Jlriveirof, OP
De la Ciudad de Cobán, hacía Chamiquín en
donde estaba ubicada la bodega de la Finca Pancus, en jurisdicción de Tucurú,
Alta Verapaz; se llegaba en vehículo terrestre, de ahí por camino de herradura,
montado en un jumento, hasta el casco de la finca, que distaba unos tres
kilómetros aproximadamente de la carretera nacional, todo cuesta arriba.
La finca en cuestión, había
sido expropiada por el gobierno de turno, en tiempos en que se ejecutó la
expropiación a sus dueños, originarios todos de Alemania y, en ese contexto, a
comienzos de la década del 60 del siglo pasado, mi abuelo Hermógenes Fernández
de la Cruz, alias el mexicano, era el administrador de la mencionada hacienda.
Según mis padres, mi primer aniversario de
vida lo celebraron en ese lugar y, el día de nuestro arribo, mi abuelo nos fue
a traer a la entrada, a la vera del camino que conduce hacía El Estor.
Llevó consigo dos jumentos
para nuestra transportación, más el suyo, ante el cual posa en la fotografía
que precede al argumento.
Mi joven madre de apenas 23
años, estaba acostumbrada y familiarizada a montar toda clase de semovientes,
porque el mexicano, siempre los tuvo, eran como parte de su familia, junto a la
Julia, así se llamaba su Smith & Wesson, calibre 38 que siempre portaba en
el cinturón. Mi padre no, él ni siquiera sabía por qué lado se montaba un
caballo. Al percatarse mi abuelo de eso, le concedió al Perejil, un penco zopenco,
lerdo en el andar, manso y distraído, en cuya cabalgadura me llevaban a mí.
A la vanguardia iba montada mi madre en
una yegua, mi padre y yo en el medio, y mi abuelo en su corcel, en la
retaguardia.
Como en ese tiempo no era muy
de su agrado el Guish, su yerno que lo visitaba, quiso jugarle una mala pasada,
y al ver la lentitud en que se desempeñaba, le midió el aceite al pobre
Perejil, insertándole la fusta en el sisiflís hasta la empuñadura, casi. Como
un toque de energía eléctrica y más dolido en su dignidad, el Perejil empezó a
corcovear, al extremo que, casi nos arranca de su lomo. Mi abuelo lejos de
alarmarse por lo que había hecho, a horcajadas en su jumento se encorvó y,
empezó a reír a carcajadas...
Al día siguiente de esa travesía, muy de mañana
ensilló su caballo y le pidió a mi padre lo acompañara a recorrer los
cafetales, para el efecto le equiparía al Perejil, pidiéndole a mi tío Haroldo
que se encontraba también en la finca, le trajera un gamarrón, mi tío Lolo se
lo llevó y le preguntó —papá a quien se lo pongo. —ponémelo a mí hijo de ...,
cuatro letras —le contestó —
La obviedad más obvia de todas
las obviedades era que, el abuelo había pedido el gamarrón para ponérselo al
Perejil, ¿para quién más podría ser? ...
Estás anécdotas de mi querido y recordado
abuelo, mi mexicano del alma; surgieron hoy, en torno a una mesa con café y pan
de muerto justo en el marco de la celebración del día de difuntos, en la casa
de mis padres, en donde recordamos a nuestros seres amados que nos han
precedido en el camino, rumbo a la casa del Padre, cuyas veredas hemos de
transitar algún día, pero todavía no.
Es por ello que, en virtud de todas esas
vivencias, los muertos no están muertos en una fría, desolada y despintada
tumba. ¡Viven!, viven en lo más profundo de nuestras mentes y corazones
"ad infinitum..."
