Nordau
Dando una lectura fiel a la fotografía que antecede al post,
retrotraigo el pensamiento a los años
idos y me instalo especialmente en el año 1983 de nuestro Señor, cuando me
encontraba a escasos días por cumplir 23
años de edad, tiempo de “malcriadurías” en virtud que, en insensato contubernio
con un grupo de colegas, inspectores de saneamiento ambiental, nos escapamos del internado del Instituto de
adiestramiento para personal de salud pública —INDAPS— ubicado en Quiriguá, los
Amates, Izabal, donde estudiábamos para profesionalizarnos en esa ocupación.
El internado parecía un barracón como los
del tiempo del holocausto y el director un capo nazi, por lo tanto, el escape
fue preparado con la debida antelación y con mucha preparación por mis pares
para festejar el arribo de esos libertinos 23 años…, el lugar para el festejo:
Puerto Barrios.
Salimos de noche del internado
y al llegar a la carretera a pie, obtuvimos un aventón en un tráiler, al llegar
al puerto aterrizamos en uno de los muchos antros que pululaban en el lugar, el
festejo duró lo que quedaba de la noche y el fin de semana que lo precedía. Al
filo del mediodía del domingo retornamos al establecimiento educativo.
El corolario de beber mucha
cerveza fría fue padecer al día siguiente una horrible resaca física y moral, más
el apercibimiento de parte del director del plantel de expulsarnos por llegar
tartajosos al mismo y protestatarios en contra de la razón. No solo que para el
director del INDAPS yo no era santo de su devoción, simplemente por ser yo y
mis circunstancias…
Eran los tiempos en donde nos
vanagloriábamos de nuestra juventud, cuando nos creíamos el ombligo o la cima
del mundo, idealistas románticos con el pelo largo y los pantalones de campana,
las respuestas siempre en la punta de la
lengua, contestatarios a morir estigmatizábamos
a los orejas (que casi siempre eran los mismos estudiantes) del director
por hipócritas, serviles y arrastrados,
parecían bisagras: si no estaban detrás de las puertas, estaban detrás
de las ventanas, especialmente del área en donde pernoctaban las estudiantes de
enfermería.
Eran tiempos de apuestas para ver quién
empinaba más el codo para beber más cerveza, quién soplaba más brasas para estremecer
y estrujar más corazones, quién era el Romeo de más de dos Julietas o el
Werther de más de tres Carlotas…, eran los tiempos en donde no se medían las
consecuencias y se soslayaban cuando convenía los convencionalismos sociales…
En otro escenario similar al primero,
durante el mismo año, pero en diferente lugar, otro escape se materializó, esta
vez rumbo a Río Dulce. Ahí fui sorprendido con las manos en la masa …, —Güichito,
usted por donde pasa quema, — refunfuño don Carlos Requena (+) Vice alcalde
de Fray Bartolomé de las Casas, población en donde yo trabajaba como inspector
de sanidad. Me encontró en los bajos del puente de Río Dulce. A imitación de
Musset, yo ofrecía el sol, la luna y las estrellas por una caricia, y la vida
misma por un rosario de besos.
Profesaba una vida bohemia con
olor a perfume de mujer, signada por los néctares embriagadores del anís, la
cebada, el trigo o la caña, no importaba cuál elixir, al final, todos llevaban
al mismo paroxismo.
Ni lento ni perezoso don
Carlitos rápido llevó las noticias a mi entrañable parcelamiento de las Casas,
y al llegar me mandaron a “tocar las golondrinas.” Un par de horas
después los mariachis me pisaban los talones…
Como el agua entre los dedos, los años
verdes se fueron, hoy estoy a un par de meses de distancia para arribar a mi 65
aniversario de vida, vivo la misma con levedad, inmerso en la era de la
sexalescencia, es el tiempo en donde se vive con propósito, con dignidad y con
decoro, en donde el eterno retorno de Nietzsche se hace necesario para que,
llegado el momento de nacer a la vida eterna se haga pidiendo más luz como
Johann Wolfgang Von Goethe…
El tiempo del lobo de las
estepas ya pasó, es el tiempo del lobo domesticado…
Jlriveirof
