de medicamentos; necesarios todos, para el restablecimiento de la salud.
De automóviles;
para resarcir el daño físico o material causado a terceras personas o a sus
bienes materiales, así como el de ellos mismos. Robo del bien asegurado,
pillaje, volcaduras y colisiones. Atención de emergencias en menos de lo que
canta un gallo tartamudo; cómo pago inmediato en el lugar del accidente, fianza
de excarcelación en caso de ser necesario, autorización de reparación en el
lugar del accidente, rotura de cristales, grúa, asesoría legal las 24 horas del
día, 365 días al año, que cubre asistencia en tribunales, Ministerio Público,
cuerpos de policía de parte de profesionales del derecho, trámites ante el
juzgado de asuntos municipales de tránsito, etc.
En todas los márgenes
de la vida, es mejor prevenir que lamentar. En ese sentido, resulta más
práctico y menos oneroso asegurar. Solo así, podremos romper de un solo tajo el
nudo gordiano ese, con que nuestras decisiones y malas prácticas nos atan por
detrás.
Es de sabios entonces; hilvanar una cuerda de tres cabos que
se entrelazan entre sí. Un seguro de vida, uno de gastos médicos y uno de
vehículos automotores. En cultura
previsional, ese triduo de pólizas constituye esa <<cuerda de tres cabos que
no es fácil de romper>> (Eclesiastés 4,12).
Ella nos dará la paz, la
seguridad, y la tranquilidad mental que tanto anhelamos en este mundo
posmoderno, en donde la mujer de la guadaña, pretende hacernos compañía,
saliendo a nuestro encuentro de noche y de día…