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Como
si lo anterior fuera poco, el derecho al trabajo según el ideal de 1848 no unificó
como lo esperaban, a la sociedad y la política, al pueblo y la asamblea. Por el
contrario, los puso unos contra otros. En ese sentido, “a los obreros no les
quedaba otra opción que morirse de hambre o lanzarse a la lucha, y contestaron
el 22 de junio con aquella tremenda insurrección que constituye la primera gran
batalla librada entre las dos clases en que se dividía la sociedad. Era una
lucha en que se ventilaba el mantenimiento o la destrucción del orden burgués.
El velo que envolvía a la República quedaba desgarrado” (Marx y Engels,
2006:549).
En contextos diferentes, marcados por 133
años que distan de la Europa del siglo XIX y la América Central del siglo XXI, y
en el marco de la celebración del 198 aniversario de la independencia de
nuestros pueblos, los acontecimientos que se vienen dando en diferentes
escenarios como signos de los tiempos, dan pie para pensar que, al menos en
Guatemala no hay muchas razones para celebrar la independencia. El país entero
es tiranizado por las corruptelas, los gendarmes de las oligarquías
contraviniendo los acuerdos de paz cada vez son más fuertes, al tener
chantajeado y bajo las enaguas camufladas a su comandante general de turno, a
quien sostienen en el cargo siempre y cuando se haga de la vista gorda de todos
los desmadres que cometen con asiduidad, en detrimento de otras carteras más
importantes como la de salud, seguridad y educación.
La
“cuestión social” -conjunto de problemas sociales surgidas a partir de la
revolución industrial- de ahora no es muy diferente a la de antaño: las oligarquías nacionales y extranjeras
siguen ascendiendo a pasos agigantados, ya sea lícita o ilícitamente, sin
importar la forma. La falta de oportunidades laborales y las luchas de clases sociales
no difiere tanto. La tendencia antidemocrática de la desigualdad sigue pisando
fuerte, de tal suerte que el huérfano, el pobre, la viuda, el iletrado y el
desposeído siguen siendo explotados por el burgués e invisibilizados por el
estado que ve en cada uno de ellos al inexistente, al paria, al zángano, a los
innombrables que consumen, pero no producen lo que ellos quisieran, sino una
nadedad. Circunstancias desfavorables todas, que traen consigo, más explotación
y más desocupación, fortaleciendo así la vagancia y la mendicidad, en un país habitado
por gran cantidad de vagos y mendigos, pobres e ignorantes por causa del
sistema que hoy impera.
Lo anterior trae consigo, más
desplazamiento ilegal en búsqueda de mejores oportunidades. Los medios
noticiosos documentan a menudo que la clase social representada por los trabajadores,
ya no migra del campo hacia las ciudades locales, sino hacia el imperio del
norte u otras latitudes, y una vez allí, siguen siendo avasallados y
crucificados por el sistema injusto y opresor del capitalismo neoliberal.
Ellos;
los migrantes, son los nuevos negros de la política norteamericana, a quienes
hay que sacar de sus territorios a puros palos.
Como
si lo expresado en los párrafos anteriores fuera poco, la justicia representada
en la más mortífera de las víboras y que repta según el color de la piel, sigue
mordiendo a quienes llevan los pies descalzos. De tal suerte, que es
constatable como a un ladrón de poca monta, le otorgan más de una década de
cárcel, mientras que, los acaudalados de la alta “suciedad”, salen bien
librados de los desmadres que cometen sin vergüenza. Ellos, son los verdaderos parias
que pueden cometer toda clase de felonías, y cubrirse con el manto de la
impunidad, que, en Guatemala en el ideario de ellos mismos, es “cultural y
normal” como siempre lo han expresado.
En ese contexto cabe destacar la más cruel
de las villanías, externadas a los medios de comunicación por un señoritingo de
nombre Juan Carlos Tefel, que, haciendo alarde de un somozismo barato, anuncia
que presentará al “narcongrueso” de la república, una propuesta de ley para
recuperar el “verdadero salario mínimo”, en virtud que, según su discapacidad
para pensar de forma razonable, indicó que ese salario está por encima del
salario promedio a nivel nacional. Con ínfulas de gran señor, el don que sin duda
siempre ha comido y bebido hasta ver a Cristo, a juzgar por su prominente
abdomen, dice que “un salario mínimo tiene que ser mínimo”. Tan mínimo como es
sin lugar a dudas su masa encefálica, y por ello su capacidad de pensar y
actuar con justicia, equidad y responsabilidad es nula.
Cuestiona
el impío, que según los cálculos de la entidad que dice representar con orgullo,
la canasta básica debe estar debajo de los dos mil quetzales mensuales,
refutando lo que dice el Instituto Nacional de Estadística sobre el tema en
cuestión.
En
ese trance, debemos hacerle a él y a toda la caterva de usureros amancebados en
la misma cúpula que representa, la siguiente pregunta: ¿podrán comer ustedes y
toda su ralea con esa cantidad dineraria?...
Obviamente,
no estamos juzgando y sojuzgando a todo el empresariado, en Guatemala hay
empresarios con una responsabilidad social empresarial verdaderamente grande,
con sentido holístico y progresista. Inclusive el hombre en cuestión no
representa a todas esas personas que emprenden con ecuanimidad. En
consecuencia, la crítica va dirigida solo a este sujeto y sus adláteres que lo
respaldan.
Como sin duda, en el legislativo, un
organismo sumamente cuestionado porque la inmensa mayoría de sus miembros,
tienen un precio en menoscabo de su dignidad, la propuesta que este agiotista
presentará, puede encontrar el camino expedito y ser legislada. Entonces, ante
tal posibilidad los trabajadores se verán amenazados y muchos serán despedidos,
lo que causará más desocupación. Ante tal posibilidad deben plantearse la
siguiente pregunta ética: ¿Qué debemos hacer?, la respuesta la encuentran en el
primer párrafo de estas disquisiciones: “morirse de hambre o lanzarse a la
lucha”, sin olvidar jamás que quienes producen el capital son ustedes, con su
fuerza de trabajo, no ellos. Ellos, son los miserables y son tan pobres que lo
único con que cuentan es dinero…
Sobrada razón tuvo Marx en el siglo XIX al
denunciar que, bajo la égida del capitalismo alienante y esclavizante, voraz y
abyecto, se producen las más desnaturalizadas injusticias: “el hambre, la
enfermedad, la fatiga y la escasez e inseguridad de los medios de supervivencia
física”, y Thomas Piketty en el XXI al decir que “el capitalismo genera
automáticamente las desigualdades arbitrarias e insostenibles que socavan radicalmente los valores meritocráticos en que se basan las sociedades
democráticas.”
Ya
en su tiempo también Aristóteles sentenció que “los bienes para satisfacer las
necesidades de la vida, son buenos solo en la medida en que son accesorios para
el bien humano final de la felicidad como la realización de nuestras
potencialidades humanas.”
Dudo
mucho que el Señor Tefel y la caterva de alienados que representa, conozcan la
ética del Dios de Jesucristo, si así fuera intentarían hacer del capitalismo,
un capitalismo más humano y más fraterno, y nunca, nunca, nunca, confundirían
los fines con los medios…
Conocerán
si acaso el rito y el mito de su único dios, el capital. -
Referencias bibliográficas
Pablo González Casanova, El
Vuelo del Fénix, El capital, lecturas críticas a 150 años de su publicación, 1ª
edición, Buenos Aires, CLACSO 2018
Allen Wood, Justicia y
explotación en Marx, Medellín 2018, Creative Commons BY-NC-ND
Karl Marx, El Capital, Tomo I