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Intentando no caer
en la tentación y en la burda pretensión de repetir lo que historiadores han
escrito hasta la saciedad sobre el descubrimiento, la conquista, la colonia y
la encomienda, seré breve en articular el más grande genocidio y latrocinio que
se haya jamás perpetrado en contra de los pueblos originarios de América. Ellos,
los conquistadores y colonizadores fueron, en virtud del pecado estructural que
cometieron los mayores abortifacientes y las máquinas de guerra más letales
dirigidas a la humanidad de los nativos y todas sus pertenencias.
Y para ese efecto, veamos el prólogo que Gustavo Adolfo Zuluaga Hoyos,
hace a la edición de José Miguel Martínez Torrejón, intitulada Bartolomé de las
Casas Brevísima relación de la destrucción de las Indias, en donde relata un
momento específico en la vida de Bartolomé Casaus, -testigo presencial y ocular
de todos los desmanes cometidos por los españoles en el “nuevo mundo- cuándo éste siendo aún niño, se da a la tarea
de contemplar el desfile triunfal que el
“almirante de la mar oceána”, después visorrey, don Cristóbal Colón hizo por
las calles de Sevilla, a su regreso de su primer viaje por el nuevo mundo como
él mismo le llamó. Expresa que venía “cargado de papagayos, artesanías, ricos
plumajes, oro y esclavos indígenas”.
Una contemplación que, sin lugar a dudas, le despertó la
conciencia y lo motivó para que años después abandonara su oficio de
encomendero, se convirtiera en sacerdote y posteriormente, se adhiriera
espiritual y jurídicamente a la Orden de Predicadores de Santo Domingo. Unos
frailes que, bajo el priorato de Fray Pedro de Córdova, impertérritos, con arrojo y valentía, anunciaban el evangelio y denunciaban todas las tropelías que estaban
cometiendo en la Isla La Española, hoy República Dominicana y Haití, los españoles. Una
misión de los frailes dominicos no fragmentada y para nada obediente a los
intereses espurios de los malhechores españoles, como la que promovieron con
actitud servil, los padres jerónimos que rápido se aliaron con los corruptos, en
detrimento de los indígenas, de quienes pensaban que “estaban impedidos para
aprender cualquier cosa, siquiera a contar hasta diez, y que eran irracionales
y próximos al estado animal”. Vaya sacerdotes enviados por el cardenal Cisneros
en calidad de gobernadores provisionales al “nuevo mundo”.
Ya en su segundo
viaje y de vuelta por las mal llamadas “Indias”, el muy favorecido por los
reyes católicos de España, al no encontrar las famosas minas de Cipango, pensó
hacer dinero de todas formas, y a falta del preciado metal, llevó consigo lo
que la ciencia administrativa hoy día llama capital humano. Es decir, seres
humanos, y ordenó a la soldadesca cargarán una carabela con quinientos
“indios”, que, a su arribo a tierras europeas, vendería inmediatamente después
en los mercados de Sevilla.
A costa del sufrimiento, de las lágrimas, el sudor, la
humillación, el trato inhumano y tenaz, y la sangre derramada a cántaros por
los oriundos del lugar, morientes y sufrientes, el expolio a los recursos
naturales y el secuestro de los nativos de sus tierras, los colonizadores
obtuvieron lo que tanto anhelaban e hicieron su industria inclusive a costa de los
aborígenes, de quienes decían no tenían alma y los ponían a un nivel ontológico,
inferior al de los animales.
Con ese modo de hacer las cosas, los españoles hicieron gala
del nombre de su nación, España. Que presuntamente se deriva del verbo
asturiano españar, que significa explotar, reventar y desintegrar. Eso fue lo
que hicieron en nuestras tierras, explotaron los recursos naturales y a su
gente, reventaron toda oposición, costumbres y culturas propias del lugar y
desintegraron los vínculos sociales, políticos, religiosos y familiares de esos
“indios que estaban en sus tierras mansas y pacíficos”, como lo expresó ante
Diego Colón, Fray Antonio Montesinos, de la comunidad de Fray Pedro de Córdova,
en diciembre del año de 1,511.
Mientras tanto, en
la vieja España, en una fecha como la de hoy, los españoles sí tienen algo que celebrar,
y hoy conmemoran el día de la hispanidad, también conocida como la Fiesta
Nacional de España, una fiesta grande con bombos y platillos. Hacen alarde que
ese día conmemoran una historia transcurrida a lo largo de un milenio, poniendo
de relieve el papel que juega su país en el concierto de las naciones. Como ha
sido su vocación militar desde antiguo, destacan un desfile militar en Madrid,
como el evento cumbre de esa festividad, y el mismo está presidido por su rey,
a quien rinden una pleitesía casi devocional con honores militares, para
recordar éste y los próximos tres años, lo que conciben como “una de las
grandes gestas de la humanidad: la primera circunnavegación de la tierra”.
¡Gestas! ..., ¿Que tendrá de heroico para la humanidad, evocar
el mayor acto de genocidio y barbarie, perpetrado por sus ancestros en la
Amerindia?
¡Nada, absolutamente nada!, Por eso, en Guatemala y toda
América no debiera haber nada porque celebrar durante este día, un día que
anteriormente se le llamó día de la raza, y que por considerarse un nombre no
muy noble se le denominó de la hispanidad, sin embargo, muchos de los pueblos
originarios lo conciben como el día de la resistencia indígena, que a 527 años
de ese encuentro brutal entre dos mundos, aún siguen resistiéndose de forma
generacional, a la persecución, explotación, servidumbre y a toda clase de
nueva esclavitud por los mal llamados ladinos y el sistema corrupto que impera
en Guatemala, las nuevas tiranías en
contra de nuestros pueblos, como la que
emprendieron los tiranos españoles que a punta de lanza y arcabuz en una mano y
la Biblia en la otra, terminaron con la vida de más de 90 millones de
personas…
La Biblia y más, porque
haciendo honor al puerto de donde salió el mayor genocida de todos los tiempos,
el almirante don Cristóbal Colón, lo que la gente en el “nuevo mundo” recibió
de parte de los tiranos conquistadores y colonizadores españoles fueron "puros
palos". Aunque con petulancia y extravagancia los españoles digan que todo el
desmadre ocasionado en Amerindia fue una “misión civilizadora” de un Occidente
intervenido por un pensamiento retrógrado, codicioso y mezquino, pero según
ellos, progresista.
En consecuencia,
en Amerindia no hay nada que conmemorar y celebrar este día, por esa serie de experiencias
técnicas de aniquilamiento, implementadas en contra de los pueblos originarios,
y que se hizo costumbre a lo largo y ancho de las Indias, como ellos, equivocadamente le
llamaron a nuestras tierras...
Fuentes bibliográficas:
José Miguel Martínez Torrejón, Bartolomé de las Casas.
Brevísima relación de la destrucción de las Indias, editorial Universidad de
Antioquia, 2006
Fotografía captada por el autor en Santo Domingo