El 10 de diciembre recién pasado
se celebró en el mundo civilizado el día
internacional de los derechos humanos para
festejar la fecha en que, la Asamblea General de las Naciones unidas aprobó la
Declaración Universal de esos haberes.
Durante esa festividad en Guatemala, el fausto Procurador de los derechos humanos Jorge de
León Duque dijo que, en materia de derechos humanos “no hay
nada que celebrar” y es que, los derechos humanos en Guatemala
sigue siendo una quimera, reculamos más de lo que avanzamos; sino veamos como las
fuertes motivaciones en la lucha contra la corrupción se está extinguiendo poco a poco
y el error obedece a que se luchó contra unos cuantos malhechores, y no contra el sistema putrefacto y pervertido
que existe en todas las esferas públicas y algunas privadas desde tiempos inmemoriales. La sociedad se
contentó y acomodó al ver a unos cuantos
victimarios detrás de las rejas, aunque
sea de forma temporal en tanto y en cuanto son vencidos en juicio; pero,
mientras ese momento llega, hoy, repugna ver como esos presuntos delincuentes
gozan de prerrogativas dentro de la Brigada Militar Mariscal Zavala, un
cuartel militar que se ha metamorfoseado
en cárcel VIP para resguardar la “vida y la dignidad” de tales presidiarios.
Impensable suponer que estos reos
de primera clase se mezclen entre los de
segunda y tercera. Un ejemplo preclaro lo tenemos en el flamante “general de la paz” que gracias al servilismo
de un “honorable juzgador” hoy cuenta con “línea blanca” en su bartolina para
no perder su arraigada costumbre de vivir siempre “entre líneas”; alineado claro está, a esferas castrenses.
Es penoso y lamentable observar que la ley en
Guatemala se aplica “correctamente” solo en contra de ladronzuelos de poca
monta y que la culebra sigue “picando” los pies descalzos de los pobres más pobres.
Siempre retrotrayendo el
pensamiento, recuerdo que un día como ese 10 de diciembre del año en curso; al
cumplirse el primer cincuentenario de la referida declaración universal el entonces Papa Juan Pablo II, dijo: que trabajar por los derechos humanos
significa optar por la vida. Menuda tarea que no debe ser restringida solo
para algunos tecnócratas o para algunos vividores oenegeros que han hecho de esa noble tarea su
modus vivendi. Ese optar por la vida debe ser el “santo y seña” de todas aquellas
personas que nos autodenominamos cristianos cuando “es
ofendido nuestro sentido de la justicia” –Hannah Arendt- y nos incomoda el mal en sus diferentes
manifestaciones cuanto éste es cimentado por un ser humano sobre la humanidad y
la dignidad de otro ser humano.
Ese optar por la vida debe ser
comprendido, contemplado y practicado por todos los hombres y mujeres de buena
voluntad que apuestan por un mundo más
humano y más fraterno y asumirlo como un reto personal o como una misión de servicio a favor de todas
las personas sin distinción de credo religioso, político, económico, social y
cultural.
Solo así podríamos apostar y trabajar por un mundo más ecuánime.
Nuestro país es campo fértil para “optar
por la vida” cuando vemos un panorama en derechos humanos depauperado; con una
pobreza y extrema pobreza estimada en un
70.3% según la CEPAL, esas contrariedades nos da la oportunidad a todos los
hijos de esta noble tierra para hacer del respeto y apego por los derechos de los demás un género de vida.
Solo optando por la vida podremos
hacer realidad aquella vieja quimera de Benito Juárez acerca del respeto al derecho ajeno. Solo conservando la paz, en
Guatemala la procuración del bien común dejará de ser ese monstruo con cabeza
de león, cuerpo de cabra y cola de dragón, que sin duda alguna; es la apariencia que tiene la quimera de los Derechos Humanos en
Guatemala en estos precisos momentos.
En materia de derechos humanos, hoy “no hay nada que celebrar”, mañana quizá...
Jlriveirof

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